sábado, 29 de diciembre de 2012

Bohemia y Realidad (12).-


El mercado de San Antón no me parece especialmente bonito, porque un bloque con matrices de hormigón y acabado de ladrillo no creo que tenga una belleza singular y considero sus características más analógicas a la  construcción de una cárcel. Tiene escaleras eléctricas y un Opencor en la planta baja. Moderno, por ello no es un mercado al uso, digamos de abastos. Le faltan ciertas panorámicas: viejas avaras gruñendo por unos tomates, loteras, gitanas fisgoneando con un ramito de romero, viejos de brandy, puro y mondadientes, banderilleros derrotados y pobres disfrazados de pobres. El último relevo generacional de los mercados lo  representan pijos, guiris, modernos y paletos. Es sábado y veo guiris y modernos, y algún guiri disfrazado de Cristiano Ronaldo, por tanto igual estoy viendo un guiri paleto. Mucha gente viene aquí a comer ostras y a beber champán, y después suben en el mismo edificio a una terraza cool de Madrid.  He visto a la gente muy nerviosa para que le dejaran pasar a tomarse una copa de diez o quince euros, porque una terraza de ático con porteros pijos y guardias de seguridad de Lituania (más cuadrados que esos mierdecillas de guardias que afluyen en los subterráneos de Madrid que no tienen ni media hostia pero las reparten a pares) siempre tiene criba selectiva. Yo siempre paso sin dificultades; soy de ese tipo de personas que le dan cierta esfera, cierta jerarquía a los locales; creánme. 
Abajo está el mundo empírico de Madrid. Como en la puerta del Día. Los negros de La Farola, los ghettos de Rumanía, los chicos malos del barrio y los núcleos duros de Chueca. También están los Leatherman, que son una cuadrilla de borrachos entregados a la San Miguel de medio litro y al brick de tinto Cumbres de Gredos, con los pantalones meados y el rostro de barro. Es el mendigo fascista, el totalitario. Defienden el territorio. Hay un guiri disfrazado de moderno pobre (grunge fashion). Botas de montañero, jeans rotos, camiseta roída y desmedida. El leahterman le habla alto y claro: vete a tomar por culo a tu puto país. Alguna gente se ofende, pero no lo entienden bien; los leatherman representan la auténtica bohemia del siglo XXI y en los mercados delic de los modernos no les dejan entrar; tienen los ojos sangrientos de alcohol y tragedia y algunas capas de piel en carne viva; agreden lo desconocido por puro miedo. Mientras, a nosotros nos sigue gustando la bohemia en el arte, en los teatros, cuando no huele mal, no se mea en nuestras calles y no nos pide dinero para acabar de reventar el hígado. La bohemia; un mendigo borracho insultando a un guiri mestizo; en sentido categórico. Pienso en Jack London, el bohemio que mola, un trotamundos que piratea ostras, caza focas en Japón, busca oro en Alaska y mendiga en Londres. Casi nada. 
Como han venido a vernos unos amigos de Oviedo, y a veces les afectan un poco este tipo de cosas de las celebrities, quieren ir a la Bardemcilla. Ahora recuerdo  Vicky, Cristina, Barcelona; un bohemio que conduce un deportivo descapotable y tiene una casa de piedra en la montaña. La otra, la bohemia cool, la resentida y codiciada por el gran público. También Los Lunes al Sol, buena y coherente, en contraposición, los bohemios del paro. 
No hago ver a ninguno de mis acompañantes que no soy fan de la Bardemcilla. Ahora sí, con la debida dilación. Uno, los apellidos famosos, ese postizo para el triunfo, dos, la leyenda de café latino me hace ver a Bisbal, Sanz, Miami Beach, tres, el nuevo Javier, cuatro, la comida y cinco, que los platos se llamen como las películas y cierto aire de museo lucrativo. Comemos huevos de oro estrellados, lacones al sol y mar adentro, que vienen a ser tortillitas de camarones. De postre tiramisú veneciano. Les recomiendo la taberna El Nueve para otra vez. Ya habéis visto que no estaba Javier tomándose un dry martini, ni Carlos, ni la matriarca Pilar; dónde queréis tomar una copa, en casa hay botellas, preparo unos gins, pinchamos en el Spotify, hablamos, buen plan. Igual luego salimos por Malasaña. 
Nuestros vecinos filipinos se hacen notar. También sus sardinas fritas. Hablamos del éxodo masivo de razas y la consecuente inmigración. No nos gustan los skinheads, ni los fascistas de los polígonos de Madrid, ni la muchachada de Democracia Nacional, y todos somos Lucrecia Pérez, aunque tenemos poca opinión de los controles inmigratorios; y también de vez en cuando nos molestan los filipinos. Esto puede ser la discriminación comunitaria, un día no soportamos las extravagancias de las cocinas de Manila y otro día nos joden la existencia unos ecuatorianos borrachos con la Bomba del Chota, o la amiga transexual de nuestros vecinos gays. Dicen que me quedan bien los gintonics; no son estridentes, tanqueray, mucho hielo y un par de cascaras de limón. Me hubiera ido a por mi Glenfiddich de doce años, pero todos quieren gin. Como soy muy dispar, musicalmente hablando, y sigo sin pretender ideas claras salvo las de mi rechazo, suenan Fever Ray, Extremoduro, Supertramp y The Smiths. Hablar de los filipinos siempre lleva a hablar de los chinos, aunque a decir verdad, piénsenlo bien, de los chinos hablamos unas cuantas veces a la semana. Trabajan como cabrones y  de vez en cuando ven series chinas por internet y juegan mucho al Spider Solitario o cualquier otro juego de naipes. Les comento a Inés, Jorge y María. No me hace gracia cuando los señores mayores les hablan al estilo sioux y bien alto, como si los chinos fueran sordos, o tontos del culo. Tu ser caro, en otro lado, litro de leche más barato, te enteras; ese tipo de cosas. En dos minutos todo desencadena en las mafias. Dice Jorge que se ha renovado y hay una modernización del crimen. Mientras, de fondo suena algo así: Vive mirando una estrella, siempre en estado de espera, Bebe a la noche ginebra, para encontrarse con ella. Nosotros a la tarde; hago el segundo. Nuestro hampa no ha estado a la altura y les han desbancado los rumanos y los albano-kosovares, y son gente preparada y auténticos psicópatas bien musculados, y el yonqui del chándal asusta demasiado poco; sigue Jorge. 
De repente suena el teléfono, y bajo la música. Lo cojo. Es la realidad, que se ha presentado de golpe. Los miro a todos, la fiesta tiene otro matiz.






jueves, 27 de diciembre de 2012

La Realidad (11).-


La Realidad es un bar de la Corredera Baja de San Pablo donde le dan mucha importancia al gintonic y a la agitación mitad snob, mitad canalla, de cierto clan de Malasaña. Literatura, cine, moda, música; ahí nos tomamos las copas los aspirantes, y nos ponemos de vez en cuando estupendos, nos trabajamos la estética y la oralidad.
Después está la realidad. Una mentira tan perfecta que hasta parece verdad. Pero como toda mentira, es un espejismo. Ese es el motivo por el que  ustedes nunca han sido víctimas de un atentado terrorista, ni han sufrido un terremoto, ni tienen esclerosis múltiple, porque esas cosas siempre ocurren en otros lugares; y esa es la razón por la que ustedes están vivos y hay gente muriéndose todos los días del año a todas las horas del día.  No sé como explicarles. Van ustedes por una autopista, la puesta de sol parece una hamburguesa; la quietud del aire y la intensidad verde del paisaje les motiva. Es un día precioso y es suyo, porque lo viven. Pero hemos visto un accidente de tráfico, un par de cadáveres expuestos con unas mantas de la DGT, en la radio hablan de una mujer asesinada en Fuentesauco y nos hemos cruzado con cuatro o cinco coches funerarios; y curiosamente ustedes no van en ninguno de ellos. Nosotros no somos los muertos y son los otros los que tienen cáncer de pancreas, y los presidiarios. Por eso les digo que la realidad es un reflejo, una reverberación; no existe; hasta que un buen día la realidad dice que se quiere hallar y nos dice: aquí estoy, vengo con la Obra de la Tragedia. Belén me dice: y esto me lo cuentas a mí
Cuando Sidi volvió a Madrid le entregó el hachís a la gente del bar La Concha, con tan mala suerte que la emboscada le llevó a Alcalá Meco. Horror en caída libre. Belén es una filósofa del tiempo. El tiempo no corre en la cárcel, el tiempo es una cosa estática; no es como en las películas cuando los presidiarios tachan con una equis correosa e inquieta los días del calendario erótico. Y eso es malo; hacer un inventario númerico de la vida alarga el tiempo, es una condena. Igual en casa de Belén. La medida de movimiento entre dos instantes, pero eso ya se lo inventó Aristóteles. Ella no me sabe decir muy bien cuando sale papá Sidi de prisión. Y claro, yo lo entiendo; la cárcel y la justicia no son como las matemáticas. 


domingo, 23 de diciembre de 2012

Sebas, el Cojo (10).-


También tenemos un vecino cojo que habla mucho. La polio. Zapato ortopédico y muletas. A los niños le gusta mirar mucho a los cojos; el primer avance, la dificultad, el impulso, el compás, la cadera oscilante y un pie a las dos y cuarto. Se flipan con los cojos porque todavía no conocen el universo ni el sistema aleatorio de la discapacidad física. Se llama Sebastián y sus grandes pasiones son la literatura, el porno y la cháchara de portal. Cuando Sebas, que nunca va apurado para nada, porque él dispone el tiempo de la vida y no viceversa, me coge alevoso y a traición en el portal, se hace difícil parar ese acecho de saliva, palabras, onomatopeyas, grandes gestos oculares, mucosidad y tics que viene a ser su lenguaje. Me cuenta que se ha leído todo el siglo de oro. Quevedo, Lope de Vega, Fernando de Rojas y Baltasar Gracián.  De Cervantes, la obra comprendida entre La Galatea y Los Trabajos de Persiles y Segismunda, incluida el Quijote, la primera novela polifónica y moderna y un tratado ecuménico del humor, porque a él le mola ponerse muy redicho y enfático de la muerte.   Me dice que es un apasionado de  de la novela francesa del XIX: Balzac, Stendahl y Flaubert. Y de la rusa: Dostoiveski y Tolstói. No sé como coño decirle que me tengo que ir. Todo esto empieza porque le he dicho que era muy bonita la edición que llevaba de Crimen y Castigo.
A continuación pasa Belén; buenos días vecina; y los dos le miramos el culo. Dice voyconprisaluegonosvemos, diligente y rápida. Sebas, el Cojo, me guiña un ojo, aunque parece que bizquea los dos y le sale un hilillo de saliva; vaya culo, eh chaval. Ésta es la del negro, me habla. No me hace mucha gracia el comentario; le miro la bota ortopédica. A las dos y cuarto. Y me quiero ir, pero no hay manera.
Me quiere contar su reciente viaje a Londres. Es de esos tipos que a menudo se ríe de su propia tragedia. Y eso no tiene precio. Son la gente que le saca las vergüenzas al universo.
Dice que fue un evento para discapacitados físicos; una recua de cojos de todas las índoles siguiendo a dos gemelas rubias, tipo Dolly Parton con chandal de la selección, tullidas las dos de la pierna derecha; las organizadoras. Lo primero que le ha sorprendido es que en Londres hablaran inglés y no se siente explícitamente preparado para los registros y las afecciones del ingles británico. Su mundo viene de la películas dobladas y la literatura traducida. Es decir, desenvolverse en una novela es fácil, ustedes y el cojo juzgan a los personajes, pero pisar el territorio es otra cosa, porque llueve mucho, hablan inglés y el metro es una putada para andarlo renqueando. Le mola bastante una de las Dolly. Dice que le compró, sin hablar, en una tienda de souvenirs y globalización, un pequeño Big Ben de escayola, y a Dolly, que era una especie de cojita inflamable, se le pusieron chiribitas los ojos,  y él, que no conocía el delirio de las mujeres más que por los vídeos pornográficos, pensó que al llegar al hotel tendría una escena parecida a cualquiera de las trilogías de Ginger Lynn, que era su actriz porno preferida, junto a Jeanna Fine y los dibujos de Hentai. Y pensó que por ahí iban los tiros, por esa variedad de acatamiento y salvajismo que tiene la pornografía. Que Dolly se quitaría su bota ortopédica, como así hizo, y acudiría dando saltitos a desabrocharle la bragueta y a fabricarle una erección con la boca, como no hizo. Se quedaron los dos tumbados encima de la cama, cada uno con una pierna más larga que otra, y él exhaló cierto iconformismo con la literatura, porque ningún autor le había explicado del amor entre seres deformes, con defectos físicos o asimétricos. O sí pero no les había ido bien: a Quasimodo en Notre-Dame de Paris, o a un parapléjico de clase alta sufriendo la desgracia de su mujer follando con un fornido hombre de la clase obrera en Lady Chatterley´s Lover.
Dolly es una chica perezosa, no ha trabajado mucho para ser una anaconda sexual. La vida colérica y sexual de las estrellas del porno está en internet y en los dvd´s; apuesto a que Sebastián tiene una gran colección. 
A continuación sale María del ascensor; ya saben, Sebas es un autómata de la cata visual de culos; lo circunscribe con los ojos como si fuera apuntarlo más tarde en una libreta. Tipo manzana, redondo, respingón, y tal. Luego te veo, me sacuden las prisas, porque si no, es imposible. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Los Gays, Belén y Tal.- (9)


Belén camina de la mano de su hijo por un pasillo de baldosa hidraúlica; y el buzón sigue diciendo Sidi Abdallahi, un tipo que nunca recibe malas noticias del cartero aunque el mensajero solo le quiera buscar para darle malas noticias, es decir que le están buscando los judiciales, los nacionales, los fiscales, los sociales y todos los adjetivos de la burocracia chunga y apremiante; hasta la tumba. Y cuando el aparato persuade, la vida sigue, y la vajilla del IKEA sigue lavándola sola Belén, mientras el enano se entretiene con la tragedia de telecinco y con la Nintendo cuando hablan de la crisis económica, porque ese bochorno no sensibiliza ni intensifica el interés de los niños de tres años y medio. Un día le diré a Belén que esté pendiente de los putos locos de telecinco mientras Sidi está delante de la pantalla; lo haré. Conneticut, Madrid Arena, los hijos muertos de José Bretón, Yeremi Vargas. Es un crío, Belén. Una criatura hermosa y pura, no le des carnaza; sabes que me mola cuando lo aúpas en brazos y te lo llevas al salón y le hablas como a una personita mayor, y me quedo extasiado, feliz escuchando. Qué comemos mañana Sidi. Qué secreto tienes para mí hoy. Porque yo lo sé, cuando sales de la cocina y apagas la luz y la tele, se manifiesta vuestra vida íntima y vuestros enigmas, justo después de retirar los trocitos de pescado y verdura del desagüe, y frotas fuerte con el fairy; y después siempre suspiras, y le abrazas, y todo eso tan bonito entre madre e hijo, de pasteleo y afectación cuando la mamá no es una malparida hijadeputa y el niño no es un psicópata. Pues vosotros sois guays, Belén.
Los vecinos más inmediatos de Belén son los gays estilo cura misionero. Puerta con puerta. Pero encima vive otra pareja homosexual. A veces parece que tienen un gimnasio y a veces parecen los dueños de una tienda de anabolizantes, y casi siempre cuando están con sus amigos del clan, su mundo se vuelve muy, muy, muy maricón; y aunque son gente que podrían matarte solo con el pulgar y el índice a medio brío, son unos tipos estupendos, Dani y Edu, idénticos, homogéneos e igualmente proporcionados porque han moldeado la musculatura en la misma trayectoria, y a veces no sé si he visto a uno, a otro, o a los dos. El mismo corte de pelo de marine norteamericano, el mismo cuello de gladiador y el mismo culo apretado; ese culo medroso y achantado del gay del Gym. A mí me caen bien, y a Belén, mejor, Edu y Dani.
Cuánto tiempo tiene que estar la ternera en cocción para que quede blanda, pregunta Edu. En olla express, veinte minutos, dice Belén. Jo, yo pensaba que solo comíais arroz blanco y atún. Bueno cari, no exageres, comenta Dani.
En nuestra finca también tenemos a un drug dealer, a una transexual que se llama Vanesa y al padre de Piraña en Verano Azul; somos un universo híbrido y estamos abierto a todas las sorpresas.
Estoy desvelado. Son las cinco de la mañana y siento los aullidos de una gata drogada, Vanesa, en la calle Hortaleza. Maricón de mierda, maricón de mierda, no eres más que un puto maricón de mierda, te voy a reventar...Te reviento. Con garrafón y narcóticos los diálogos vienen a ser deficitarios y los colectivos del LGBT se pueden mosquear. Les explico. A partir de aquí existen los gays cool, los gays cura misionero, los gays culturistas,  los maricas de Chipiona, las transexuales nice y las transexuales malas, qué se yo, y ellos mismo se libran sus propias batallas intrínsecas como los partidos políticos y los sindicatos. En mitad del insomnio pienso en ciertas divergencias de la vida.  Puestos a imaginar, que en un ecuatoriano le llamara a un compatriota sudaca de mierda, un gitano racista, que un skin-head llamara a su colega por nazi de los cojones, que las prostitutas se reclamaran entre ellas como putas arrabaleras, o que los franceses hablaran entre ellos como gabachos merde frenchy; y tiene todo el absurdo que una transexual llame maricón de mierda a un camarada, sabiendo de primera mano todo eso que cuentan de los sufrimientos y la perseverancia para salirse del guardarropa donde se esconde la heterosexualidad. 
La policía está en la calle, a la altura de nuestro portal. Maricóndemierda se ha fugado y Vanesa sigue gritando como un huracán de la homofobia transexual. El viento viene con gangrena y huele delicioso a estofado de ternera; mis amigos los gays culturistas también son muy raros.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Parque y el Lujo (8).-


Me levanto temprano, aparentemente feliz a las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, con la ciudad de after, de prensa y de jogging. Mi felicidad es instintiva y mi erección, involuntaria. Tablas. Y mi concepto de la vida sigue siendo dilatado, igual que mis venas a primera hora. Veo una paloma en el balcón y por un intervalo de cinco segundos pienso que es Dios dándome los buenos días, pero la alegoría languidece cuando aquella rata con alas planta el primer pino de la mañana, me mira con despecho y vuela a la juerga de las palomas al pie de un container de reciclaje orgánico. Hasta donde yo sé, Dios no descarga, y la Paloma imaginaria del Espíritu Santo tampoco cagaba. 
Me sobrecarga las emociones escuchar a Ronnie Foster (On the Avenue) y me decido a preparar un desayuno al estilo familia protestante americana, con café con leche en taza grande, tostadas, mermelada de tomate y zumo de pomelo rosa. Soy super snob cuando quiero; y me piro a la calle como si fuera yo el patrono de la ciudad, a verificar que todo está en regla. Antes le he dicho a María:  He pensado que la felicidad es una cosa que viaja de incógnito y no advertimos, salvo cuando un buen día la colonizas y te la quedas por unas horas, con consciencia. Ella dice que la mermelada de tomate está cojonuda. 
Me gustan los lagos grandes y moldeados salvajamente por la naturaleza, pero en Madrid no hay de éso. Está el Retiro; un remanso de verde turbio bastante rebosante de gente. Miro a los patos, que no saben si es domingo, lunes o Navidad, y viven como dios; y miro a los viejos matando el tiempo y los niños combatiendo la desgana, es decir ese déficit de interés por la vida cuando no hay un juego electrónico de por medio. Hay un músico tocando el violín, y creo que siempre quiso ser un virtuoso del copón tipo Niccolò Paganini, por el mismo motivo que creo que Belén a días quiere ser una pija futurista, y a días una puta de lujo. Yo siempre creo que la gente quiere ser lo que no es, siempre hay un listón más alto, porque la sociedad por si es ambiciosa, aunque trabaje poco para codicia. 
Cuando ha llegado María, hemos pedido dos tercios de Estrella Damn muy fríos, y un caballero español vestido de Fernando Rey en sepia nos ha dicho que el violinista tiene un oído absoluto, una entonación perfecta y una técnica de arco sumamente excesiva. Madrid es una amalgama increíble, un viejo afectado del siglo XVIII, una ecuatoriana metida dentro de Betty Boop, una vidente y un gitano rumano conviven en veinte metros. Luego, claro, el abismo de la especie humana. 
Le he preguntado a María por esa chica, Belén. Me jode cuando lava los platos sola, mucha lástima. Es muy maja, el niño es monísimo, ella está jodida, me dice mi partner . En un comentario fútil a veces se clava la vida, estoy pensando. Hay unos putos niños que son unos putos locos (vs cap 6); pintan las palomitas con rotuladores Edding, se las tiran a los patos, y creo que los van a volver espíricos. Esta vida no es el eliseo de los mitólogos griegos. Abro el periódico. La gente vende y delata.
Venderse está bien claro que no es difícil. Somos afirmativos ante un buen cheque y un hotel de cinco estrellas.  Pero la fortaleza, la resistencia radica en la memoria; no olvidar las carencias precedentes; hoy estás en el Palace, mañana estás en el Ritz y pasado en la pensión Paquita, famosa por la cucarachas y los hongos en las paredes, y aún así siempre habrá gente viviendo en la calle. Después están las personas y las realidades, y casi nadie merece lo que le está pasando; es decir que creo tanto en la suerte como en el trabajo,  y la vida pomposa es una coordenada con una antípoda mezquina. Todos miramos para adelante y no miramos atrás; o poco. Quiero decirles que el lujo crea miseria, no sé a cuanto de qué. Quizá algún día mi suerte sea su desgracia, o viceversa. ¿Nos vamos, Meri?




lunes, 17 de diciembre de 2012

Los Hombres Completos y Tipos Infames (7).-


Sidi ha quedado al cuidado de las vecinas solteronas del tercero. Son ricas, miserables, roñosas, pero tremendamente simpáticas y saben sonreír muy bien. Además la criatura negrita les hace mucha gracia y es un vergel terapéutico a su rutinaria vida de control monetario y revisiones médicas. 
Y Belén ha bajado a casa a por leche y un poco de pan bimbo rústico de molde porque han cerrado el chino, aunque es una patraña indolente porque todo el mundo sabe que los chinos solo cierran en la madrugada y tienen dos locales cada veinticinco metros. En fin, quería hablar y ha tomado la excusa equivocada, aunque le surtirá efecto. A veces me sorprende esta torpeza pero ni siquiera me molesto en valorarla.
Me enseña la foto de un chaval de unos veinticinco años, para que yo le diga que es guapo y que tiene cara de buen tipo, pero no veo más que cierta belleza afeminada, suave, quizá ambiciosa, con pretensiones, un tipo blandito, al estilo Luis Miguel pero de Vallecas. En un segundo vistazo lo veo feo, fardón y frívolo, aunque sigo viéndolo un poco marica. De repente Belén dice toda estimulada ella, que le gustan los hombres completos. No puedo evitar sonreírme. 
No entiendo muy bien eso de la integridad, Belén, no sé si te refieres a los hombres completos, enteros, sin amputaciones, con dos orejas, dos piernas y un pene, o bien, me estás hablando de Charlie Sheen en su buena época, cuando era guapo y no disparaba a las chicas, ni pillaba esas borracheras kafkianas. Ella me llama tonto y dice que le tomo el pelo; quizá no vaya desencaminada su apreciación. Me siento un poco mal, levemente hijodeputa. Mira Belén, no creo que haya que buscar el hombre completo. Cuando yo jugaba en el Mercado La Nuit, aquello no era la liga de los hombres extraordinarios, ni había mucha gente completa; lo principal es que no sea un puto loco; no pidas que sea demasiado inteligente, ni quizá demasiado guapo. A continuación le he dicho una cosa muy cursi mientras interiorizaba que lo importante es que te haga reír y te folle bien, pero le he dicho: amor y respeto; y me temo que Belén ha oído pocas veces esas palabras en su vida. 
A continuación he comprobado que había teñido sus raíces negras y que no se había pintado la raya de los labios sobrepasando varios milímetros la comisura, y le he echado dos huevos; le he dicho que me acompañara a Tipos Infames, a tomar un cerveza y ver un poco las novelas. Entonces he sacado la magnum que todos llevamos en algún lugar recóndito del alma. 
Hay una pareja sabihonda, son pseudointlectuales de Malasaña. Hablan alto y de manera extremadamente silábica y enfatizando mucho en la conclusión. Qué pereza.  La misma dentera que siempre me han producido Ramoncín, Juanjo Puigcorbé y Bruce Willis, con la salvedad de que Willis era un pedante dentro de un película, y los otros dos son pretenciosos en la vida y en la puerta de un sarao y de  la SGAE. Muchas veces no soporto a la gente opinando en voz alta, opiniones ya opinadas por todo dios. No por el contenido, sino por una repulsión que tengo reflectada en el volumen grave y en la puta pesadez silábica; aunque no descarto haber sido yo alguna vez un presuntuoso silábico. Seguro. Me acojo al recurso R.L. Stevenson: la memoria es magnífica para olvidar. Belén está flipada. Aquí son muy guays, me dice. Qué coño hablan esa gente.  Aguirre, Gallardón, Terchst, Intereconomía, Mario Conde, de repente Kerouac, al momento Burroughs. Vaya amalgama; parece un brainstorming para la pose. Es un lugar de gente afectada, Belén, donde se venden libros y botellas de vino, muy limpio todo y muy guay; deberías leer algo, Belén. En mi casa no había una puta novela, afirma, más avergonzada que abatida. 
Cuando nos hemos ido para mí ha sido como una expulsión del paraíso y para ella una liberación, y hemos caminado la calle Hortaleza dirección a Alonso Martínez. Belén tiene un sentimiento arraigado de envidia porque no tiene la sumisión curtida de una limpiadora ecuatoriana y sí tiene unas cuantas aspiraciones quebradas, básicamente dos, el estatus pretendido y el amor no correspondido. Cuando una chica de barrio ve a una pija futurista hay dolor. Lleva  gafas blancas de Dolce Gabanna con swarovski, botas de montar a caballo con destellos metalizados y diadema sideral. Está bien buena. Viene de clase de Pilates, y su niño le espera en el asiento trasero de un porsche Cayenne. Sé que no soy un crack en interpretación de la empatía, pero casi juraría que aquel chaval siente vergüenza (y mucha) por la modernidad de su madre vestida de Victoria Beckam (pero mucho más guapa que la Posh Spice). Mientras unos tienen pudor, otros tienen pelusa, los celos de la divergencia social. Van a Jorge Juan, el Chelsea de Madrid. Otra liga.O un imposible. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Pink Floyd, Belén y los Putos Locos (6).-


Era Pink Floyd, sí, aquello de hay alguien dentro de mi cabeza, pero no soy yo. A mí me ocurre a veces, con esa nostalgia que viene a derrotar a la memoria, o mejor dicho, a abatirnos directamente en ese foco de las entrañas donde se trama la vida. A veces recuerdo cosas, y las siento con efectos narcóticos; veo difusa una vida que es ex-vida y viene con síntomas alucinatorios. No reconozco a la gente, ni siquiera a mí mismo. Supongo que es una especie de seísmo neuronal, con esa realidad deformada que viene a ser el pasado. Aquel naufragio de vivos y muertos que deambularon por aquel océano que un día fue nuestra vida. Pues esos psicodélicos del rock progresivo tenían razón. En la cabeza de ustedes también hay un forastero que les utiliza de conejillo de indias y experimenta con su vida.
Cuando ves a un puto loco (no hablo de un loco flemático o afectivo) , un lunático psicópata gritando: sois todos unos hijos de la gran puta, o me matan, o mato, también hay un extranjero dentro de una cabeza, al menos una transmigración muy, muy, muy chunga. El tipo está pegando patadas a la gente, hay cristales rotos, golpes a los coches que atraviesan por Gravina, amenazas de muerte a unos chinos, a unos bomberos que reparaban unas tuberías, al dueño de una tienda de moda gay. Llega la policía y el Samur, porque el tipo ha autolesionado con un pincho. Y lo reducen, como si en vez de un hombre estuvieran aplacando a aquella masa verde que llamaban Hulk. Un puto loco con un asesino o el síndrome de abstinencia dentro de la cabeza tiene mucho peligro. A tomar por culo, el marketing de coca-cola: el ser humano es extraordinario. Ay, qué miedo maricón, le dice el travesti al novio.
El mundo es alucinante porque camina hacia la imperfección gracias a la demencia psicopática y a la codicia burocrática. La culpa la tienen los malos políticos y los putos locos. Mañana el periódico puede decir que la Agrupación Nazi de Restauración Aria arrasa en las elecciones de Austria, y que su lema Blood And Honour se ha convertido en bakalao destroyer hitleriano. Mañana, podemos irnos a dar un paseo por el parque más abyecto de la sensibilidad moderna, y podemos ver niñas de cinco años violadas, hermosas sirenas de la heroína, locos dispuestos a joderte la vida en la calle Gravina, políticos gordos fumando puros y gente más sola que la una. Disculpen ustedes, pero el mundo va a ir a mejor, por los cojones. 
Después de esto me viene Belén con que se quiere meter a puta, aunque Belén un día quiere ser puta y al otro quiere ser princesa, o secretaria, qué sé yo. Esta chica tiene todo el universo de visitante en la cabeza. El problema principal es que debe cuatro mensualidades de alquiler y a Sidi Abdullai parece importarle poco. Pues bien, vamos a hablar de putas, Belén. Digo yo que no es un drama, como tampoco lo es ser barrendero; no lo es en sentido intrínseco y parcial. Otro tema, la mafia, la esclavitud y tal. A mí la calle Montera me da mucha grima. Las putas son más tristes que guapas, se gastan una innecesaria crueldad entre ellas mismas y se exhiben como escaparates de carne mustia y miseria real. Belén disiente, dice que no, que no ese tipo de puta, que ella se refiere a una cosa entre puta y secretaria, y que ni las niñas ni las viejas deberían ser putas. Ella quiere el high standing, follarse a señores poderosos, llevar el aroma de Juliette Has a Gun y cenar de vez en cuando en el Piu di Prima. Y cobrar el Ménage â trois a precio de caviar iraní y trufa blanca, porque ha leído estas pompas de la gastronomía en un folleto de cualquier tienda delic del Barrio de Salamanca. 
Pero ni siendo puta de lujo, te libras, le trato de explicar. Cocaínómanos, borrachos, niñatos llorones, halitosis. Podrías hacerte tres o cuatro clientes elegantes, educados y limpios, ya con esta trilogía ganas mucho. Mucho de todo, quiero decirte Belén. Se lo he dicho con poca evidencia; no sé donde me olvidé la certeza, y claro, ella lo entreve. Esa intuición le aparta de la prostitución, al menos por hoy.
Belén cambia de tema. ¿Viste ayer al loco en Gravina? Sí, pero era un puto loco. 
El niño reconoce a la madre por la sonrisa. Decía Tolstoi. El pequeño Sidi se tira a los brazos de mamá, y veo al cincuenta por ciento de la gente que camina por la calle Hortaleza como unos putos locos que me asustan algo. Sería muy bueno estar en casa escuchando a Morrissey y descorchando una botella de vino.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Lunes y Frivolidad (5).-



Ando con nostalgia. Y Belén. He conseguido verla de refilón; tiene la cara demacrada, está ojerosa y marchita como si viniera de una fiesta del jalouin, y tiene raíces negras en el cabello rubio oxigenado. Un poco esperpéntica, sí. Y melancólica, también. Es el precipicio del lunes, que empieza cuando acaba la farra, es decir el domingo a media tarde. Los domingos son una prolongación del sábado y el inicio del lunes. No existe el domingo como tal, salvo que ustedes vayan a misa y coman pollo asado en la casa de su cuñada.
Creo que todos somos igual de básicos los lunes. Iguales. Antes éramos guays y ahora nos da miedo lo desconocido. Por mucho que Monica Bellucci esté viva y hayan existido los gladiadores, es una gran verdad eso de que estamos hechos de la misma pasta. De la costilla, del barro, de la biología, de la metafísica o de la generación espontánea; jugando a la vida que nos vamos inventando. Y el lunes nos equipara, al sol o al metro. Es el mecanismo de funcionamiento de una ciudad, dice la burocracia. 
Sé perfectamente lo que está pensando Belén a las ocho y media de la mañana porque está pensando lo mismo que yo. La nostalgia. Me pongo estupendo, incluso ridículo a mis cuarenta por  el flash-back de un bote de Nenuco,  el recuerdo de un verano largo, un viaje en el seat 1430 de papá, unos abuelos muertos y una playa inmensa, llena de niños especiales, que están muertos, y somos nosotros. Después de decir estas cosas debería suicidarme, pero todavía hay muchas personas y cosas que me gustan demasiado.
Vale, y luego nos viene el Génesis con éstas: polvo eres y en polvo te convertirás. Y me acuden dos consideraciones, primero que todos hemos nacido de un buen polvo, y segundo, y hablando de partículas, tengo cierta esperanza de que si la muerte tiene el sentido inédito de nuestra existencia, igual no somos briznas en el espacio. O sí, maldita sea, pero al menos déjenme por un momento creer en las transmigración espiritual. O bien recordemos a Barrie cuando escribía que un hada moría por cada persona que aseguraba no creer en ellas. Vale, pues yo creo en las hadas.
Deseo la frivolidad como droga en vena. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

El After de Belén (4).-


A veces la vida ociosa no es tan clandestina y ella se permite caprichos. Es domingo, son las once de la mañana y hay gente en casa de Belén. Quiero decir gente que todavía no se ha acostado celebrando la manifestación psico-química de la felicidad. No sé muy bien si Belén está drogada, está exaltada por la cocaína o es pura realidad esa chica que es por momentos toda ella linda y melancólica. Tras un intervalo de tres o cuatro minutos, mientras suenan Andy y Lucas. Deja de llorar y piensa que algún día un niño te dará, toda una fantasía, eso y mucho mas, porque tu no estas loca, loca ,loca, deja de llorar y sécate esas lagrimillas de cristal; vuelve Belén ahora con la lengua pesada. Lo importante es querer vivir y mirar al sol cada mañana. A mí los festivales de vergüenza ajena me dan mucho pudor y miro al otro lado, pero no puedo dejar de observar a través del patio interior, aprovechando mi carácter de sombra oculta. Los arranques de aliento, la euforia tóxica me da cierto repelús. 
Pienso en cosas muy raras, como la droga y el pluralismo narcótico, la pose de la cocaína y toda esa vanguardia hedonista que tienen muchos drogadictos de fin de semana, el cani-cool, las rayas, las pirulas, el vacío y el puto lunes. Y un Hyundai Coupe tuneado parando en el número 72 de la calle Hortaleza; se oyen gritos discrepantes. No es otra cosa que el sol y el colocón. Una chica sale del coche dando un portazo. Qué me olvides hostia. Oigo el interfono del piso de Belén. Ahora ha cambiado el tono de la fiesta y la única forma de solucionar la tristeza es empezar otra gran farra, o llamar al dealer, comprarle la felicidad. Me pregunto como puede dormir tanto Sidi.
Me voy al balcón. Una forma de ver mucho y no ver nada es asomarte a una ventana. La vida desde aquí es confusa, y es real. Observo una existencia envuelta en brumas, si bien creo entender que toda vida es una nebulosa de azares y carreteras. Surge el misterio para cada humano que galopa o anda extasiado por la calle. La ventana y el enigma. Empieza la función.
Como vivo en Chueca, veo a un transformista que lleva una cesta de espadañas (posiblemente) ¿Qué habrá ahí dentro? Por las hechuras que se perfilan en la base, podría ser un balón de fútbol (lo dudo), una sandía (tal vez, pero creo que no es época). Por un momento pienso en una gran teta de plástico, moldeable, pero recaigo en la inutilidad de llevar una sola pieza. Ah, a no ser que tenga otra en su casa, interiorizo. ¿Trabajará en el bar de la esquina, de shows de esos de maricas? ¿O será alguna cabeza de brujería para colocarla en un altar, dispuesta a mirar inerte el sacrificio de un gallo y el baile de un gigante negro de 200 kilos? Porque el transexual farfulla unas palabras, me temo que con lo que va dentro de la cesta.
Pasa un tipo con un esparadrapo al modo tenis sobre la cabeza, con una bolsa de la farmacia. ¿Qué le habrá pasado? ¿Le habrán intentado matar con un hacha? El color de su piel es amarillento. Por un momento pienso que esas medicinas son el peaje para salvar el cementerio. En silencio, pienso: buena suerte, y que no te vuelvan a tocar la cabeza en tu  vida. Camina con una decisión desmedida, como si fuera a cumplirse la hora de la primera toma de medicamento, o fuera a ajustar cuentas del hampa.
Un joven con una taladradora. ¿Qué taladro hará? ¿Será realmente para taladrar un muro o para quebrar el pecho de un hombre? ¿Estará bien de la cabeza o más pa allá que pa acá? O soy yo el que no centra bien. Coño...¿ no tienes una funda para llevar eso?...Me entran ganas de bajar y echarle la bronca: no seas tan grotesco, tío, guarda eso.
Un viejo con una bolsa de plástico (si se fijan bien, a los viejos les gusta mucho llevar bolsas de plástico). En la bolsa asoma la cabeza un pez grisáceo con los ojos parados y rojos, y esa expresión de horror de todo bicho acuático fuera del agua. ¿Cómo sería su vida antes del terror de la red? ¿Habría visto la corriente de algún tsunami? ¿Algún galeón hundido? ¿Le reducirá el colesterol al viejo?
Una joven sueca, o danesa, o de por ahí arriba, con un ramo de margaritas amarillas, parece un emblema curioso, bonito, de la primavera en Goteborg, por ejemplo. Y un mendigo removiendo el cubo de basura, y pienso que aquel recipiente de desechos es una vida residual, si bien pienso que todas las vidas son excedentes, o recicladas, o como demonios sean las vidas. No hay premio hoy en ese desorden de cochambre para la indigencia de Chueca.
Entras para adentro, y el cristal te refleja a ti, y tampoco sabes muy bien quien eres, porque todo es un enigma, tú, la vida exterior, tu casa y el mundo en general.Y cómo no, Belén y Sidi. Pero uno no puede estar toda una vida jugando consigo mismo al misterio. Y es hora de salir de casa; por ahora tengo un trabajo y una mujer, los valores del mendigo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El Bulevar de Fuencarral (3).-


Un olivo, un Starbucks, un Lateral, un estudio de tattoos y piercings, una franquicia desangelada de yogures helados; un bulevar para citas y consumo. No sé si parece Nueva York o Albacete. Pero es Madrid, que de acá a un tiempo es también Zamora y Manhattan. Es una plaza al lado del mercado de Fuencarral que no tiene nombre y aunque está en mi barrio no reconozco a casi nadie y es un lugar de ésos incógnito y anónimo donde la gente va a gastar dinero, a venderse o a robar, porque hay mercaderes ecuatorianos del oro que son unos hombres anuncio, chaperos rumanos, ladrones, y ladrones que son chaperos rumanos. Después está la gente sobreviviendo en mitad del ocio que no guarda las similitudes precedentes y a mí me gusta juzgarles las apariencias. Sobretodo porque soy puntual y la chica de mi cita no lo es. Y por el camino yo me entretengo, y tal; mirando.
Ser puntual en un país dudoso e informal es todo un dolor que yo mitigo de voyeur, y es también un misterio porque tenemos la hora en el horno, en el microondas, en los autobuses, en el ordenador, en el móvil, en los termómetros de la calle, en los relojes, y si yo tengo una cita a las ocho, digo yo que es a las ocho porque hemos dicho a las ocho y no a y veinticinco. Su ausencia son mis vueltas alrededor del pobre olivo, porque un olivo en mitad de un bulevar es algo grotesco, por esa crueldad, esa belleza desgarrada de la tierra que le pertenece al olivo, qué sé yo, una sierra, un olivar, no un puto bulevar impreciso e impersonal.
También sufro porque te imagino violenta, en mitad de un atasco, en la ducha o haciendo cola en el H y M, que bien te conozco, nena. Pasa al tiempo y no llegas, y por un momento pienso en la percepción intrínseca  de los canones de estética, y a lo mejor yo soy para el mercader del oro, el chapero rumano. Y te sientes un poco puta sin oficio ni beneficio, y te acabas rayando en la espera, cuando ya no te interesa nadie. Solos y esperando somos poca cosa.
Pero si ves a un mendigo, muy, muy, muy salvajemente mendigo, se te olvida todo. Yo de niño lo flipaba, con los mendigos y con los coche fúnebres. Este indigente es alucinante. Tiene el pecho al aire, un pectoral de mecánico, con grasa negruzca y unas ronchas de haber comido cualquier mierda caducada; pero el tipo viste increíble, un gabán desabrochado de piel de potro en marrón y crema, imperial, irreprochable, parece el Rey de los pobres; jeans de pitillo, unas botas tipo narco de serpiente, unos guantes alucinantes de cuero o de jardinero, quién sabe, y tiene un rizo bonito en la cabeza, es decir no demasiado grueso, no demasiado fino, y no demasiado hidratado. Es de postal de Brooklyn. Lleva un carro del supermercado lleno de cosas; cables, fusibles y horrores como pequeños generadores eléctrico. Qué putada, que te toque en esta vida ser un generador eléctrico, y qué putada que te toque ser mendigo, caray. Un día me dijo una frase muy respetable un indigente, un día te levantas y no tienes mujer ni trabajo. Y piénsenlo bien, una mujer y un trabajo son todo un universo. Les prometo que he pensado en esa frase todos los días de mi vida.

Y una mujer y un niño aparecen por la plaza. Belén está de mejor humor y se la tiene tomada al futuro. Dice que fueron algunos años de sacrificio levantándose a las seis y media de la mañana y que llegado un momento no le sirvió de nada. Se hizo unos cuantos cursos de la rama de formación profesional de administración y secretariado; y ahora si le noto cierto resquemor; la envida por los honorables triunfadores de su generación. Todo iba bien, incluso peligrosamente genial, me cuenta Belén así como moderna y trascendental, porque tenía un novio y dinerillo, dice ella toda vidriosa de ojos. Otro declive de la felicidad, pienso yo, el dinero y un cani de Málaga. A continuación deriva ella a cosas muy ridículas, pero no le falta razón. Si te fijas, me va contando, todo es una puta mierda y todo está mal, la tele es mentira, y los panfletos de publicidad también. Ves a unos catetos de sesenta y siete años con los dientes y el pelo blanco saliendo contentos de la Caixa, y la gente no sale feliz de los bancos; y luego la coca-cola que todo es de puta madre y le gustan los gordos, y los maricas, y los cojos, pero la vida es otra cosa con otro sentido relevante y trágico, y eso de que en las grandes crisis aflora el talento, bueno eso habría que verlo, que hay mucho iluminado y la gente se mete mucho, me dice ella, toda súper-ordinaria con el dedo índice en la nariz.
Precisamente a las ocho y veinticinco veo llegar a María con las bolsas del H y M, y no tiene otra cosa que hacer que acariciar al pequeño Sidi. Si no estimo mal, serán veinte minutos más en el bulevar con las movidas de Belén y el enano. Yo empiezo a odiar la puta plaza de Fuencarral. Y pensar que ya debería estar pidiendo mi segunda cerveza, no me hace bien. Y me pone nervioso guardar las apariencias.  


jueves, 6 de diciembre de 2012

Acabar en las Vías (2).-

Una vez más y por siempre, yo no era Sidi Abdallahi, pero aún así la policía no otorgó conformidad a primera vista y me hizo un lacónico reconocimiento visual. Apuré el café y la tostada. Me fui al supermercado.
En el Día de la calle Barceló, un negro que bien podría ser mauritano y no vende La Farola, ni es dealer, ni vendedor de cachivaches africanos, sino un mendigo sin ninguna convicción islamista, más que la pura supervivencia diaria me abre la puerta al entrar y sé que lo hará al salir, aunque él sea un negro sin retorno, sin gloria ganada y sin migración al cielo. Una mano al picaporte, la otra al dinero. La segunda le falla.
Hay tres cajeras, tres míseros sueldos, un negro como todo Día que se precie y demasiada gente. De Malasaña y Chueca porque este Día es fronterizo y hetero-gay;  y tiene urgencias como todos los supermercados del centro de Madrid; así verían ustedes la diligencia con el elástico del tanga a la vista, el i-phone a la oreja y los leggins diciendo la verdad y marcándolo todo, todo, todo. Yo he  comprado bastante porque no me gusta volver; me resulta depresiva la ignorancia a las chicas suramericanas y tanta premura ante tanta tristeza ecuatoriana y esa sensación de gasto para supervivencia o racionamiento que tiene el desafecto del  Dia´s World. No es que sea yo muy snob sino que tiendo a evitar el dolor en la medida de lo posible.
Llevo salchichas de Oscar Mayer y naranjas; y más vainas, yogures, leche, plátanos, salsa de tomate y un mundo de carbohidratos. Mi precedente en la cola es la chica con el elástico de las bragas en la rabadilla, y me pide que vigile su compra porque se siente ella olvidadiza y cada vez que regresa, fiscalizo su cupo, ciertamente acojonado, porque una chica con las bragas fuera de sitio, un dragón asomando y el pelo negro relamido en una cola de caballo tiene su peligro, créanme. Es una compradora indolente, mientras a mí esta profesionalidad en la compra sigue haciéndome daño; no me divierto.
Pongo mi compra sobre la cinta, con esa educación connatural que yo gasto en los supermercados, sutil, cobarde y buenos días; estimo tres bolsas. Cuarenta y nueve con sesenta y tres. Cincuenta y cambio. 
Ahora la puerta y  he ahí el rostro bereber, los cara negra cerosa, los ojos pajizos y unos cuantos dientes amarillentos. Por una vez le dejo caer el cambio, no sé muy bien si porque me desborda una mano filantrópica o por pura comodidad de librar la calderilla. No lo descifro de primeras. El negro sonríe con una franqueza insólita, de otro mundo.
Camino por la calle Barceló, dirección Fuencarral. Las bolsas pesan. Parada en la esquina con Travesía de San Mateo. Aparecen Belén y Sidi. 
Belén confirma mis sospechas. Está de mala hostia, de muy mal humor. Ella cree que la vida gravita sobre lo excesivo, es decir que necesita llorar, enfadarse, dar voces para encontrar la calma. Y yo sé que todo es debido a la extravagancia o cosmopolitismo del capítulo precedente. No solo los platos asumen la culpa, también el autobús. En el metro, en los autobuses de línea siempre se ha sufrido mucho. Odia a esas viejas que entran avasallando y dejan la rodilla maltrecha en la cara de Sidi, odia a los niñatos adolescentes con los auriculares retro que golpean su anillo grunge de plata contra la barra metálica y odia cualquier conversación banal de la gente libre de Madrid; comemos en el Lateral y tomamos una copa en La Realidad, por pura envida e incapacidad, ese tipo de cosas prohibidas para Belén, ni siquiera clandestinas. Le digo que la salvación no está en cambiar de vagón o de autobús, pues los cambios demandan exigencias sobre la cota de la irritación, por mucho que el cambio sea una ley de la vida. 
Qué me estás contando. Nada, Belén, nada. Sidi ha recuperado fuerzas en el Centro de Salud y le da patadas a un pivote de Fuencarral. Me apetece gente libre y conversación fútil. Un poco de frivolidad en la Navidad mola, había leído en el cartel de una tienda de la calle Hortaleza. La cuestión es que si uno cambia mucho de vagón puede acabar en las vías, pero eso ya no importa. 






lunes, 3 de diciembre de 2012

Sidi y mi Adorable Vecina de Chueca.-




Mi vecina andaluza, Belén, tiene la cara y la cocina de porcelana, un lunar de ésos super-erótico sobre la comisura de los labios, el pelo rubio de bote y  un niño negro de tres años que se llama Jaume. Diría que todo es mucho más cosmopolita que extravagante. Ser malagueña, casarse con un mauritano de ascendencia senegalesa, trabajar en una fábrica de Hospitalet, tener un niño en Manresa y ponerle un nombre catalán. Luego se vino a vivir Madrid. El buzón dice Belén Romero y Sidi Abdallahi. Las cartas al pariente son solo de Justicia y de malos rollos; y la policía ha llamado alguna vez a mi puerta preguntando si yo soy el mauritano Sidi Abdallahi. Mírame bien poli, interiorizo, tengo yo las raíces de Mauritania en la rodilla derecha y soy un musulmán fanático de la muerte, yihadista por los cuatro costados y el corazón de Mahoma.
La miro desde la ventana del patio interior. Lava los platos sola, y a mí ver a una mujer lavar los platos sola me parece uno de los mejores paradigmas de la soledad y me da a entender que no hemos avanzado nada. Hay un tema claro de destierro, desamparo. Al niño a veces parece que lo va a tirar por el balcón. Toma todo su contorno con el brazo derecho y entonces la pierdo de vista y ella va diligente por el pasillo con el negrito en volandas. Me consta que le quiere, aunque también sé que de vez en cuando le fatiga que sea hijo de Sidi Abdallahi. Cuando cocinan juntos y  Belén le habla, mola todo. Como decía aquel soldadito borderline de Gran Hermano, eso es la simbiosis. 
Pero lo que llevo fatal es que lave los platos sola. Me parece tremenda la escena. Todos los muertos del telediario de telecinco con Pedro Piqueras y José Rigaborda, y que el niño esté entre la divulgación de la tragedia y la cabeza gacha de mamá pensando con el fairy y rascando la grasa con el estropajo; eso ni es vida ni es nada, caray. Putos platos que hacen pensar tanto, y ese maldito suspiro del final y alguna lagrimilla justo en el momento de pasar la bayeta por el fregadero. 
Sus vecinos de puerta son unos gays. De esos gays que no parecen gays sino curas comunistas o misioneros. Más buenrollito que perroflauta. Ni de coña Melendi, ese perroflauta reconvertido a moderno de Avilés. Cuando los gays buenrollito llaman a su puerta, huele a laurel o a coliflor y se oye la música de Camela o Andy y Lucas, porque Belén no tiene gusto ni criterio musical. Sueño contigo, y tal. Y le piden una cebolla o un poco de leche semidesnatada, o bien algunas nociones sobre el precalentamiento del horno para la merluza de pintxo porque todo el mundo sabe que hay una clase de gays que siempre, siempre, siempre comen bien, y todos los días son domingo. 
Me calzo mis nudies, mis new balance, mi abrigo de Springfield y mi fular de Matthew Williamson para H y M, porque soy un moderno tranquilo de Malasaña, y bajo al chino a comprar pan bimbo rústico de molde que está a 0,99, para las tostadas. En el portal coincido con Belén. El niño está malito, ha pasado mala noche, tiene fiebre. Sale un buenrollito del ascensor y le hace unas carantoñas al pequeño Sidi y la vieja del segundo también, una especie de currucurru. Belén es una de esas canis muy guapas, una belleza malagueña con piercigns , tatoos, el pelo frito, a veces como repasado por la lengua de una vaca y unos ojos de insomino, grandes y muy verdes. Entra un policía y la mira de arriba a abajo. Y tomamos nuestras direcciones:  el centro de salud, el chino y el gay buenrollito a correr al Retiro. ¿En qué clase de líos estará metido Sidi Abdallahi? A mí me da por pensar con el café y la tostada, quizá con esos alimentos que no están ni buenos ni malos, solo son para sobrevivir la mañana. La supervivencia es un estado de ánimo. Suena el timbre de la puerta. Y ya.