sábado, 24 de noviembre de 2012

Esa Cursilería de las Etapas Cumplidas.-

Hubo un tiempo en que sus vidas parecían una serie de la tele. Digamos un mix entre Al Salir de Clase (cuando Pataky se deprimía porque los chicos la veían facilona) y la peli Historias del Kronen. Ya ven ustedes el exceso que les acabo de desatar. Vamos a ver, me refiero a que no hacían el capullo andando borrachos por los andamios de los rascacielos ni le hacían blowjob a la botella de whisky con droga psicodélica ni tampoco eran pijos de esos de urbanización de Madrid Norte, concienciados con el medio ambiente, el suicidio y un máster MBA. Digamos, eran gente en apariencia trivial y simpática. 
Salían de copas, se conocían todas las happy hours de Madrid, inventaron el botellón, suspendían habitualmente dos asignaturas para septiembre, follaban de vez en cuando con condón, estudiaban por la noche y leían novelas de Martín Casariego como Algunas Chicas son como Todas. De vez en cuando veían Al Salir de Clase, sobretodo porque odiaban a Daniel Huarte y sabían que Lucía Jiménez estaba bien buena (entonces no era Elsa, sino Lucía, la más bella de la series de la tele); fueron al cine a ver Historias del Kronen y aunque les causó una leve conmoción tampoco fue una convulsión duradera porque aquel no era su mundo ni les pertenecía; ellos no eran tan hijosdeputa como para robar a mamá para comprar drogas ni escuchaban a los Reincidentes y a Kortatu en aquellas clases de herriko tabernas madrileñas, que eran una mezcla de gentes kale borroka de Carabanchel y pijos rebeledes del barrio de Salamanca. No, su película de cabecera era The Doors y flipaban con Jim Morrison cuando vio morir a los indios navajos en el camino a Nuevo México y se hizo hippie, drogadicto y grande del rock and roll. La película no era su vida, y aceptaban que había una lejana distorsión, pero era quizá esa distancia y esa desavenencia, la que siempre ha hecho que los mitos sean idealizados, una especie de quimera admirable porque nunca nos han gustado en cuestión de heroicidad las cosas de andar por casa, y al fin al cabo cualquiera podía ser Juan Diego Botto  o Maríán Aguilera, pero nadie, nadie, nadie de nuestros mortales sería jamás Jim Morrison, y además, qué carajo,  ellos eran una generación muy mitómana.
A medida que fueron avanzando los estudios universitarios, el bloque de la generación se fue desintegrando y ya apenas quedaban pequeños grupos que se reunían a tomar una cervezas y a rememorar algunas hazañas de los noventa quizá algo convictos y avergonzados, o no, porque a veces las medallas de la juventud eran la infamia, la vergüenza de la vida adulta. O responsable. Siempre he pensado que esas cosas hay que tomarlas con naturalidad, quizá debería decir esa cursilería de etapas cumplidas. Una borrachera infame, una pérdida de papeles, una caída de bruces contra el metre de un restaurante, un gatillazo, una patética cruzada contra el garrafón, o aquella fiesta de bodas de plata de los padres M en la que los cantaores de flamenco se habían quedado sin whisky porque se lo habían bebido los hijos del matrimonio y sus amigos,  etc. 
El día que A fue a la fiesta de cumpleaños de B, hará un par de semanas, en la casa de B había más niños que en Disney World; incluso B había contratado a unos payasos para distraer a los churumbeles. Cuando A le preguntó a B por su vida, B se acarició los cuatro pelos de una incipiente calvicie, le miró con esa supremacía provinciana que tienen los directores de oficina bancaria y le habló de hipotecas, primas de riesgo, colegios bilingües y un poco de Mourinho, y cuando A se aburrió se fue a tomar una copa con los payasos y miró el cotilleo y el desplume, esa crítica fácil y cruel de los padres a los padres que no estaban en el sarao. Por un momento A recordó a B bailando Light my Fire con una copa en la mano, y entre brumas pensó que esta vez los artistas de la noche no se habían quedado sin whisky y que B había sido el cabecilla, el auténtico adalid en aquella expedición por las botellas de whisky en la fiesta de bodas de plata de un matrimonio recientemente divorciado. Y así con todo, etapas cumplidas. 




sábado, 17 de noviembre de 2012

Alfonso: Sublime sin Interrupción.-


Venía a darme unas entradas de los Stones, con la salvedad de que no tenía entradas de los Stones y ni siquiera habría concierto de  Jagger y sus secuaces. Pero él me lo dijo, e incluso me insistió: tengo unas entradas. Tenía poca cosa y daba lugar a escasa evidencia material.  Un buen abrigo roído y un litro de Mahou en la mano.  Quería dinero, pero sin pedirlo, que es la forma más elegante de reivindicar una necesidad. Aunque sí insistió en un rotulador edding negro de punta gorda: acabo de tener la percepción mientras escribo estas palabras de que lo quería para esnifarlo como los niños de la calle de Lima, de Moscú o los rumanos de Madrid. Sí, era el mismo de varios posts precedentes, hará un año y medio. Puedo jurar en esta tribuna que sonaban los Smiths en la Divisa Hortaleza y que el tipo se ha puesto a llorar, a lagrimear dócil, suave como un hombre herido, y a bailar, y lo hacía muy bien el hijoputa, ciertamente con buena técnica y con una cadencia melancólica y desgraciada, frente al espejo grande, observándose el retrato, un arquetipo cualquiera pero no cualquiera. This Charming Man. 
 I would go out tonight
But I haven't got a stitch to wear
This man said "it's gruesome
That someone so handsome should care"
Un auténtico dandy de Baudelaire, vivir y morir frente al espejo, sublime sin interrupción, desde la indigencia, desde aquella miseria indolente y de cierto placer. O no, pero le duró unos quince segundos, también puedo atestiguarlo. Hoy no miento. 
Después se puso a llorar, con los putos Smiths. Si lo sé le pongo cualquier intrascendencia electrónica de Kevin Yost, que no llora ni Dios. Yost es para estar, y punto. Si hubiera llorado con Bisbal se me hubiera caído el mito, pero Alfonso retornó a la juventud con Morrissey, con ese aire erudito y de brazo de mar ajado pero no desintegrado. No sé si me entienden esa elegancia connatural de los ricos ancestrales venidos a menos. Sublime sin interrupción, fácil, sin posturas afectadas, sin la pose desencajada de un director de oficina bancaria cuando habla de los bonos del tesoro, o de Eduardo Serrano (menudo soplapollas) en Intereconomía cuando habla de maricones y putas, que es su hobby. A continuación ha declarado solemne, suntuoso, que las las dos profesiones más difíciles del mundo son las de naviero y músico. Yo le he dicho que sí, que eso estaba muy claro.
Alfonso, un vergel en mitad de la tragedia, con su voz envolvente y estéreo, aquel marinero venido a menos, los últimos años de Fitzgerald cuando era demasiado feliz antes de estar demasiado borracho, porque la vida se mueve más que el carrusel de un hamster. Y todo eso del azar y la búsqueda. Bebió un largo trago de cerveza y se volvió a mirar en el espejo, a continuación abrió mi edición de Fayard del 47 de Muerte en Vencia (Mann), lo miró con ojos de fogueado de la vida y me dio la aprobación. Me apretó la mano como los hombres de antes y salió de la tienda caminando con una lentitud desoladora a buscarse entre la chusma que era suya pero no era suya, o era su mundo pero no era su mundo, y él sabía que ya no era lo que era; incluso yo lo sabía, y él sabía que yo lo sabía.
No sé si lo recuerdan: http://janpath-broadway.blogspot.com.es/2011/08/suave-es-la-noche.html


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Giacomo Casanova vs La Caspa.-




Yo creo que el primer paso de mi bohemia se lo debo a mis padres comediantes; aunque cuando la miseria y la enfermedad llamaron a la puerta me mandaron a Padua donde me curaron de hemorragias y más tarde en Roma me tuve que hacer fraile por  no morir de indigencia y carencia de amantes, y entré al servicio del Cardenal Acquaviva, pero como el traje de abate me desprendía de todo sentimiento vitalicio, cuando tuve la exacta consciencia de que moriría no ya de afecciones físicas sino de la dolorosa tortura de no amar a las mujeres, me hice nómada de Europa, a hacerme aspirante a la erudición universal, y obviamente a consecuencia, conquistador capacitado.
(Yo, gracias a que mis padres eran comediantes, me hice famoso porque ello me supuso el trampolín para hacerme bastantes platós de Sálvame. Al ser un auténtico negado como alumno en los mejores colegios elitistas me dediqué a ser actor pero sin el previo de pasar por la Escuela de Arte Dramático. Conseguí un secundario de cinco minutos en Ana y los Siete y otro de treinta segundos en Médico de Familia. Hasta ahí mi historial. Cuando papá dejó de hacer gracia los españolitos caímos en la evidencia de que dejarían de llamarle para hacer las películas de Ozores, que ya no sabía ni como reinventarse, y yo comencé el tour de la prensa rosa, siendo protegido de María Patiño. Cuando sacaba algo de pasta hacía el éxodo de Ibiza, y a veces Miami. Allí conocí a Colate y a Paulina Rubio, pero no me aceptaron porque me faltaba caché. Ni que ellos lo tuvieran. Cuando me ninguneaban me refugiaba en la cocaína y en el Sálvame).
Los primeros desfiladeros hacia la creación de mi gran biblioteca se los debo a la música y la medicina. El violín por las calles de Venecia; y más tarde mi afectada lectura sobre cardiología fueron de gran utilidad para curar las obstrucciones coronarias de un patricio veneciano que me sanó a su vez del mal de la pobreza con un digno patrimonio. Gracias a ello, la Inquisición comenzó esa cruzada de buscar mis libros prohibidos, y tuve la ventura de huir por Milán, Cremona, Cesena, Parma, Génova, Lyon, París y Dresde a darme a las mujeres, el vino y la literatura, que han sido mi trilogía ecuménica.
(Como bien saben, los primeros pasos de famoso casposo los dí en Sálvame. Cuando papá murió fui a contarlo, cuando mamá sacó las denuncias de malos tratos a su segundo marido me senté con ella a contarlo, cuando Falete me acusó de borracho maricón hice un De Luxe, cuando me lié con Mari Cielo Pajares también, luego cuando me separé de la poeta metro cúbico, más adelante cuando me hice representante de Chayo Mohedano e hicimos aquel chisme de los cuernos sin cornudo y los contratos sin contrato, y demás montajes con diferentes colegas de profesión. Un buen día dejaron de llamarme del Sálvame,y conseguí algunos bolos por Torrevieja, Peñaranda de Bracamonte, Parla, Chipiona, Dos Hermanas y Aceuchal, y me seguí dando a mi hat-trick favorito, la cocaína, las mujeres e incluso los hombres. En Chipiona tuve que salir escoltado por la policía municipal).
De vuelta a Venecia, por cierta vocación suicida, fui arrestado y encarcelado en la prisión de los Piombi, pero gracias a un monje logré escapatoria y exilio por dieciocho años. En París, aunque atesoré notables relaciones con Luis XV, Madame de Pompadour y Voltaire, tuve contratiempos fraudulentos en un negocio textil y de nuevo me acometí al éxodo y las andanzas por Europa.
(De vuelta a Madrid fui arrestado por conducir drogado, borracho y epiléptico, y estrellar mi coche contra el Mallorca de Juan Bravo. Mis mejores contactos eran Terelu Campos, Kiko Matamoros y mi madrina María Patiño. No pudieron absolverme. Me la endiñaron bien, la justicia, quiero decir. A continuación, cuando salió la noticia de mi fraude por unos bolos adeudados a Belén Esteban me fui a Ibiza a ponerme hasta el culo de tripis y a follarme un par de chonis. Era la manera de olvidarme un poco de todo, de los marrones, quiero decir).
Debido a mis problemas de justicia, inventé un alter ego con título nobiliario pasando a llamarme Chevalier de Seingalt. De lo que deviene en la sucesión de mi vida fui condecorado por el Papa Clemente XIII,  mando de los cadetes del ejército de Federio II el Grande de Prusia, escritor político en Polonia y vuelvo a ser encarcelado en Barcelona por 42 días debido  a mis escarceos con la esposa del Capitán General del Ejército allá por 1768. Regreso a Italia y visito a mi hija Leonilda en Nápoles, fruto de mi relación con la bella Lucrezia: me ahorraré los detalles de la enfermedad de gota del noble marido de mi hija y la proposición por su parte para que yo le hiciera el amor a su mujer (mi hija, lo cual él desconocía) y engendrara una criatura, de lo que obviamente desistí y me di a los affaires con las doncellas en sus correspondientes alcobas.
(Mis problemas con la justicia supusieron un declive de imágen y no tardé en recibir la patada de Terelu, Kiko y Patiño. Fue la época en la que me seguí dedicando a hacer el ridículo.  Básicamente yo venía a ser un señor de unos cuarenta y cinco años con los pantalones al estilo cagón y una cresta al estilo punk de Coslada con los cuatro pelos que me quedaban en el occipital. A veces llevaba una espantosa sudadera de El Niño y una cadena gruesa de plata, e incluso me depilé el pecho y me hice un un tatuaje de Ganesha para descojono generalizado de mis compañeros puretas. Mi gran problema es que pensaba que no hacía el ridículo sino que yo era estereotipo de algo, el hombre seguro y moderno, en mitad de una local nocturno de chavalería caminando la pista como si la discoteca fuera mía. La gente que me conocía de la tele, me señalaba y se reía con estruendo, una mezcla de risotada etílica y de  escarnio público. Cantaba las canciones en inglés como si  me supiera la letra, y pensaba que había ligado cuando invitaba a una copa de doce euros a unas chicas que se daba media vuelta con mi copa para buscar al demandado tableta o el auténtico casanova de discoteca. Tenía eso que llaman fama ridícula y efímera, pero por muy fugaz bien pesaba lo suyo).
El los últimos años continué con mi tour de viajes. Viena, Berlín, París, Dresde, y cómo no, Praga, donde tuve la  ventura de conocer a Mozart y que diera creación a la ópera Don Giovanni sobre mis romances y aventuras por Europa. Luego, no tardé en morirme de tristeza y decadencia emocional cuando me hice cargo de la biblioteca de Dux en Bohemia, donde comencé mis memorias.  «Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre.»
(En los últimos años me sobrevino un ataque de humildad, y no me llamaban ni para un bolo en Fuentesauco, e incluso leí alguna novela facilona del estilo Sin Tetas no Hay Paraíso, y ya era muy tarde para falsificar cualquier intento de parodia a Giacomo Casanova. Entonces entendí el significado de la palabra vacío, principalmente porque me dejaba los dedos marcando los teléfonos de los productores de telecinco. Y no había nadie al otro lado).

sábado, 3 de noviembre de 2012

Madrid Fetish.-

Hay escenas tristes que son para descojonarse de risa y episodios inventados para ser cómicos que desembocan en el lloriqueo. Del primer caso, circula un vídeo en Internet que a mí me ha producido bastante risa y cierto trasfondo de pena. Se trata de Hello Kitty (una gata japonesa con cara de mazapán que genera beneficios en orden a los 250 millones de euros) y Bob Esponja (una esponja marina norteamerica del Oceano Pacífico, también millonaria, que no se parece absolutamente a nada ni a nadie por esa mezcla de simpleza y perplejidad que tiene ese alien de los mares), en fin, ambos peleándose por conseguir su pequeño distrito en la Puerta del Sol para buscarse la generación del maldito parné. 
A mí, teniendo en cuenta la cantidad de pelos que albergan estos colegas en los huevos y la cantidad de litros de Mahou con arepas al son del reggaeton que se habrán mamado, el hecho de que dos adultos se vistan así porque sí de dibujos animados me produce bastante grima, y solo lo justificaría una situación de miseria o necesidad extrema. Valga en la intimidad, como entelequia sexual, o bien para salvaguardar el berrinche de un niño monstruoso en una habitación infantil, pero caray, en pleno centro de Madrid darse de hostias disfrazados de dibujos animados viene a ser un acto vergonzoso, aunque no negaré que ahí los tienen los dos bien puestos en mitad del bochorno. Y que representan la lucha de poder, el Capitalismo, el usufructo de la propiedad privada sobre el capital, como medio de producción, es decir el derecho real a gozar de esa cosa ajena que son unos cuantos metros cuadrados de la Puerta del Sol.
Siguiendo con este Madrid Fetish de los domingos que caminan a la Navidad, supongo que habrán visto ustedes a las familias de las pelucas verdes y las caretas grotescas, a los proxenetas disfrazados de Cristiano Ronaldo, a los toreros, a la gente de barro y como no a las cabras más horribles del universo, que sienten taquicardias al son metálico de la moneda. Desconzoco si las han visto, pero escondidas en las cabras, verán ustedes (no sé como decirlo) la oposición frontal a los canones de belleza del siglo XXI, unas gitanas más feas que la bulimia, ciertamente aterradoras y ciertamente representantes de la miseria, buscándose la vida, y esa carencia de dignidad que tiene todo lo que se esconde posiblemente detrás del hampa rumana. Pues así con todo, vendrá la familia con el niño desde Albacete en el puente de la Constitución a depositar unos euros para agitar los espasmos, el tintineo de la cabra. Las cabras no son muy bonitas, ni siquiera Bob Esponja es mínimamente atractivo, pero vienen a ser la tele de la calle, la derrota del sistema cultural. Así que yo, que voy de guay para la tele en la calle, me pongo en Preciados a mirar aquel cuarteto maravilloso de músicos rumanos y polacos, buscando algún resquicio de esperanza. El resto del teatro también lo miro, como Ignatius Really, por muy deplorable que sea, no puedo dejar de mirar, esa mezcla de vergüenza ajena y placer. Algo sí que mola, claro. 

martes, 23 de octubre de 2012

Madrid: 273 Años Después.-



Año 2285. Cuenta la leyenda que hubo un tiempo fatídico en aquel lugar que llamaron España, (ocupado por algunos monstruos del Oscurantismo), y ahora es República de Madrid y los Estados Adhesionados, en el que la apariencia venía a ser la esencia, el quid de la gloria y la fama, un tiempo, queridos, en el que las tetas y los labios siliconados estaban à la mode (sabido es que a día de hoy la estética es la mínima expresión física de senos y la boca), una época con un equipo de la vecina Catalunya, F.C. Barcelona entrenado por un tal Pep Guardiola que meaba colonia, era filósofo, entrenador y murió en Nueva York del virus de la autodeterminación patológica a la edad de ciento quince años, se paseaba con gloria a lo largo y ancho del mundo; y un tiempo en el que los políticos fueron contagiados de la terrible epidemia de la corrupción (ahora llamada descomposición psicosocial). En aquella época, la primera etapa del Siglo Impúdico,  los políticos (hoy denominados Tecnócratas de Carrera) tenían grandes carencias culturales y educativas, e incluso contaban con unos tipos denominados asesores de imagen que les aconsejaban la estética facial y capilar. Los dentistas blanqueaban mañana, tarde y noche (es sabido que hoy en día las dentaduras más in y atractivas son de color gris cobalto) y los cirujanos eliminaban los tejidos adiposos de las papadas para crear cuellos bien delineados e inyectaban botox en los párpados, patas de gallo y frente (a estas alturas de 2.285 es bien notorio que un papo lustroso está relacionado con el reconocimiento social, que la piel tersa pasó a mejor vida y los cirujanos crean patas de gallo artificiales porque se relaciona mucho con la experiencia vital en este siglo XXIII de la Inversión y el Bienestar Universal y Verídico). 
Hubo una época en la que no importaba ser analfabeto para hablar en las tertulias del RDTO (Receptor Dactilar de Transmisiones Optativas; antaño llamado televisión), y tampoco era de mucho interés que el pueblo no conociera cosas tan básicas hoy como las Leyes de Kepler, la Ley de la Gravitación Universal, y la rotación y la geología de Venus donde ya hay algunos de nuestros contemporáneos viviendo. Ellos lo llamaban el Estado de Bienestar, y todos querían entrar en la trilogía de ser ricos, guapos y famosos, pero el sistema se les fue directamente a Júpiter (antes se decía al carajo) básicamente porque eran muchos para tan poco pastel, y aún no vivía nadie en lugares como Neptuno o Mercurio, planetas famosos por la asistencia integral sanitaria, la prostitución reglamentada de las alienigenas, el LSD prescrito en receta farmaceútica, las mejores universidades siderales y la carencia absoluta de desocupación activa (antes, el paro), por la fertilidad de la tierra y el gran negocio montado en torno a las famosas sondas, las naves Mariner 10 y Messenger que orbitan entre la Tierra y ambos planetas.
Ya ven ustedes que mundo verdadero hemos conseguido crear, tenemos un salario mínimo interprofesional de 180.000 merkeles al mes, hemos eliminado absolutamente el déficit rajoyano, la deuda pública del zapaterismo terminamos de pagarla gracias a la colaboración de Neptuno en  2.269, tenemos tres médicos por habitante, un ingeniero de telecomunicaciones por cada cinco de nuestros sincrónicos paisanos, los Tecnócratas de Carrera se doctoran en Cambridge, pasa el filtro del jurado erudito (antes popular) en Madrid, y Mercurio subvenciona el 80 por ciento, nuestras prostitutas (fíjense, antes las llamaban putas) han recibido el honorable Premio Salubre de Houston y las tres últimas guerras terminaron con la Erradicación Talibán, la muerte del último de los chavistas y el asesinato por la polcía sideral norteamericana (antes FBI) del último gilipollas cósmico de la saga de Bashar al-Assad.
Tengo noventa años, buena papada y los dientes de un brillante gris cobalto, y estoy posiblemente en el ecuador de mi vida. El tema es que estoy pensando en clonarme en una clínica especializada de Saturno, porque he vivido de puta madre (antes también se decía de puta madre) y lo único que nos angustia en cierta manera es el post mortem. Y en fin, como decía Nietzsche, precisamente juzgamos el pasado porque hemos construido el futuro. Saludos desde la Estación Orbital del Buen Retiro. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Emmanuelle era un Acto de Pureza (Adiós Sylvia Kristel).-


Quizá fuera a finales de los ochenta cuando me decidí a entrar en un cine para ver cualquiera de aquella saga de las French softcore erotic movies, que llevaban por título Emmanuelle, y protagonizaba la más hermosa de aquellas chicas comedidas y ardientes que hacían cine erótico, Sylvia Kristel; su pelo corto de fogosa e inocente holandesa con cierto aire de oficinista recluida y aquellos ojos verdes clareados y  límpidos, como si aventuraran cierta tristeza por el paso del tiempo y la decadencia de la belleza.
Por mucho que la Iglesia nos hostigue y reprima con su visión arcaica y extremista del mundo, siempre me pareció que ver a Emmanuelle en una pantalla era un acto de una pureza increíble. Con Sylvia Kristel ganaba la satisfacción frente a la pesadumbre. No existía el remordimiento. Era imposible. Aquella mujer silenciosa, guapa, delgada, cosmopolita, sofisticada, extraña a la vulgaridad incluso cuando iba de acróbata sexual, que invocaba a la excitación reposada y renegaba de los bramidos del porno, era sin más una virtuosa manera de estereotipar el deseo sexual en la categoría de arte.
Más tarde, aprovechando las secuelas del éxito, hubo más Emmanuelle, pero quien yo conservo en la memoria es Sylvia Kristel, la más sutil, introvertida y audaz del cine erótico. Y luego llegó el declive que presagiaron sus ojos verdes, sobretodo en aquellos momentos de mirada agonizante y profética; la trilogía incesante: drogas, alcohol, enfermedad. Incluso tenemos el privilegio de aquellas palabras de Rubén Amón cuando la entrevistó en una taberna de Amsterdam:  “su aspecto orondo, ajado y sobrio la confundían con una catequista, con una matrona anónima o con una vecina jubilada del barrio”.
Ella murió durante la noche, mientras dormía, ha declarado su representante. Como tantas otras cosas. Por aquí nos queda María Lapiedra (no me subas el IVA, bájame las bragas) y cierta insolencia sin gracia ni belleza en las portadas del Interviú. Poco Picasso y mucho Lladró, quiero decir. Mucha Leticia Sabater y poca Monica Bellucci. Amén, y sí, quien la vio no la olvida. 

martes, 16 de octubre de 2012

Unas Palabras Caóticas.-



Pues sí, tienen ustedes razón. No ando muy productivo y no les fabrico yo las rentas éstas gratis que de vez en cuando salpico en esta brújula desorientada que viene a ser mi blog. Y bien, como muchos de ustedes saben no acostumbro en exceso a hablar de mi vida, sino de la de los demás, y no precisamente de manera amable, que ya saben, intento divertirme al modo transgresor y vulnerable, quizá por dos motivos, por una parte y seamos sinceros, cierto filón para llegar a algunos de ustedes y cierto placer embriagador y de mal gusto en la rajada de nuestro entorno y por otro lado, pues ahí les doy el sentido axiomático y positivo, como dijo aquel marica universal ajusticiado (gran Wilde), solo hay una cosa en el mundo peor que estar en boca de los demás, y es no estar en boca de nadie.
Pues y con esas, sin que sirva de referencia y como dijo aquella folclórica vengativa y cleptómana de los cielos de la caspa marbellí (como ven, no puedo evitar el rejón subliminal) hoy quiero confesarles algunos de los motivos por los que no escribo tanto como antaño: en primer lugar, y como a muchos de ustedes les ocurrirá si tienen esa buena mala suerte o viceversa, le debo determinadas ausencias al trabajo, es decir que me tengo que levantar temprano para irme a la Divisa, examinar facturas, dar de alta productos, etiquetar, atender el teléfono, escribir misiles a los bancos que nunca encuentran ni su vida sentimental ni su linea de flotación, pelearme, e incluso a veces ser amable con los proveedores, y la parte más guay, hablar con chicas super interesantes e incluso venderles y hacerles fotos, lo cual es puro esparcimiento y desahogo en mitad de la marejada de las cosas chungas de todos los curros del universo. 
La culpa también la tiene Houbelecq, quizá porque me divierte por encima de hechuras y estilos literarios esa dureza crítica con el arte contemporáneo y toda la frivolidad y la cantidad de soplapollas que lo rodean, aparte de esa angustia vital de sus personajes, y es que no saben ustedes el placer que siento, con El Mapa y el Territorio y la botella de Oporto reserva que me compré hace unos días en Portugal a modo capricho y extravagancia, cual si fuera yo un snob de los licores, que es mi eterna aspiración. 
En paralelo y por diferentes coyunturas, he estado dos fines de semana haciendo esos paseos  de turismo rural en bucólicas casas acomodadas en mitad del pueblo, ambas sin excesivos alardes ni  pretensiones chabacanas en la incesante búsqueda del lujo. El dilema del ocio melancólico es que alguna vez asola cierto sopor y termina uno con su amigo tomándose una lata de cerveza en el cementerio de la aldea tratando de ordenar el mundo; o bien en una taberna oyendo las aventuras y las cornadas de un cazador furtivo, y lo más grave, pensando que aquel montero sigiloso con sus perros y su machete, tiene la válvula exacta de la felicidad, quizá porque ese barniz acuoso de los ojos del cazador farsante no es tan frecuente en las ciudades, ni la generosidad, ni la serenidad que a veces da la incultura. El gran Mateo, y qué vivan los paletos, y como decían los de Séptimo Sello, todos los paletos fuera de Madrid; pues sí, que no se contaminen de la mediocridad capitalina, no vaya a ser que mancillen su identidad y terminen comiendo costillas en el Tony Roma´s y haciendo cola en el Labra pa un cacho bacalao grasiento.
Pues en eso ando, más o menos en lo mismo que ustedes, en esa querencia de buscarnos la identidad que tenemos por norma los que habitamos las grandes ciudades, qué sé yo, entre medias, María, amigos, familia, niños pequeños, afectos repartidos, y toda la supervivencia de nuestras crónicas para evacuarles a ustedes unas palabras caóticas. 
Ahora me voy; me esperan Houbelecq y el Oporto. Disfruten y encuentren su identidad, si acaso tienen de eso. Buenas noches.