miércoles, 29 de diciembre de 2010

Algún Quejío Entre Tanta Calamidad.-


Al fin acaba este maldito año. Por mí, podía haber acabado en junio, entre otras cosas porque se me murió gente querida entre julio y diciembre, pero lo hemos visto pasar con sus doce meses y sus doce causas de la tarjeta roja de telecinco, y sus millones de muertos, sus temblores, sus epidemias y su cuota diaria de calamidad en el paquete que dejó el diablo la noche del 31 de diciembre de 2009. Vale que los 33 mineros rescatados se podrán emborrachar de whisky del bueno, y  tranquilos en la víspera del nuevo año, muy, muy lejos de la mina y el desierto chileno. Vale que fuimos campeones del mundo y todos aprendimos donde queda Fuentealbilla, y nos reímos un poco con un segundo guardameta al que le pagaron la millonaria prima del mundial por hacer el payaso y carrera para trabajar en la tele cuando el Liverpool le de el finiquito. Vale que se fue a buscar las tablas, Massera, uno de los hombres de Videla, que jugaba al missing y gastó 30.000 fichas en pibes incordiantes, monjitas y curas sensibilizados por las miserias de los negritos. Vale, pero no compensa.
Maldito año en el que los videntes optimistas acabaron estrellados y en el paro.
Fueron buenos tiempos para el terremoto, que desplegó su arsenal para buscar polvo, muerte, cólera y escombros, y deambuló a sus anchas por Haití, Turquía, China y Chile. Tampoco le fueron mal las cosas a las lluvias de Satán, que derramaron lodos de sangre en Río de Janeiro. Se estrellaron aviones en Rusia, India, y donde quisieron los dados. Los talibanes murieron matando y le ampliaron el contrato a Lucifer, y Pakistán continuó siendo una vividero de ratas y locos, donde llovíó torrencialmente y 1.700 personas murieron en mitad de la mierda y el agua. El ejército israelí siguió matando activistas palestinos. Agatha, la tormenta tropical se dio un paseo de la muerte por Centroamérica. Al Qaeda practicó con unas bombas de verdad, y con gente de verdad, del mismo Kampala.  Unos narcos mexicanos se fueron de orgía gore y asesinaron a 72 inmigrantes ilegales. Y cuantas desgracias les vengan en gana en este coleccionable del horror de un año condenado a morir, y a resucitar matando, porque no se aventura mucha gloria para el venidero, viendo los precedentes. En nuestro entorno más cercano, siguieron muriendo las mujeres a manos de esos machos graduados por la universidad de Juárez, las empresas quebraron día sí, día también, los conductores se siguieron matando en las mismas curvas por las mismas causas, la cola de parados dio la vuelta a la manzana de la oficina de Goya y llegó hasta Velázquez, las mafias italianas se fueron comprando la Costa del Sol y un trocito de Madrid, las mafias rusas trajeron más putas, y más armas para el clan de los Pertolos. Otegui siguió jugando al Disperso de Elgóibar, los sindicatos siguieron desfasados y hablando de clase empresarial, como si fueran todos los autónomos, primos hermanos del dueño de la imprenta de Cuéntame, o del señorito de los Santos Inocentes. El Congreso se pareció aún más al Gran Hermano. Ya echábamos de menos a Enrique Morente, entonando algún quejío entre tanta calamidad. Y se murió en Diciembre. Malos tiempos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Aquel Vidente de su Caída



Sigo con mi austero y personal homenaje a Scott Fitzgerald. Ahora que parece que solo existen Coetze, Vila-Matas y Vargas Llosa, y hay tanto adiestramiento cultural de los Sinde&Co, leo de segundas y salteadamente Suave es la Noche y El Gran Gatsby, por muy seguros que pudieran ser los valores precedentes. Está muy bien eso de la solidaridad colectiva con el escritor de éxito, pero tengo yo ahora una admiración renovada por mis escritores muertos. Y puestos a buscar alguna excusa, el 21 de diciembre se cumplieron 70 años de la muerte de Fitzgerald. Así pues, que corran los líquidos de Macallan. El no lo desestimaría, se había bebido en vida la barrica.
No tuvo los favores de la crítica que habían obtenido sus colegas Hemingway y Faulkner, pero sabía ver más allá de unos tacones, un rolls royce y un club de la Costa Azul. Famoso a los veinte, bello como un Dorian Gray hasta el mismo día de su muerte, amante contradictorio del lujo que tan bien describió su pluma, bebedor empedernido, irresponsable e inmaduro en la vida y excelente y lúcido narrador del desengaño en el amor, los brillos y el sueño americano. Se casó con Zelda Sayre, la más bonita de Alabama, según el propio Fitzgerald, la top girl. No tardaron mucho tiempo en vivir entre el lujo indolente donde se había criado ella, y gracias a la fama de Scott, fueron la pareja de moda en las fiestas y los acontecimientos relevantes, pero muy pronto entre el laberinto de los excesos y el alcohol montaron escenas de severo voltaje dialéctico, y entre  bitch, bastard y  drunk, un mal día ella empezó el tour de los sanatorios. Fitzgerald mamaba las botellas y la desgracia, pero su pulso se mantenía ágil. Suave es la Noche pudiera ser un fiel espejismo del alzamiento del amor y el descenso a los infiernos, un reflejo del dolor por ver a la pobre Zelda, esquizofrénica perdida en un sanatorio de Baltimore. La novela narra el ascenso y la caída de Dick Diver, un prometedor psicoanalista, y su mujer, Nicole, también una de sus pacientes. En paralelo, Fitzgerald tuvo que escribir relatos para revistas comerciales y pedir dinero prestado. Había gastado todo el dinero en perder la dignidad, si bien su talento le recuperó la economía, y escribió guiones de cine en Hollywood, una vida que le inspiró al desarrollo de su última obra, inacabada por la muerte prematura, El Último Magnate.
Fitzgerald, aquel hombre que tan bien conoció las luces de neón, las fiestas, las joyas, las mujeres bellas y los mejores acordes del jazz de Armstrong y de "King" Oliver, desgranaba esa vida para luego triturarla, como si fuera vidente de su propia caída. Tal vez algún día caminó como Gatsby entre sus fiestas, lúcido y aparentemente feliz, con una copa en la mano, y las notas de un saxofón en el aire de una cómoda estancia.
Un día se murió de cirrosis, guapísimo en el ataúd, debía tener el hígado feo, atrofiado de tanta borrachera, pero en su cara no parecía haber rastro de los excesos. Pasó por allí Dorothy Parker y sentenció delante de aquel cadáver hermoso:"pobre hijo de puta". Después se lo debieron llevar a Baltimore.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Fitzgerald, el Vacío y Gatsby.-







“Y así vamos, adelante, botes que reman contra la corriente, incensantemente arrastrados hacia el pasado" Scott Fitzgerald (El Gran Gatsby)

Pocas veces me aventuro a recomendar una novela, salvo que tenga muy definida la identidad de mi amigo el lector, y aún así de vez en cuando mi recomendación se convierte en frustración para mi colega, que no ha soportado ni los líos del Brooklyn de Auster, ni las llamadas telefónicas de Bolaño, ni la revolución pequeña de Aparicio Belmonte. Quién me manda.  Ésa no era su novela, no era para él. El colega también falla a menudo conmigo, ni me va el amor infinito al padre muerto de Abad Faciolince, ni los rencores de Rosario Tijeras, ni el corazón blanquísimo de Marías. No obstante, hace unos años alguien tuvo la idea de recomendarme El Gran Gatsby, y dio de lleno en plena linea de flotación.  Devorada como pocas novelas he devorado en mi vida, llegando incluso a eso de la relectura, que tan pocas veces he ejercitado, porque la novela era uno de esos manjares que nunca sacia, y yo siempre quiero repetir, percebe de Muxia. Y la tomaba en segundas  por cualquiera de sus páginas, y nada había de  desperdicio. Seguía teniendo sabor. Aquella novela del amor y el sueño americano decía mucho en un recorrido que iba llevando al vacío, el desengaño de la gente honorable. A la par me interesó mucho la vida de su autor, Scott Fitzgerald, que sabía mucho del fracaso humano y correlativamente de Gatsby porque lo llevaba grabado a fuego en la piel. 
La novela se publicó en 1925, allá cuando llegaron al mundo Celia Cruz y Jack Lemmon, se publicaba en Berlín el libro de Hitler, Mi Lucha (Mein Kampf) y nombraron jefe del tercio de Marruecos a Franco. Fue por tanto aquel 1925 que nos trajó un imprescindible de la literatura, un buen año para el tirano, para el cine y para la salsa. Pero en Nueva York era la prodigiosa época del jazz, el swing, los buenos licores y las grandes fiestas, y por allí aparece un tipo de nombre Jay Gatsby persiguiendo el amor inalcanzable de su juventud, Daisy, una de esas muchachas rubias, bellas y mimadas en mitad de la opulencia de la clase alta norteamericana. Y el tipo se da al cometido de penetrar en su círculo social, no como un hombre de clase media-baja del Oeste, sino como un hombre rico. Lo logrará y conocerá la mentira de los ricos, las fiestas vacías de la abundancia y el jazz. El propio Gatsby ha adquirido los recursos para hacer fiestas privadas en su casa, de sobra exbuerantes para impresionar a esos invitados de nivel, y para dignificarse ante la amada Daisy. La novela habla de perseverancia y de sueños, del amor incondicional como instrumento para abandonar la mediocridad del Oeste, de una sociedad frívola sin escrúpulos generada por papá millonetti, que goza la apetencia en el momento elegido, se sacia rápido y se cansa pronto. La orgía del consumo, el hastío de la alta sociedad neoyorquina. Para Gatsby será una lucha difícil, la victoria del dinero que lleva implícita una derrota personal. Gatsby era un preludio de Fitzgerald, que tan bien había narrado la angustia de la gente digna, una vez logrado el sueño americano, y utilizó a Gatsby para asomar sus rencores. Era un novel de la clase alta que nunca aprendió a jugar como ellos y se bebía sus botellas en mitad de la adulación, un tipo que paseaba en las fiestas como Gatsby, con una sonrisa decente, un whisky en la mano y el corazón a mil. Tenía la certeza de la caída. Sin querer aventurar demasiado el argumento, El Gran Gatsby, habla de la repugnancia de la buena vida, cuando uno se adentra en las banalidades de lo superficial y observa a los ricos viviendo entre el champán, los chismes, las fiestas y la crueldad. Y para ello, hay que estar preparado. Gatsby, capaz de ser el rey del mambo, y a la vez el más desgraciado de la ciudad, al igual que Fitzgerald, camina entre el poder mientras se tambalea su existencia. No lo piensen, comprénla.
Brindemos por él, esta navidad, aquel hombre que tan magistralmente narró el vacío de una época, la novela de la nada de los años 20. Aquel hombre que se veía feliz justo en el momento antes de estar demasiado borracho.



domingo, 19 de diciembre de 2010

Toros Bravos y Toreros Cobardes.-

“Los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo” Federico García Lorca

Que nadie se ofenda, y si fuera así, es su problema: Estoy a favor de las corridas de toros. Apenas controlo más vocablo que el relativo al natural, el muletazo, la estocada y la verónica, y sería osadía e impertinencia por mi parte decir que entiendo de toros, cuando cualquier viejo del lugar, llámese Maestranza o Ventas, me desarmaría con sus argumentos de tauromaquia, si bien he asisitido en numerosas ocasiones a las corridas de toros y he sentido la emoción y el arte de un hombre tembloroso y lento frente al animal, porque a mí me gustan los toreros cobardes y los toros bravos. Creo que en la cobardía y la bravura está la sensibilidad de este arte. Para meterse pitones en la boca, arrodillarse y tocarse los testículos ante el toro, está el descaro y la valentía con un matiz esperpéntico, pero no lo llamen toreo, sino fantochada de circo. Algo burdo.
Haciendo memoria, he visto algunas cosas interesantes en los toros que no he olvidado: toreros flemáticos en la tensión con la muerte a un centímetro del corazón,  impasibles, toreros temblando en mitad de sus convulsiones dibujando naturales de mucho miedo y mucho arte, toreros violentos y nerviosos librando miserables bajonazos, toreros irrespetuosos, toreros llorones y toreros valientes. Y he oído palabras tremendamente bonitas en los toros: temple, arte, maneras, coraje, muerte, zaíno, bragado, tablas, albero, coso, suerte, dignidad, y vergüenza, por ejemplo. Tienen buena literatura los toros, en parte gracias a  la belleza de su lenguaje, de la que poca gente dudará. Son una fiesta culta, como apuntaba Lorca, y son una fiesta moral, de acuerdo a Hemingway."Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí". Y yo comparto las dos aseveraciones.
No obstante, no todo es bonito. En la acera de enfrente, los arrabales de la fiesta, lo grosero. Los payasos y la función. La risotada soez. Enanos con traje de luces,  toritos drogados, torpes y heridos ante la barrera metálica, público chabacano e insolente. Ahí no hay hechizo, ni arte, ni maneras. Tampoco lo hay en los toros embolados, de la Vega, de fuego, de los dardos, de la soga al cuello, del chapuzón en el embarcadero, y de tanta fantochada rural  de alguna chusma flotante en el universo. La diversión de la tortura mezquina.
Un toro no nace para morir así, en un lugar de mala muerte con gente de mala muerte. Un toro de lidia nace para la buena vida en la dehesa y para morir matando, como cantaban los Tigres del Norte, para verse libre en el campo y para enseñar su coraje y citarse con la muerte en una plaza de toros a las cinco de tarde. No viene a la vida para morir en una fiesta vulgar, o en un matadero, o enjaulado y reventado como una oca o decapitado como un pollo, o en procesión de matanza como un cerdo. Un toro ha de tener una muerte bonita, y de vez en cuando ha de matar al torero. Para que el duelo tenga sentido. He ahí el hechizo, el rito, la fascinanción del duelo con la muerte, cuando uno se asoma desde la ventana de un coso y observa a un hombre que puede irse a buscar las tablas en pleno proceso de creación de arte. Eso lo justifica todo, entre otras cosas, la muerte de uno de los animales más bellos, nobles y valerosos del universo. El resto son patrañas, folklore rural, tortura, política  y burdo nacionalismo. Que les aproveche el fuet, el micuit de oca y las alitas de pollo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El Santero.-


Allá por el ochenta y tantos, yo era un chaval que se dejaba embaucar con facilidad, bastante ingenuo y cándido. Si me contaran entonces que spiderman había tenido problemas con la cocaína antes de dedicarse a super-héroe, podía creerlo fácilmente, o no, contrariar en el sentido de que ese problema lo tenía el Corredor Escarlata, y entrar al juego del vacile de nuestra estúpida edad. Un panoli en toda regla. Muy tonto, posiblemente. Claro, yo no era el único, mis amigos me hacían la competencia, y posiblemente había alguno más lerdo que yo, pero por lo general teníamos todos pocas luces y empezábamos a aprender lenta y torpemente que era eso de la vida (a fin de cuentas, nunca aprendí bien la lección, y todavía no sé bien el concepto). Unos nos aferramos a esa cosa complicada, salada, amarga y dulce de la vida y otros dijeron que aquello no molaba nada, y se fueron a buscar las tablas, pero en aquel momento de los 80, temblábamos todos al mismo tiempo cuando aparecía por allí el Santero. Le veíamos avanzar hacia nosotros como un rufián  con peine en el bolsillo de los jeans ceñidos, y botas de rock&roll, moviéndose como un mafioso gordo con tupé rockero, mirándose la uña del meñique, que se la dejaba larga como un médium de Minnesota algo chulo y chabacano. Se reía como un viejo prematuro y se metía cosas en la boca para escupirlas. Pipas, pedazos de piel seca, trozos de plástico. Era muy fantoche. Le veíamos aparecer, era la víspera del terror. Él lo sabía y sonreía como un títere malévolo, dejando entrever un colmillo negro y algún desperdicio de frutos secos.
Entonces  las noches de verano se acababan con las historias de los chicos mayores que sabían mucho de voces de ultratumba, tableros malditos, psicofonías, misteriosas apariciones, solitarias carreteras con muertos deambulando, chotacabras y profecías. Ahora eso sería impensable, existiendo twenty, facebook y acceso libre y gratuito al porno. Los chavales apenas tienen amigos de carne y hueso, pero cyberneticamente hablando son eminencias. Nosotros éramos la generación del pánico y la risita nerviosa, y Manuel Jesús, el Santero, era el número uno de la narración paranormal. Iker Jiménez, un pobre diablo a su lado. El Santero era vidente, sanador y rockabilly, y hablaba de vez en cuando de sus capacidades, para curar con las manos y atraer a otros entes curativos procedentes de los mundos de los muertos, y sabía mucho de esto. Era muy buen contador de historias, una especie de camello de las crónicas del miedo. Primero nos enganchó con la historia del cortijo maldito, que tenía de todo, pastores fantasmas, alacenas dinámicas, señoritos reencarnados en mulos, codornices locas, revoloteando sobre las cabezas de los Aranguren, poseídas por no sé qué extraña fuerza del mal, regreso de muertos vengativos, cigüeñas malditas, conejos melancólicos con vida interior y espíritus de mujeres de servicio  sufriendo agónicas sobre las suaves sabanas de las camas imperiales. Una variedad de zoo de monstruos, una granja del horror era aquel cortijo del miedo. Luego, ante nuestros nuevos reclamos de la narración paranormal, y sintiéndose seguro de que había adquirido clientela, empezó a cobrar. Veinte duros la hora y lo que quisiera de nuestras pertenencias quiosqueras, coca-cola, patatas fritas, gusanitos, gominolas, etc. El Santero no tenía muchos amigos, porque la gente de su edad no andaba a las diez y media de la noche por la plazoleta de Virgen del Mar. No, estarían por el Route 66 tomando sangría o whisky con coca-cola, o bien haciendo las famosas bebecoas en la playa de la Costilla, allí había alcohol, cosas raras que pedían las muchachas, licor 43, licor de maracuyá, countreau y mucho whisky que era lo que bebían en aquellas épocas los muchachos, y al poco tiempo, nosotros, los muchachos que íbamos detrás. Nuestro brujo rockero era abstemio y probablemente no había probado hembra, pero iba para algo grande en el mundo de la parapsicología, y  sus temas nos interesaron durante una época en la que uno lo quería creer todo, como los periódicos, y teníamos nuestras inquietudes por los laberintos del horror, aquello de las vidas de los muertos, de las apariciones de los abuelos y otra serie de historias en las que el miedo y los ojos bien abiertos  eran lo mismo. Luego había que superar el reto de volver a casa, y cualquier ruido sibilino, cualquier ventana chirriante, cualquier pisada lejana, cualquier tos asmática de anciano, era una circunstancia que nos sobrecogía y cooperaba con nuestros temores. Parecía que todo volvía a la calma al traspasar la puerta de casa y ver a nuestros padres departiendo con sus amigos, entre humos y copas, hábitos de los que más tarde adquirimos propiedad. Luego, dormir se hacía difícil. Vaya banda de valientes.
Me llegan noticias Santero, de que estuviste un tiempo visitando psiquiatras, maldita estampa la tuya ante el loquero, cuando te imaginábamos dando conferencias  de santería en La Habana. Creo que te lo tomaste  en serio, pero tampoco era tan difícil asombrar a unos chavales facilones que siempre te daban crédito. A los catorce dejó de interesarnos la parapsicología, a los quince tomábamos cubatas y leíamos comics de Dieter Lumpen  y a los diceseis solo nos interesaban los smiths, las mujeres y el fútbol. Menuda banda de veletas, no como tú, siempre  fiel amigo de los muertos. Imagino que esas cosas al final tienen premio. Cualquier días te veo en un programa de la tele, de vidente en un 806, o en un late night hablando con Carmina Ordóñez. Yo he visto en la tele a gente hablando con Paquirri, y con Torrebruno. Me alegraré, pero no seré yo quién te llame. Por lo que pueda pasar. Hoy leyendo a Poe, me acordé de ti. El Gato Negro, fuiste tú el primero que me habló de la moraleja del miedo.





sábado, 11 de diciembre de 2010

Las calles de las tiendas muertas.-

Recordando la novela de Patrick Modiano, Calle de las Tiendas Oscuras, caigo en la cuenta de que estoy caminando por las calles de las tiendas muertas. Modiano, qué oportuno, y qué pena. Me entristece recrearme en una verja metálica sucia, con papeles pegados y roña de la vida urbana, cuando aquello tuvo brillo, esplendor y gente en otra época. Gente que conocía al tendero, ese astuto psicólogo con bagaje y tablas que tomaba aguardiente con el viajante y sabía todo sin contaplus, sin internet, sin windows ni hostias. Ahora, la vida le da la espalda a él, y a los sucesores, el nuevo comerciante. Veo muchas tiendas cerradas en Madrid, y en cualquier ciudad del país. Algunas habían visto muchos muertos, e incluso habían sobrevivido la guerra. Eran tan familiares que la gente llegaba a soñarlas. Ahora veo la derrota en la dejadez de la fachada y el escaparate, en el candado oxidado y el horrible cartel de alquiler o traspaso.  Y la veo también en la destrucción de los ornamentos, de la curva del cristal, de la piedra, de la viga de madera, porque la librería de viejo o la  coqueta perfumería de los años veinte se convirtió gracias a unos criminales del patrimonio, en un Donner Kebap o en un bazar chino.
Ahora todo el mundo habla de la crisis. Parece que está de moda. La crisis, la puta crisis. Los políticos lo hacen sin alarma, hablando siempre de la recta final y de sus tráficos de estadísticas, a crear confusión y a liar al ciudadano. Luego sales a la calle y ves las tiendas muertas, y recuerdas aquel rostro conocido, aquella desesperanza de la última etapa, aquella angustia del caballero de la zapatería solo y desalmado en su comercio. <<Últimamente no entra ni Dios, nos han condenado, esto se muere, amigo, esta casa la fundó mi abuelo en 1911, venía Lola Flores, y Sara Montiel, y una vez estuvo Sofía Loren...>>. 
Vale que nos hemos convertido en unos guays de lo ciybersocial, y ahora mola comprar on-line, ir al show-room de Pitusa Cool des Tulleries,  y acudir a los outlets de las prendas fracasadas y a los centros comerciales de la carretera de La Coruña o de Burgos. Vale, que esto es una herida para el comercio, pero no sería suficiente para matar una tienda.  Lo aberrante ocurre cuando esas ilusiones se ven mermadas gracias a la estirpe dirigente, los políticos golfos y los secuaces de Méndez y Toxó, esos sindicatos desfasados que se llenan la boca con la clase empresarial, como si  los cientos de miles de empresarios españoles tuvieran catamaran de más de 24  metros de eslora y choza buena en Formentera. Tras la chusma precedente, mucha gente con empeño y ganas de lucha, jóvenes cotizando de autónomos, empresarios tiesos, buscando su primer local, peleando por un sueño, salir adelante, asolados por este desastre de la economía, y por la negligencia de los obligados a la prevención y a la solución, que nada hicieron y que siguen  jugando al Risk, al Monopoly y a los Colonos de Catán, sin pestañear. Un gobierno tan hipócrita como insolente, un congreso que parece un Gran Hermano, una oposición infantil llena de niños chinchando, tan responsable como los sociatas, del desmadre del ladrillo, esos lodos que nos han traído hasta aquí, gentuza encantada de haberse conocido, buscándonos la puta ruina, arrastrándonos hacia el dinero negro, el paro y los negocios clandestinos. Algún día, de viejos, les invitarán a contar en la Complutense, si no ha quebrado, como fueron reventando este país, seguirán impertérritos,  en fuera de juego, buscando la complicidad del rector. Y al salir comprarán alguna chorrada americana para el nieto en el Rozas Village. Antes habrán dejado el paisaje lleno de tiendas muertas.

Me he quedado muy  a gusto. Necesito un gin-tonic. Ya.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Madrid no revienta el amor.-



Madrid ha venido siendo durante muchos años una casa comuna que admite a todo hijo de vecino, esa capital que tanto recibe caricias como golpes. Ella responde de la misma manera, suave y a hostias. Madrid la ha ido haciendo la gente. Una especie de  fragata cada vez menos castiza en la que cada uno corre su suerte, la ciudad que recluta a todo aquel que quiera alistarse, una nave cosmopolita donde se han enrolado desde senegaleses hasta noruegos, el gran buque donde se comen arepas con huevo, ojo de bife y cocido madrileño. Donde se alista el malo, el truhán, el asesino, el bueno, la guapa y el feo. Fértil y generosa con la cultura, bastante más que otras capitales demasiado frías y demasiado modernas. Existió el Madrid de Tony Leblanc, aquel Madrid de Los Tramposos, Las Chicas de la Cruz Roja y El Tigre de Chamberí, pero de ello queda poco, y su terreno lo fueron acaparando la mafia rumana, los mendigos lisiados de Sol y los chicos de las ONG que te asaltan en las inmediaciones del FNAC de Callao. Y tantas otras cosas. Yo, el Madrid de Leblanc y sus secuaces, solo puedo imaginármelo o verlo en las películas, que siempre me han parecido entrañables, pero pienso que este Madrid de 2010 tiene más luz, es más justo y vuela más alto, por mucho mafioso rumano o proxeneta de Montera que nos quiera aguar la calidad de vida. Al mismo tiempo, creo entender que se ha perdido la chulería castiza y se ganado mucho en mala hostia, maneras bajunas y mala educación. Tampoco creo en algunos tópicos de la ciudad, a modo de ejemplo: Ni Chueca  es el barrio ideal y cool de construcción gay, ni la panacea del buen gusto, y sí uno de los barrios más sucios de la ciudad, con más afters por metro cuadrado, droga y delincuencia. Ni Lavapiés es el referente de la integración cultural y la convivencia racial, y sí a veces un vividero de palizas y conflictos. A Madrid le faltan maneras, igual que al mundo. No obstante, caminar por Opera, Latina, Huertas o Sol me sigue pareciendo una amena experiencia, y lo sigo gozando pese a haberlo adquirido como hábito. Pienso en mis rincones de Madrid, mientras camino a las nueve de la mañana de un sabado por la calle Hortaleza. Hay travestis puestos hastas las trancas de cocaína o cualquier mierda psicodélica, mendigos alcoholizados en procesión a algún lugar  donde dan café y bocadillos, chaperos expectantes y par de hombres maduros frotándose y metiéndose la lengua hasta dentro en la parada del autobus, donde la señora octogenaria mira para otro lado. Me da igual su condición, pero ante esa exhibición de magreo frente a la vieja siento grima y un poco de repulsión. No tanto por la moralidad, sino por asuntos de estética. Tienen muchos pelos ahí los dos como para hacer un preámbulo de pornografía cutre en plena calle de Hortaleza. Sigo adelante y observo vómitos en la puerta de mi local y una caca de perro. Blasfemo a los muertos y la madre, y desinfecto con medio litro de lejía. Entonces me veo a mí haciendo el cafre en algún portal cuando tenía diecisiete años, y me recuerdo en algún parque de Cádiz sentado con mi novia buscándole la boca y el cuello, y las manos, riendo con un par de cervezas bien frías antes de sentir la recriminación de uno gordo que cuidaba el parque, medio agitanado, que llevaba porra y todo. <<Aire, a tomar por culo de aquí, guarros>>, nos dijo porque sí, sin motivo aparente, y nos fuimos, y mi chica se quedó como deshonrada y yo ofendido, y pensando en el porqué, sin valor para contrariar al gitano. <<Y rápido>>, concluyó. Retrocedo, aunque no reniego de seguir considerando la escena de los dos hombres y la vieja de los Alcántara, como grotesca, retrocedo porque no está mal este Madrid donde la gente se puede besar en la calle, sin guardias de seguridad ni policías arrogantes. Aquel parque ahora lo van arruinando los yonkis. Al menos ahora Madrid no revienta el amor.  Que se metan la lengua hasta dentro y que llegue pronto el autobús para que abandone la vieja.