Jesucristo, el sentido más exaltado y ferviente del hijo de Dios, ha sido un proyecto vehemente de los más ricos del planeta y de los más pobres de los diferentes culos del mundo, entendiendo que el ano planetario puede estar en Nueva York y en Mogadiscio. Jesucristo es Berlusconi y un miserable pescador del océano índico, primera opción para salvar el infierno y segunda para buscar un sitio más amable que el cuerno de África, y porqué no, evitar el abismo de Belcebú, aunque hayas vivido muchos años las tinieblas de Somalia. Lo cual, manda huevos, también. Ahora quieren planificarlo sobre la comunidad homosexual o simplemente hacer un homenaje a aquel karateka disfrazado de actor, llamado Chuck Norris. La última proyección artística de Jesús de Nazaret nos desorienta entre un boxeador gay y un Norris con cuarenta años menos, contracultural y hippy, que va de líder, es guapo y está bueno como un adonis. O entre Sandokan, Kurt Cobain y un Luis Mariñas treintañero. Está cuadrado y es líder, en definitiva esas son las premisas del artista Stephen Sawyer. Un gran Jesús en el mundo de la apariencia universal, que se haga atractivo a los corruptos jóvenes que abarcan el mundo y no pisan una iglesia ni a tiros. Un carpintero cool, que fabrica armarios de salida, un acróbata de circo, para atrapar sensibilidades, me parece. Y es legítimo, claro.