Lo confieso: a veces veo Sálvame. Como dije en una ocasión, hay algo que me atrapa de la telemierda, algo al estilo Ignatius Reilly, que despotricaba de aquellos niños que querían ser cantantes, pero no apartaba la vista de aquel engendro grotesco que daban en una tele americana de los años sesenta. Pues parecido. Verán, a eso de las cuatro y cuarto, poco antes de volver al trabajo, me trago quince minutos. Háganlo, comprenderán que son gente honorable (ustedes) , íntegra y pudiera ser que insobornable. Verán, a eso de las doce y media de la noche, cuando vuelven de tomarse unas cañas en esos veladores pesudoneoyorquinos que tienen nuestras plazoletas del siglo XVIII, enciendan la tele, pulsen la tecla número cinco y comprenderán que las maneras de manipular la tragedia pueden dar mucha risa, y verán qué bien se mercantiliza el drama y como se cotiza. Verán, ustedes son íntegros, pero morbosos. Pero les gusta reírse. ¿No? No tengan pudores, veánlo. El formato es de lo más curioso: lo llaman telebasura. ¿Quién no quiere ver a quince imbéciles gritándose, peleando, acosándose y destapando los trapos más sucios de la cochambre? No tiene precio, pura adrenalina. ¿Para qué quieren ver a esos cursis de Dragó y Garci en esas tertulias donde los escritores van a chuparse las pollas? O hacer la gracieta de turno: los escritores no leemos los libros de nuestros colegas, para qué. Malditos intelectuales afrancesados que hablan para que no les entienda nadie, estupendos y trascendentales. Venga ya hombre, a tomar por culo, si Hemingway regresara sacaría una recortada en medio del plató. Seguro que le interesaba más la tragicomedia humana mercantilizada, que es como llamamos los juntaletras de chichinabo al Sálvame. Queremos carne, déjame ya de culturita y pose franco-erudita. Déjame ver como despiezan a ese pelele de Víctor Sandoval, un gay muy maricona mala que tuvo una ruptura de ésas que son como un maremoto de odio, de te parto la vida y te hundo, perra. Déjame ver como la princesa del pueblo ríe con esa malicia de carabanchelera retorcida, en el sentido estético y capital, que despelleje al Jesulín y la Campa. ¿Me entiendes? Vale. Dame la carnaza de Jimmy llamando cornudo a Pipi, y llegando a las manos, al cuello, quiero decir. Qué avances. De los folletines de Dumas a la parodia de los monstruos. Dónde va a parar. Bueno, yo solo quería decirles que se aparten de esta heroína del esperpento, y que lean a Fitzgerald, y a Fernando Vallejo, y a Bolaño, y a Zweig, y a John Fante, y que traten de ponerse estupendos viendo las tertulias de los escritores libándose unos a otros. Yo me estoy quitando del caballo. Juro que ayer solo duré tres minutos con el enano Vázquez y la maruja Rosa Benito. Avances.
[Gatsby] wanted to recover something, some idea of himself perhaps, that had gone into loving Daisy. His life had been confused and disordered since then, but if he could once return to a certain starting place and go over it all slowly, he could find out what that thing was.
sábado, 10 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
La Luz del Túnel.-
Yo nunca he visto la luz al final de túnel de los moribundos, principalmente porque no se me ha presentado el trance, ni se me ha pasado la vida en cortometraje flash-back, en los previos del tránsito a la morgue, es decir ver a mamá sacando fuerzas en el parto vaginal espontáneo que me trajo a la vida, ver a mamá peinándome y secándome el pelo con vehemencia, ver a papá nadando en aquel mar de aquella playa del sur, ver a César hablando con la c porque vivimos una temporada en Andalucía, ver a Julio coleccionando las monedas que nos traía nuestro tío reportero de Informe Semanal de sus viajes por el mundo, y ver a María en aquella gélida Salamanca del 2000, cuando nos lo bebimos todo, se nos hizo de día y una tragedia consumada se deslizó hacia un amor efervescente. Pues eso, capítulos de la retina de toda una vida. No, no he visto los ciclos de toda una existencia en los precedentes de la muerte, pero pienso cada día de mi mísera y decente supervivencia en la posibilidad de que un día me vaya a buscar las tablas de por vida, y apaga y vámonos. Y que hay formas de muerte, donde no se ve un carajo, ni antes, ni después. Y que hay formas fortuitas de salvar la vida. No sé si me entienden. Imaginen que caminan por San Bernardo con una caja de pastas y una botella de vino, y se cruzan con un comercial del Círculo de Lectores, con esa pose tan detestable, y tan llena de plástico, y aprovechan un par de segundos para mandarles al carajo con una negativa psicopática. Acto seguido, pierden cinco segundos en tratar de reconocer un culo bamboleante y una melena de exuberante negrura. Parada en seco, y retroceso a aquellos andares y a aquel culo nervioso, para dar cuenta del error. No era esa antigua novia. De pronto, en la confluencia de Alberto Aguilera, unos siete segundos más tarde, un Opel Astra tuneado hasta las trancas se arrastra por Madrid como un bólido grosero mamado de gasolina y cubatas, y se pasa por el forro del carburador el muñeco verde. Derriba mortalmente a un peatón. No creo que viera más allá del pánico, y la luz del túnel, pero turbia y siniestra. En fin, a veces siete segundos bastan para beberse el vino y comerse las pastas, y el túnel se puede ver cada día, incluido el destello de toda una vida, al contraluz de una copa, por ejemplo.
martes, 6 de septiembre de 2011
La Conjura de los Necios.-
Hablar de los muertos siempre ha estado de moda y esa evidencia o axioma de alzarlos a la gloria, una vez expuesto el fiambre ha sido una constante de los tiempos, más o menos desde que Salgari se hiciera un harakiri hasta que Sylvia Plath metiera la cabeza en el horno. Y empezamos a fabricar el mito. Si hablamos de John Kennedy Toole, más de lo mismo, salvo que ni el autor tuvo recorrido novelístico , ni era un niñato pretencioso buscando dolor y cierta reputación post-mortem, en la medida que tuviera una mínima similitud con Ignatius Reilly. Y claro que la tenía. La Conjura de los Necios es una novela cojonuda, curioso que sea una novela de humor, y a veces de carcajada bruta. Y que a la vez sea tan, tan triste. Y a veces de tristeza bestial. A priori, uno no se mata, después de tanta hilaridad, pero en fin, lo dicho, paralelos de mandíbula batiente y lágrimas de puta vida. Pues eso, premio Pulitzer, novela del año en Francia, y un autor que no se coscó y buscó las tablas huérfano de reconocimiento. Aquella Nueva Orleans de los negros, del jazz, de las camareras y la pérfida y la honorable gente a la par que desgraciada, entre decadente, patética, y permítanme la cursilería, amorosa. Aquella plantación de vanidades y petulancias en la vida que uno quiera inventarse. Reilly es el típico hombre que oye voces disonantes a sus anchas espaldas, ese tipo con cara de culpable de degollar corderitas para la carnicería, aquél con hedor en el aliento y aspecto desaliñado, el señalado que esconde en el abandono una inteligencia suprema, redentor del repugnante mundo que tanto detesta y comerciante de la miseria humana, una especie de Dante sufriendo con la complicidad del sarcasmo el infierno de la vida en una ciudad norteamericana que parece mediterránea. Aquellas tinieblas, ese abismo del contestatario, perfectamente apto para la infelicidad, por otra parte, tremendo ocurrente y sagaz, términos tan ligados al conocimiento de la dura realidad. De la tristeza. Ese cristal demasiado lúcido. Más drama que tragedia, congéneres ganas de reír y llorar, desternillante en el primer caso, de puta pena en el segundo. Una novela envolvente del propio drama de Toole, asfixiado en Missisipi con el tubo de escape de su coche. Y adivinar a Ignatius es penetrar en su autor, conocer sin más, y con letras versales el cosmos de la tragicomedia humana. No desvelo trama argumental, solo expongo una palabra: esencial.

viernes, 2 de septiembre de 2011
Septiembre.-
Septiembre es un mes raro. Pero no es una rareza bonita, sino más bien una extravagancia grosera. Un mes borde, malcarado y justiciero, porque ahí va el número nueve, a ajustarte las cuentas, una vez has terminado esa gran farra con el ocho. Septiembre tiene brisas , calores moderados, noches suaves, gente morena, y podría estar bien, podría ser un mes con cierto gancho si Agosto no fuera tan golfo, pero tiene una resaca tremenda, de treinta días, nada menos. De la mala. No es que me cueste en exceso la transición del estado vacacional al retorno al trabajo. No, no especialmente, el miedo está arraigado como consecuencia de la bacanal de su precedente. Si Agosto produjera otras cosas diferentes a paellas, gin-tonics, cervezas, pastillas de colores, chiringuitos, vuelos baratos y ferias de pueblo, no sería tan grave el problema, y hasta podríamos vivir un septembre chaud, pero es tan árido y estéril, que el regreso tras la parranda y el parón, es una tremenda putada de noches en vela y gente en pelotas, metafóricamente hablando. Y llegan huracanes, y niños tristes, y una liga de dos colosos engreídos frente a dieciocho equipos de fútbol, y campaña electoral. Vaya panorama. Aquello de http://janpath-broadway.blogspot.com/2011/05/la-gran-resaca.html. Me pregunto que sería en septiembre de Chanquete y el abuelo de la Casa Tarradellas. Seguro que ellos sí se lo gozarían.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Suave es la Noche.-

Le había visto antes vagando por la calle Hortaleza, por Fuencarral, envuelto en harapos, con barba sucia de tres o cuatro semanas y fumando a la manera burguesa de placer e indolencia, quizás como el más guapo y bien plantao de la indigencia madrileña. Tenía esos ojos verdes fulgurosos de los antiguos oligarcas y cierto flirteo con el mundo en los andares de esa bohemia de antes. De antes de que la palmara Fitzgerald, quiero decir, porque a mí me recordó a aquel novelista que deslizó su languidez entre el jazz y la ginebra, o que se había parecido a él en cierto momento de su vida, cuando tomó una ducha, se enjabonó y bebió unos licores oyendo los acordes de King Oliver. Se habría bebido hasta el agua de los floreros. Tenía ese aire culto y de haber sido más guapo que un adonis, igual que Fitzgerald. Pero iba hecho una piltrafa. Un andrajoso con categoría. No me pidió limosna al estilo cualquier cosa me vale y no tengo donde caerme muerto. Me pidió diez euros y dijo que se alegraba de verme, porque habíamos coincidido otra vez en el Lateral de Fuencarral. Le di un euro y unas monedas sueltas, y le dije que se cuidara. Curiosamente no era un mendigo molesto, uno se dignaba a escucharle sin esfuerzo.( Lo digo porque en cierta ocasión un mendigo me tiró cincuenta céntimos en monedas de cinco a la cara; no era bueno el botín). Pero mi amigo indigente tenía mucha más clase que cualquier director de la Caixa en un BMW y que cualquier homeless malcarado. Luego, al cabo de un tiempo, le vi hablando con la cristalera del Areia en la calle Hortaleza. Iba muy pasado, pero hablaba con una nitidez de catedrático. Cosas de sociedad, gente, burocracia y talento. Hacía calor, no obstante llevaba abrigo y una lata de San Miguel para aseverar a esa especie de tragaluz que cobijaba el Areia. Drogado, borracho, loco, pero seguía siendo el seductor de los jirones. Tenía una voz envolvente, muy estéreo y tremendamente cristalina. No creo que me conociera, ni yo hice por identificarme. Le dejé con su canción, y su demencia. Justo le volví a ver, hará cosa de un año, en la puerta del local Divisa de Hortaleza 102, donde me encuentro ahora mismo, tal día como hoy a estas horas, las siete de la tarde. Iba hecho un pincel: barba perfectamente arreglada de una semana, pelo limpio y peinado con raya a la derecha, y ese look al estilo marinero borbónico de pantalón de color y polo deportivo. No tardé en identificarle. Un Fitzgerald de unos cuarenta años. Estaba radiante, y me soltó un rollo de regatas, veleros y un campeonato de España, que no me disgusta con cierta dosis, pero me aburría un poco. Solo hablaba él. Seguía loco, un poco tarado, seguro. Juraría que me cargó ese empalago de vagabundo reconvertido a pijo naútico. Un brazo de mar. Aquel día no me pidió dinero, en todo caso, más bien parecía que venía a darme pasta a mí o a hablarme de un negocio fardón. En invierno estaba igual que antes, vagando por la plaza de Chueca, en plan loco, el dandi de la indigencia. Eso sí, sin vino de cartón, con su botellita de Rioja. Me pregunto de qué va la película, y me acuerdo de Tender is the Night, aquella novela de Fitzgerald, que era la historia de su propia tragedia. Porque la vida se mueve más que el carrusel de un hamster.
lunes, 22 de agosto de 2011
La Proa y la Cala.-
Todo el mundo sabe que es mucho mejor fondear en una cala espectacular que atracar en un puerto marítimo, que viene a ser una especie de water flotante lleno de peces comemierda. Primero me zambullía en el mediterráneo, para ir rescatando la vida y matar la modorra del amanecer. Bueno, quizás también aprovechaba para mear. Desayunaba café con leche, tostadas y zumo de naranja, hacía mi inmersión y me dedicaba a no pensar en nada y buscar alguna reliquia de los mares: quiero decir que hago snorkel, o buceo libre, o como coño lo quieran llamar, digamos, submarinismo a lo cutre, unas aletas, unas gafas, un tubo, y un colega con ganas de relajarse en esa especie de quietud radiante que es la suspensión bajo el mar. No vi mucho, pero tampoco pienso que sean los mares, océanos desérticos: muchos sargos, bastantes agujas, tres rayas, unos cuantos lenguados camuflados en las arenas y peces de colores chillones, azul eléctrico y verde fosforito. Más o menos lo mismo, día tras otro. Molaba bastante, pero busqué morenas y pulpos entre las cuevas y había bastante terreno despejado de fauna. Curiosamente la tierra está plagada de murénidos y cefalópodos. En el mar, la tendencia es el olvido, una especie de amnesia de la mierda que nos invade. Luego navegábamos a vela. Es cierto que un catamarán no se escora tanto como un velero monocasco, pero también tenía sus inclinaciones, bifurcadas por el viento y las olas, acojonante para el que suscribe, que se confiesa suicida de la proa. Pues eso, hacer algo para poner proa al viento, izar la mayor, tomar los rizos, y aferrarme a las barras que sujetan el soporte de la vela génova, que viene a ser el límite de la proa, el lugar donde te calas absolutamente, se sienten los golpes y los saltos del barco y las olas te bañan con loores de filones orgásmicos. No sé, debe ser algo en paralelo al cielo ese del que hablan los papistas de Madrid. El edén, la bóveda celeste inmersa en un tajamar de catamarán. Ganarse la proa para la vida eterna.
Todo el mundo sabe que la vida se parece más a un puerto marítimo que a un ensenada natural, y que viajamos en popa, amigos, en la tierra, no nos queda otra que la popa. La marejada burocrática que sacude nuestra posición en proa nos arrastra a esa bovedilla que es la patria. ¡¡Que paren la tierra, yo me bajo!! Pues eso, en el mar, al menos, en condición amateur, uno puede decidir que quiere proa y cala.
lunes, 1 de agosto de 2011
De Putas.-
Pues que les voy a decir, tampoco me parece una tragedia lo de ser puta, en sentido generalizado. Como tampoco sería un dramón ser peón de la construcción, salvo que la explotación radique en una aldea china fronteriza con Mongolia, o en la misma Somalia. Otra cosa serían las mafias, las niñas, la explotación y un puñado de esclavas sexuales trabajando por un puñadito de dólares. A mí la calle Montera me da mucha grima. Las putas son más tristes que guapas, se gastan una innecesaria crueldad entre ellas mismas y se exhiben como escaparates de carne mustia y miseria real. Algunas son casi viejas, otras son casi niñas, y ninguna parece disfrutar vendiéndose. Creo que sienten el acecho, ese espionaje proxeneta que es cualquier fulano saliendo de las salas de ludopatía de aquel entorno de puterío cutre. En contraposición a la hipótesis de que ser puta callejera es una tremenda putada, mi teoría es que ser puta de lujo, o profesional, o prostituta de high standing, puede estar bastante bien. Que si una se quiere hacer jamón de bellota y cobrarlo bien, que lo cobre. Y el Ménage à trois a precio de bogavante gallego, claro está. Me parece bien. Por tanto, no es tanto la prostitución en sentido dramático, sino que habría que buscar la tragedia en las condiciones del ejercicio, derivadas del flujo migratorio del Este de Europa o de las más míseras de las Áfricas existentes.
Hasta cierto momento de la vida, la prostitución tuvo su dignidad, y su prestigio, cómo iba a carecer de reputación el oficio más arcaico de todos los tiempos, si hasta las pinturas rupestres nos han dado los vestigios de la existencia de putas en la prehistoria. Luego llegó San Jerónimo, y empezó con ese cuento inmoral e impúdico de que las prostitutas se entregaban al vicio de los pecadores de la carne. Y San Pablo, y todo se fue desviando a la depravación y la lujuria como trenes de alta velocidad con destino al Infierno. Aparecen las tinieblas y las llamaradas y las putas empiezan a ser malas. A la hoguera.
Pero han tenido y tienen su destino social. Mucho necesitado y mucho vicioso, y mucha felicidad artificial pagada. Y mucho que aguantar, claro, esa es otra, desdentados, cocainómanos, borrachos, niñatos llorones. Ser puta tiene su precio, claro que sí. Pues eso, a pasar por caja, y a mirar un poco a Holanda, para regular, y hacer limpieza, no necesariamente de putas, sino de proxenetas y malparidos. Me parece.
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