martes, 15 de noviembre de 2011

Convulsión Terelu.-

noticias mallorca Terelu Campos se desnuda para <i>Interviú</i>


Nuestro país se convulsiona. De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa, que decía Machado. Ya no es mi Victoria Abril, ni mi Victoria Vera, ni mi Marisol en septiembre del 76, en esta España bipolar e inflexiblemente bipartidista de los desmanes financieros, el torrezno y la medalla olímpica en recesión. Yo hubiera llamado a Monica Bellucci, para incitar al consumo de calidad e incrementar nuestro sentido de la armonía, pero igual era el lugar equivocado, este país que adora la carnaza y los neumáticos cultivados con photoshop. Supongo que ya lo saben. Ha salido Terelu Campos en Interviú, posando a lo Birgit Bardot, salvando las perennes latitudes, es decir una distancia interplanetaria. Pero para un país de panceta y pensamientos lúbricos cafres y  urgentes, igual está bien  Terelu para un desahogo. No sé si me entienden, más o menos es así, le hacemos el amor a la Bellucci y nos follamos a la Campos.
En fin, Interviú fija su objetivo en las propensiones más vulgares de la naturaleza, es decir, eso que todos sabemos, el instinto primario, las blowjobs, los dirty-talk y el worship. Vamos a ver, para que no haya sensibilidades heridas, me lo ha comentado mi amiga gafapasta, cool, progre y moderadamente bohemia: Terelu pone cachondos a los tíos y la linea de flotación de sus cubiertas flexibles es el sexo sórdido. 
Luego están las fotos, artísticas y cuidadas, las llaman. Me hace gracia la trascendencia que ponen los famosos cuando creen estar hablando de arte. Ni que fuera un Paul Klee. Y ahí está Terelu, con cara de fuckme, tapándose las tetas, como si estuviera sentada en el suelo de una ferretería sobre unos ridículos corchos, esperando que el mozo de almacén le saque la llave inglesa. Más razones para el emigrante.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Miss España y la Resaca.-




Pues eso, yo no había muerto, estaba de parranda. Simplemente me había quedado dormido en esa playa de Sanlúcar de Barrameda frente a esa especie de mar pantanoso que no asusta a nadie. Me despertó Miss España. Yo siempre he pensado que una vez en mi vida, hará unos veinte años, estuve liado con María José Suárez, aquella Miss del 96, pero no lo tengo muy claro, por culpa de las distorsiones, por esa mierda de alcoholes con sabor a veneno y azufre que ponían en los chiringuitos de playa y por las transfiguraciones que les hacen a los famosos, para vender el producto. Ya saben. Sé que era de Coria del Río, y que era un calco físico, y una reproducción rústica de la más guapa, y precisamente ese es el matiz que me deforma los hechos. Mi chica por un par de horas, del noventa y tantos, era incapaz de pronunciar la ese. Tenía una tendencia dogmática al ceceo pero con mucha cercanía a la periferia de la zeta. Zí, ezo zeguro, zomó tré shavala en caza. Etc. Vale, entonces a lo mejor no era, porque esta shavala, Suárez, ya no habla de esta suerte, o tal vez nunca lo hizo, pero prima zeguro. Tampoco es que Coria sea Manahattan. Ahí pondría la mano en el fuego.  A María José no la volví a ver, o quizás he estado viéndola todos estos años en la tele. Hablo esto porque el otro día me monté en un autobús civilizado de Madrid, y me vino de repente el trayecto en el mismo transporte, de vuelta a la casa de Astaroth tras la juerga sanluqueña, en aquel amanecer resacoso de siglo pasado. Recuerdo la densidad, y la viscosidad reconcentrada, unas sudoraciones de pipas y maíz, y el aroma a tabaco negro, cuando aún fumaban en los autobuses, y cierto delirio colectivo de una agrupación cani, unos farruquitos que iban a cantar en una feria, y comían y hablaban con los kikos y cáscaras en la boca. Igual eran los marismeños, o los marcianos de la fragua, o su puta madre. Yo creo que me echaban el humo a conciencia y que hablaban escupiendo ex profeso y para joder. Supongo que en un momento dado, me eché mano a la cartera o hice algún gesto de tremenda resaca o de sincera inquietud, y uno terminó por apoyar su culo en mi brazo derecho. Sentada a mi izquierda iba la abuela. Sí, ellos tenían una vieja que gritaba a intervalos más o menos regulares, y había entrado avasallando como si aquel día de agosto del noventa y tantos fuera a acabarse el mundo. Lo he visto mucho eso, en los viejos, por cierto. Recuerdo que comía compulsivamente unos churros fríos con los dos o tres dientes que tenía y hacía un ruido de mil demonios, como si estuviera comiendo un mouse de babas. Reconozco que me dio asco, y aparté mi brazo del culo del farruco, para salir de aquel clan de extrarradio chungo, y huí con ciertos laureles por haberme liado con María José Suárez, y por ser educado, y me creí hijo de la burguesía, cuando nunca me había creído burgués frente a los hijos de la burgueses. En un asiento de adelante vi a un señor al estilo Vizcaíno Casas, leyendo el periódico y cagándose en los muertos de aquellos cíngaros y le avalé con un ridículo gesto de aquiescencia, echándome cincuenta años sobre las espaldas.
A la tarde siguiente, con ese vacío existencial que deja el reposo de la resaca, seguramente me creí novelista, un Sábato cualquiera sin talento, y un poco Ernesto de Hannover, el príncipe cirrótico,  con dolor de cabeza,  por pura ingenuidad, y me vi reforzado de burguesía tras María José y el autobús, pero después supongo que vi a unos cuantos pijos  hablando de la cofradía, el botellón y el Sevilla, y se me echó todo por tierra. Ellos eran los burgueses, creo yo, y María José, por descontado, evolucionó y empezó a hablar bien. Y se hizo moderna, y burguesa, y  meretriz del Hola. Era el objetivo.






sábado, 12 de noviembre de 2011

El Hermano Luis y Urdangarín.-





Creo que en el cole nunca se fiscalizaba el dinero del Domund. Se iba uno de ronda a saquear los monederos de las viejas y los papás, y entregaba el botín al Hermano Luis. Nunca nos hablaron de la comisión de investigación, ni de interventores de aquellas huchas naranjas (si no recuerdo mal). Entonces se hablaba de Dios, del demonio y de los verbos irregulares. El Hermano Luis era austero y parecía el portero del colegio, con pantalones de tergal, camisa de polyester y zapatos de agujeritos, aunque fuera el profesor de lenguaje . El Hermano Luis repartía hostias como panes,  daba capones a cuatro nudillos y hacía sobres con el dinero del Domund. Él era el puto amo, juez, fiscal y secretario de Dios, y no robaba porque no le gustaba el dinero y era pecado, y si lo hubiera hecho, no nos hubiéramos percatado, porque vivía como un pordiosero de cara al interior y al exterior. Matices de las cercanías de Dios, y de ser más listo que todos esos exuberantes paletos, que roban y compran Mirós, Mercedes y mansiones, y asesinan los verbos irregulares, y dicen de que y lo que. Lo malo, que le podía la mala leche y tenía la hostia fácil, pero su honradez la estimo como verídica. El Hermano Luis no tenía ambiciones, salvo la oración y hacer un corro de conjugaciones verbales, con una regleta en la mano para enmendar el error gramatical. El Duque de Palma es pura ambición. Don Iñaki no habla de dinero como hace la gente bien, pero...
A mí Urdangarín nunca me ha caído bien. No me gustan los héroes olímpicos reinventados en nobles, y no me gustan los caraduras con cara de querubín (vale, guapo, pero cándidamente hermoso, he ahí el peligro). Bueno, ninguno me hace un tilín especial,  lo siento, no me gusta la familia de ese Rey que quiere prensa de estampitas y cromos; ya sabemos que se cabrea y le quieren clavar un pino a la mínima incontinencia de la prensa amable. Menudo disgusto ahora, con el lío de Urdangarin. Por un lado, que nos expliquen algo sobre la mansión donde plantan los pinos él, Cristina de Borbón y los cuatro nanos. Cómo pagaron los doce millones de euros de los 1.100 metros cuadrados en un barrio chic de Barcelona. Todo a consecuencia, obviamente, si no ni nos coscamos. Ya lo saben: desconozco si cuando aparezca este post, el duque de Palma habrá dado lugar a una aclaración de los hechos acaecidos en el Instituto Nóos. Una fundación sin ánimo de lucro (pero con coraje monetario) donde de la noche a la mañana se han esfumado unos cuantos de cientos de miles de euros de dinero público. Con la que está cayendo. Venga, a ver quien tiene huevos. ¿Saben? En derivación, y como secuela dañina de lo anterior, me preocupa, y estimo que no está en los programas políticos de ningún partido, el color mate de las arcas donde se depositan los fondos asignados a la Corona. En fin, el decolorante, que no está. ¿No son Presupuestos Generales del Estado? ¿No hay comisiones de investigación en los ministerios? En la Casa Real, no. En mi colegio, tampoco. Pues eso. Y lo otro, la fundación.
Entre la letra con sangre entra, y la letra (de cambio) penetrando, dada la sangre, hay divergencias.



jueves, 10 de noviembre de 2011

Partido del Destierro: Erecciones Generales (o generalizadas).-




Evidentemente la lista sería dilatada y tediosa, cual si esta nómina de gente estéril y accesoria se llamara María Teresa Campos. Hemos tenido nuestras reticencias con Paquirrín, pero como el pasado pesa lo suyo, y a su vez, es profeta del futuro, sisando a Lord Byron, no queda inmune de la concesión de tarjeta de embarque a Uzbekistán. No hay dispensa que valga. En lo que se refiere al resto de personajes la decisión es inapelable. No quiero que tachen esa inexorable contundencia de anti-democrática. El daño está hecho, y la vida nos la han jodido. Y bien. 
Habrá nuevos arrestos y en consecuencia, más aviones fletados allá donde Cristo perdíó el mechero en sus rutas por Asia Central. 
Se admiten sugerencias.

martes, 8 de noviembre de 2011

La Gente de mi Novela.-


Ante las peticiones de unos cuantos amigos, y una solicitud editorial, aprovechando la coyuntura:
Helio Arista:
Profesor de literatura. Siempre en la controversia, como en toda vida que se precie de perra. A veces en el carrusel de un hamster. A veces en una montaña rusa. Vive dentro de la novela para encontrarse, y disipar su nueva convergencia con una nueva perdida. Sufre las embestidas de las visionarias marianas, las poetas de la tragedia, los adolescentes malditos del lumpen y las mujeres lejanas (aquellas que fueron y ahora no son, y aparecen purificadamente bellas con el devenir de los años, cual si fueran heridas de catarsis). Acude algunas noches al Dorian, un local vivo a base a deshechos de felicidad y música de amor vengativo, a beber licores infames y agitarse entre la chusma. Desgraciadamente en estos lugares, el tema, echar un polvo y consolarse, está asegurado. Consecuencia de la miseria de sus habitantes. Los vencimientos del placer, corto plazo.
Por encima de todo, un objetivo: salvar a su padre de los estragos de la ginebra y la muerte de mamá. Los efectos: caminar por el ancho mundo y beberse las botellas de panacea dispersas por el Universo.
Helio Arista (Padre):
Jubilado, solitario y gruñón renovado por la tragedia. Surca los mares de una autodestrucción consciente, y malvive entre la comida china, los gin-tonics y un programa infantil de una especie de pornstar de los Cárpatos. Y los recuerdos, demasiado buenos para haberse fulminado, y perniciosos para la buena vida. De vez en cuando se hace unos kilómetros en bicicleta estática, y siente los impulsos de salir del laberinto chungo, aquel atolladero de su propio destino. Más allá del fondo visible, las apariencias de su funesto universo, aparecerá París con sus razones.
Nicolás de Vinarés:
Trasnochado del mundo, y herido en proceso de curación del arcaico pasado, los años de la trampa, la vida excesiva, las mujeres, el hampa, Jonathan y las putas de carretera. Emprende viaje a París desde la cárcel del Puerto de Santa María, buscándose las exenciones de la libertad. Una especie de expiación contradictoria, que es un inicio de vida, una oportunidad existencial, para rastrearse aquella madriguera oculta de su vil existencia e indagarse un espectro metafísico. En paralelo, un bicho royendo sus entrañas, un anticuario francés, una novel meretriz del Caribe, un suicida cirrótico, la búsqueda de un cementerio bonito, una banda con los Helios y muchas brasseries de bálsamos añejos.
Beatriz Aldaba:
La poeta de los desastres reconfortada con la publicación y la notoriedad de la catástrofe. La chica de los brillos dorados a golpe de pulso lírico-trágico.
Carlota Torrisi:
La ninfa reciclada, que en aquellos tiempos, siendo novia de Helio, follaba hermética y sigilosa con el gurú del Rajastán, Punnat Gullatti, entre otras cosas, el hombre que desterraba el alcohol de su cuerpo con unas extrañas introspecciones hinduistas que llamaban meditación, y Carlota simpatizaba. Años más tarde, la metafísica hindostánica y Ganessa fueron desterradas por un viril marqués de Santander. Retomando las sombras del pasado, Helio, en las reapariciones clandestinas.
Patricia:
La niña que veía a la Virgen.
Olías el Capo:
El muchacho armado del polígono, por encima del bien y del mal, estéril de cualquier tipo de interés didáctico, víctima de sus propios demonios, pariente de Lucifer. Caminante del lumpen.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Talento y Crisis.-


No tengo mucho que decir. No estoy nada onírico. En primer lugar porque mis dóciles musas se me desvanecen en estos finales y primeros de mes, que es cuando a mí me vienen las hostias bien dadas, y la vida tiene más cara de perra que de vida. No obstante, yo siempre recibo ligera la inspiración, o la musa, o el numen, o como quieran llamarlo. A mí esas vainas no se me sedimentan en la piel y me depositan unos vocablos alienados con unas palabras. No. Me tengo que sacar hasta los tuétanos. Cavilar, hablar solo, salir al balcón, dejarlo, tomarlo, salir, entrar. Pues eso. Me voy a la calle a fumar un cigarro. Me asalta una pregunta: ¿Es verdad que en tiempos de crisis aflora el talento? A mí eso de la perspicacia o la clarividencia artística, me cuesta un huevo y parte del otro, y aún así, cuántos tiros quedan fuera de linea de flotación. No tengo muy claro que es eso del talento. Me gusta lo de Balzac, su correlación entre voluntad y talento, y esos corazones rotos o curtidos en épocas de recesión, pero mi postura es que en tiempos duros se vende bien el talento, consecuencia de la existencia de pocos postores, desenlace a su vez de la baja demanda, y efecto final de los barros que trajeron consigo los lodos. Es decir que no compra ni dios y no apuesta ni Perry. Hay que delatarse con cierta arrogancia, modelarse un patrón de puto amo, de imprescindible para el proyecto. Venderse. Los resultados pueden ser catastróficos. O no. Lo otro ya lo saben, la burbuja inmobiliaria dando de mamar a la corrupción y la especulación, pero de eso ya hemos hablado bastante.
No Pain No Glory. Lo entendimos tarde.
Una vez en Salamanca, me dijo una poeta de la tristeza, que hacía unos versos donde se mascaba una tragedia con olor a pescadilla podrida (vale, es una reverberación del que suscribe, que por muchos motivos encadena putrefacción con dolor) que ella necesitaba estar reconfortada para hablar de la catástrofe, aunque siempre hayamos pensado lo contrario, que era necesario estar de puta pena para hablar de un cuervo fatídico, un suicida y unos sufridos espectros infantiles. O de cualquier paranoia de estas monomaniáticas de la desgracia propia o forastera. Pero coño, tenía cierta razón,  un espíritu (para aquél que gaste de eso)  inquieto y desvelado por los hard times, podría tener inseguridades, temblores, y resultados chungos. Y luego está el debate, y ustedes dirán que en esas controversias del alma se pueden lograr buenos efectos, que Poe, estaba todo el día hecho unos zorros y narcotizado, y fue maestro universal,  que Suave es la Noche, nació de la tragedia personal de Fitzgerald y de su fracaso con Zelda, y que De Profundis fue una epístola narrada en una cárcel, tras la condena de Wilde por indecencia y sodomía. 
De acuerdo, no nos aclaramos. ¿Talento y bienestar general?. ¿Talento y estar jodido?
Y si existiera espesura, ya les aviso, que a mí la crisis me provoca este follaje léxico.

martes, 1 de noviembre de 2011

El Audi de Torrebruno.-




No sé si el tipo era más simpático que payaso, o más amable que bufón. Pero eso fue al principio. Hablaba como Torrebruno, esa desagradable mezcla entre italiano y portoriqueño, y la molesta sensación de hablar con la boca llena de mucosidades y era un teleoperador de Ni Puta Idea. Me había tocado un Audi A4 FSI con motor de inyección directa de gasolina. Le pregunté que donde lo podía recoger y me dijo: espere, espere, caballero, no se demore, hay unos trámites previos a la entrega de su fantástico coche. Nada menos, había que morirse. Mientras, me lo imaginaba igual a aquel enano, Rocco Walter Torrebruno, al que nunca le pillé el chiste. Lo veía con un pantalón a la altura de los pezones, con la raya muy marcada a la derecha y con esa cara de humilde saltimbanqui que gastan los cómicos de los años setenta (Joe Rigolí, Torrebruno, Bigote Arrocet, etc).  Llegó la diligencia. Ya sabe usted, señor, Dios quiera que no le pase nada, pero la muerte le puede pillar con los pantalones bajados (se permitía estas licencias) , hay que pensar en ello, usted tendrá una mujer, una familia, imagine que le pasa algo, seguro que tiene algún ejemplo cercano y vio como habría sido necesario un buen seguro de vida, de garantías. Yo no tenía intención de morirme en los próximos cuarenta años (madera, madera) y el tipo me quería hacer un seguro de vida por valor de unos trescientos euros anuales. Después me darían el coche, o a lo mejor el coche me lo entregaban después de muerto, si mi fulminante expiración fuera consecuencia de un accidente de tráfico o de una enfermedad. Si había un suicidio, o una catástrofe estilo terremoto, no había coche, ni dinero. Interioricé un váyase a tomar por culo, pero no lo escenifiqué. ¿Usted a qué se dedica? Le dije que era torero, y que se pusiera en contacto con mi apoderado, Manolo Buenavista. Entonces debió pensar que le tomaba el pelo, y noté que se aclaraba la voz con un vaso de agua de los ríos de Puerto Rico. Mire, piénselo bien, las personas designadas por usted recibirán un A4 y 600.000 euros. Le pregunté que cuantos audis a cuatro había y cuantos cientos de miles de euros. Depende de la prima, caballero. El payaso se iba apagando. También el amable. Me lo dijo muy flemático, casi insultantemente tranquilo, con tono de última oportunidad. A continuación, le comenté que lo pensaría, que no lo veía claro. Usted verá lo que hace. La frase sonó funesta, amenazante, y me pareció que me estaba llamando gilipollas con cierto razonamiento. En fin, estuve pensando un rato en su táctica, en aquella descendencia de la farsa simpática a los rigores finales, pero me siguió recordando a Torrebruno y a algunos cómicos de los años setenta, que se quitaban la mascara fuera del escenario.
Esa noche tuve un audi A4 y una dehesa con ganadería brava. Conducía despacio viendo mis toros. También soñé con Antoñete. Y con Torrebruno.