miércoles, 10 de abril de 2013

Alicia, la Funeraria (20).-



Tomamos un autobús al azar, el H12 y aparecemos en el área de Stanmore. No veo españoles haciendo fotos como japoneses, insaciables de la imagen digital, ni siquiera paseando el Londres periférico con la camiseta del Madrid, una mochila y una indolente botella de agua inglesa. Los veo lavando platos en el pub Crazy Horse, repartiendo flyers por la calle y preparando las mesas de cualquier restaurante hindú. Son chicos modernos, leñadores, indies de Malasaña; barbas pobladas y cabellos reposados en los cuatro dedos de frente. Eso lo inventaron los Beatles, que no me cuenten que viene del capullo de Justin Bieber, anuncia Matusalén. Hablamos con un par, Jorge y Juan; comen basura, pasan frío, trabajan bastante, beben las pintas de cerveza en oferta, normalmente John Smiths y se lo pasan bien. Hablan inglés de una manera terrible, añoran la plaza del Dos de Mayo y detestan el sistema burocrático español. Estos chavales están verdes; bastante, pero tienen que estar verdes; no deja de ser entrañable la bisoñez de los veinte años; la vida acaba como el culo decía Matusalén Santander; viene a decir que la tragedia es el futuro, semejante capullo. En fin, viva la juventud, pero la  de las primeras primaveras, claro. 
Tomamos unas pintas de London Pride  y hablamos de los españoles hablando inglés. No me jodas con las raíces latinas; en eso estamos de acuerdo. Aunque dado el caso hablaríamos bien el francés y el italiano, y ni una cosa ni otra. La tele, claro, las pelis dobladas. La culpa la tiene la censura, llegó el títere aquel de voz aflautada, Paco Franco y a doblar los filmes anglosajones para fustigar la realidad . No somos un país guay, intelectual, cool, no somos V.O. Fútbol y Telecinco, el circo. Jorge, uno de los modernos, nos habla del cole. No le falta razón. Matusalén se la da golpeando el vaso en la madera de la barra; no acostumbro a verle tan legionario. El inglés no es una lengua muerta aunque algún arcaico docente se haya empeñado en enseñarlo como si fuera latín; pura gramática, poca conversación. Chaval, vale, pero es el chauvinismo, es decir que si fuimos un imperio, que si  nuestra lengua es la tercera más hablada en el mundo; y todo eso de que en España se vive de miedo, el sol y la cervecita. Qué pesaos.
Nos hemos separado por unas horas. Matusalén emprende camino disfrazado de Serpico, es decir un tipo con barba de un mes y gafas oscuras parecido a Jesucristo cool y camina como si fuera emisario de la venganza para el ajuste de cuentas; es una decisión que parece encaminada a reventarte la cara y pasa de largo cuando el tipo de enfrente se aparta a un lado de la acera, porque tiene dueño. Algún día le diré que no tiene ninguna clase andando, que va de Serpico pero puede parecer un chuloputas. Quiere ir a Portobello a buscarle las vueltas a los dealers del anticuario e intentar agenciarse un reloj de bolsillo con caja de plata labrada en motivos de caza. A veces no le entiendo esas mariconadas, pero se pone muy serio, y se va a por su tesoro bien decidido; dice que no me preocupe de él, así de primeras, que me vendría bien follarme a Alicia.
Alicia es una antigua amiga; trabaja en una funeraria de Londres, y sé que es demasiado guapa y tiene demasiadas curvas como para trabajar en una funeraria de Lambeth Walk, aunque también Emma Penella era demasiada bonita para ser la mujer del verdugo. La funeraria se llama See You Later y factura unos veinticinco muertos a la semana. Me apetece que Alicia no sea la que acomoda los cadáveres en las cajas ni la maquilladora de pompas fúnebres, o qué carajo, de muertos, y no lo es. Alicia está sentada frente a una mesa de cristal en un despacho de luz mortecina rodeada de coronas de flores y tres o cuatro modelos de cajas para hablar con las familiares del colega exánime, y ofrecerles un café, una burocrática condolencia y un catálogo de artefactos funerarios; y claro , sabe mucho de muerte, al menos de tramitar los tránsitos del See You Later, y eso viene a ser un aprendizaje sobre la muerte. Alicia no vende una jodida tarjeta de teléfono a los pakistaníes, no es una autómata del Burger King, ni una depedienta cool de Urban Outfitters; Alicia trabaja con la muerte y se toma sonriente a las seís de la tarde media pinta de rubia suave Pilsen en el pub Dirty Dick´s porque ella es muy señorita.
Llevo dos años sin verla y le brillan los ojos como si hubiera encontrado la satisfacción gracias a la muerte; les quiero decir como si se sintiera bien valorada en el trabajo  y hubiera cierto triunfo en la aventura de irse a buscar el futuro fuera de las fronteras autóctonas, y se mueve con evidente seguridad y gesticula como una ambiciosa financiera de treinta y dos años aunque vaya disfrazada de indie, una especie de campesina de Normandía agilizando funerales. En un momento determinado cuando me pido mi segunda John Smiths se me desata la mecánica física y me está devorando la difícil coyuntura de mirarla de frente. Tiene el pelo largo, de rizo grueso, es morena y no tiene rasgos espectacularmente bonitos en independencia pero en el colectivo a mí me está pareciendo una obra de gran estética; quizá la barbilla de hoyuelo y los ojos achinados desentonan con la nariz ligeramente aguileña pero nadie dijo que a mi me gustara Barbie o la novia de Cristiano Ronaldo. Sus curvas son indiscutibles. No quisiera tener la erección poética de contarles que adoro la imperfección, aunque por ahí hayan ido mis disparos en la vida nocturna.
De buena gana me fumaría un cigarro y dejaría que me contara la historia del Dirty Dick´s; de buena gana me iría con ella a cenar en un japonés y a bailar Down Here on The Ground. Mientras, ella dice que me ve bien, y yo le comento que vengo de los tres peores años de mi vida y que también se algo de funerarias, pero no ha lugar para ahondar en la tragedia sino para estimar el futuro. Alzo la voz y me pongo estupendo. Dar pena es condenarse, eso lo saben aquí y en Uzbequistan.
Salimos a la calle. Los azules plomizos del cielo de Londres languidecen y tenemos una atmósfera despejada de brumas. En unos instantes de inocencia percibo el cielo radiante como un prodigio para que Alicia brille más; siento los las pautas irregulares de su respiración. Unas japonesas le preguntan por Old Spitalfields Market y me mola excesivamente la suavidad del acento y la musicalidad.
A continuación ella me va contando, por Liverpool Street. Había en Londres un ferretero, de nombre Nathaniel Bentley, con un comercio en Leadenhall, y de repente un buen día la tragedia vino a exhibirse; su prometida murió extraordinariamente la noche previa a la boda, y Bentley quedó de por vida en el refugio de una enorme desgracia, y se convirtió en un hombre muy triste con la equidistancia de ser también un hombre sucio y descuidado. Dejaba morir a los gatos y dejaba que la acumulación de la mierda y los enseres le fueran matando, pero consecuencia de cierta extravagancia británica el negoció prosperó en mitad del caos y las coordenadas de Diógenes. Un hombre rico, indigente, sucio, gatos muertos, mugre y ganancias.  Muere el viejo, y aparece el propietario de la taberna Old Port Wine, previsor del pump business; compra las chapuzas de Nathaniel, los aceros oxidados, los gatos muertos; clasifica la mierda, la ordena, decora con los fiambres de los mamíferos y nace para el mundo el pub Dirty Dick´s, perfectamente adornado con los escombros de la desgracia.
Fingo interés por la historia, y lo tengo pero a medias, y agradezco que no me haya dado una tutoría de afectación dickensiana; y camino a su lado rápido porque vamos a descorchar en su apartamento de Adgate East una botella de La Vicalanda que agarra mi mano sin envoltorio al estilo de los jovenes modernos franceses cuando van a cenar con amigos los viernes por la noche. Me gusta cuando me sujeta al cruzar los pasos de cebra y me agarra con vehemencia afectiva y dice: ten cuidado, está rojo. Alicia vive en un apartamento de unos cuarenta metros cuadrados; tiene moqueta, muebles modernos de color gris hielo, fríos como Escandinavia, luz natural en toda la sala y su habitación, vigas de madera vistas, y fotos de tres cuartos de su vida en marcos fosoforescentes del IKEA. En Tarifa fumando un porro, en Malasaña bebiendo una cerveza en el suelo de la Plaza de San Ildefonso, con papá y mamá en Barcelona, saltando en Trafalgar Square delante de los leones, con decenas de niños pequeños en piscinas y playas; incluso logro reconocerme  la Vía Láctea cogiendo a Alicia en brazos como si aquello fuera Le Chat Noir y fuéramos gente muy feliz y apasionada de la época dorada del cabaret; reímos con una transparencia acojonante y hay gente alrededor de nosotros que habla distendida y bebe brumosa en la parte derecha de la fotografía. Buenos tiempos, dice Alicia. That´s right, le digo, y ahora tú organizando entierros en Londres; 
creo que te habrías superado siendo conductora de coches fúnebres o enterradora, nunca lo habría pensado de aquella camarera de la Vía Láctea, seguro que eres la tramitadora de muerte más guapa de toda la ciudad, no doubt. Le damos calidez a la mesa acristalada de granizo y vanguardia con una tabla de quesos, mortadela siciliana y la correspondiente botella de vino con un par de copas. El hecho será inevitable; yo no sé la periodicidad sexual de Alicia en Londres, esporádica, intermitente, si folla de continuo, mensual o semanal pero sé perfectamente que ella hoy no está haciendo amagos y yo me estoy desabrochando la camisa y empiezo a acariciar su espalda suave, lampiña, satinada de cobre y lunares, y ella me atrae hacia un sofá de la escarcha de Islandia; mi cuerpo globalilza la sensibilidad y me sosiega ver que sus pezones están erizados y la tengo encima, agitado por el escalofrío; me jadea que haga círculos y no inicie con intensidad, y nos convertimos en un animal de ocho extremidades y dos cabezas enredado caóticamente  en un sofá islandés de tres plazas. No les daré muchos más detalles porque escribir entre poesía y pornografía igual no es lo mío; a continuación nos hemos quedado dormidos entrelazados por espacio de media hora. Ha vuelto el azul más tenebloso de Londres, aparto como puedo el brazo con la mayor levedad posible de su torso húmedo y prendo una lámpara de una mesilla de noche, también súper nóridica, de acero y cristal, posiblemente la más fría sobre la faz de la tierra. Miro mi reloj, no me preocupo por Matusalén; me pregunto que pensara Alicia cuando despierte y nos aborde a los dos el silencio de una ciudad callada y sigilosa bajo nuestras ventanas abiertas. 


miércoles, 3 de abril de 2013

London Calling (19).-



Es julio de 2013 y Matusalén Santander y yo tomamos un café asqueroso frente a un camarero calvo y triste que nos coloca abúlico y frívolo un vaso de plástico con un aguachirri de cafeína y agua caliente. Uno ochenta viene a valer esta basura diarreica, que también es apática, insensible y trágica en el universo de los cafés.  Encontrar esta mierda en el centro de Madrid debe ser complicado pero estamos en la terminal dos del aeropuerto y nos vamos a Londres. Claro que eso es un pretexto para la felicidad,  un motivo manifiesto para sonreír, y qué carajo, reímos, sin estruendo pero lo hacemos, sutilmente, como Robert de Niro cuando era el cura de Sleepers, y nos pimplamos ese café como si fuera un colombiano en el Ritz. Por puro descuido electrónico vamos en asientos separados. Mejor. 

Mi compañero súbito no se si es un negro de los que venden la Farola o es un negro millonario que vende y fabrica dinero. Ocurre cuando un negro estilo zulú de Sudáfrica se pone una sudadera y un pantalón de chandal; o el glamour se fue de vacaciones o le está esperando in a lovely corner of Chelsea. Es verdad que huele a Prada o a un perfume extremadamente caro y es verdad que ha sacado el Financial Times de la funda de un Mac y no ha visto La Farola en toda su existencia entre KwaZulu y Londres, pero tardo tres minutos en darme cuenta.  
El avión parece un Audi gigante, maravilloso cuando rueda; incluso me motivaría bastante el hecho de que el viaje fuera en linea recta a 800 kilómetros por hora en una pista que atravesara Francia, y un nuevo eurotunel para aviones en el canal de la Mancha; pero están hechos para despegar, y no me cago de miedo pero no es mi hobby sobrevolar los cielos en un Airbus 340 con 15.000 kilos de carne humana.
El baile de las maletas es como una danza de muertos, y reconocer el cadáver resucitado de la tuya es una de las experiencias más bonitas de todas nuestras andanzas con las cosas materiales. Nuestras maletas se demoran, tardan nuestras chicas, esos retazos de vida utilitaria y tangible, y por unos instantes me avergüenzo de mí mismo, es decir que me veo como el típico gilipollas suspicaz, ávido de encontrar el mejor sitio en el autobús, en la cola del embarque, en el vagón del metro, y estoy en la boca de entrada de las maletas como un paleto de Trebujena a la expectativa de una salida airosa a la cinta. Hola querida; te adoro; es una Samsonite Azul que me regaló mamá, con ruedas y de plástico policarbonado. Te tomo con mucha ilusión, o como si me entregaran a mi hermana muerta para darle buen reposo. Es bonito recuperar una maleta. Me despego del tipo ansioso. Buscamos toda la señalización underground en el aeropuerto de Heathrow
Nos hemos alquilado un apartamento en Harrow Weald por 1.200 libras la semana. Conozco este área de mi primera época universitaria, cuando me dediqué a cuidar a cuatro mocosos paquistaníes y aguantar a una madre neurótica. Fruit Only For The Boys, me dejó escrito en la pizarra de la cocina. Supongo que robé una manzana y un plátano y se decidió a escribir esa tosca humillación, porque hay que tener muy, muy poca clase para escribir en una cocina a tiza fosforescente Fruit Only For The Boys. Un poco  de cariño, joder, estoy en tu puta casa de cartón y moqueta aguantando a los delincuentes de tus hijos, trabajando para unos paletos y sabiendo que nunca, jamás, nunca, jamás, nunca, he comido ni volveré a comer esa basura que me dabais de cena a las seis y media de la tarde. Aunque tú no distinguirías fabes de beans, porqué coméis tan mal. 
La zona es muy verde; hay parques, ardillas y bucólicos cementerios de mármol y musgo; y tiene una magnífica comunicación con Baker Street. Nos entrega las llaves del apartamento un hindú con la camiseta del Arsenal. Dinero, fútbol, prisas, es su conversación de diez segundos. Le damos la pasta y nos acomodamos. Miro por la ventana de mi habitación  y me viene una de esas ridículas afectaciones acerca de que la vida es bella; la vida es maravillosa con un tercio de Heinekeen, viendo a las criaturas británicas jugar en el parque con una pelota y las ardillas comiendo cacahuetes. Quizá en otro lugar que llaman África hay otros niños muriéndose de hambre, escuálidos y con moscas en la boca, pero eso nos pilla a contrasentido, muy lejos; son incongruencias a nuestras vidas europeas; lo que realmente nos molesta es que los hombres maten a sus mujeres y que un psicópata nazi se de un festín de muerte y sangre en Noruega. Esos son nuestros problemas, y el puto paro, y los desahucios, no unos negritos sin infancia.
Entonces es el momento en el que Matusalén Santander se quita su cazadora negra de motero y me dice algo parecido a: mira tío, la realidad es una cosa muy rara, y nadie merece sufrir pero todos lo acaban haciendo porque la vida acaba como el culo; ah, y otra cosa, la miseria viene de la riqueza, son coordenadas, coño. 
Frivolity Calling; empezamos. 





lunes, 25 de marzo de 2013

La Chica de Ayer.-


Hace tiempo que las canciones no me provocan para que me recuerden algo y en cualquier caso canciones que me provocaban emociones cuando me vienen de repente me producen bastante desafecto. Por ejemplo, Cadillac Solitario. Ni la rubia del asiento de atrás, ni yo aquí borracho bajo las palmeras luce solitario. No es manía, pero casi, al carajo Loquillo. Ahora estoy muy pro-Extremoduro; no es que me conmuevan o me arrebaten ciertas pasiones, pero la verdad, no me molestan nada, molan. Stand By, La Vereda de la Puerta de Atrás, So Payaso, va a resultar que me gustan esas morrallas de las herrikotabernas y los antros de la alta Extremadura. Luego están las canciones tiernas que han marcado una época; son himnos, son sensibles, las han hecho autores depresivos, drogadictos, y parece que existían incluso antes de nacer de talento, pena y narcótico. Así, de primeras, La Chica de Ayer. Significa poca cosa pero parece que significa mucho, sobretodo veinte años después. No sé si es una utopía, una quimera de una chica bonita mojada por la lluvia de la ciudad, o un polvo de una noche con mucha más transcendencia de la rutinaria. Dan ganas de beber un poco mirando la lluvia repicando en el balcón, y ver que ya llevamos unas cuantas cicatrices bien agarradas a la piel. 
De la mierda presuntuosa, ya hablamos en otra ocasión.
http://janpath-broadway.blogspot.com.es/2011/06/musica-mala-y-trabajos-intimistas.html


viernes, 8 de marzo de 2013

Diálogos de Madrugada. María Vs Javier.-




Tengo que alimentar mi ego. Me ha costado convencer a María dos copas y dos arrumacos. Las preguntas las he impuesto yo. También la censura. Buenas tardes querido público.
- ¿Vas a ser sincero? Sabes que tengo muchos defectos, pero también sabes que la sinceridad me aborda desde la cabeza hasta los vasos sanguíneos de los pies.
- Vas de escritorcillo por la vida...¿No? No es eso, principalmente es que no tengo playstation, no soy tan espiritual para hacer yoga o pilates, no pertenezco a ninguna asociación de montaña, no canto en el coro de la iglesia y ni siquiera he aprendido a hablar en tercera persona de mí, y mi terapia para expulsar demonios es intentar hacer literatura, aunque no siempre lo consiga, claro, algunas veces hago churros y las menos me sale una tortilla francesa bien cuajadita, pero siempre tengo contradicción de valoraciones entre lo que le gusta a mi exiguo público y lo que me ha molado a mí. El público no tiene ni puta idea, por norma general, je.
- ¿Porqué eres tan idiota por las mañanas? Sabes que necesito un café para ser medianamente simpático y luego si me das un beso y has hecho un bizcocho de ésos de limón me resultas una persona definitivamente adorable. Lo que hace un bizcocho y un beso, eh... Luego sales por la puerta y los bancos y los proveedores te empiezan a joder la vida, nena.
- Cambiando el tercio... ¿Escritores favoritos? Jorge Javier Vázquez maneja fantásticamente la prosa de la homosexualidad y los bloques... No, en serio, me resulta un tío extremadamente patético, me gustan los barrocos conservadores como Antonio Burgos y Ussía... Tampoco, vaya chuflas...Qué va malditos folletines, ahora te digo... Antonio Orejudo, Benítez Reyes, Bolaño, David Torres me molan bastante, en poesía Estelle Talavera es una bocanada de aire fresco, una bofetada a los estímulos dormidos, vaya erección poética, joder, los disfruto a tope... De súper clásicos, los señores Fitzgerald y Stevenson, me lo sé todito, todo de estos dos colegas.
- ¿Te gustan nuestros amigos? Mmmm,  pregunta difícil, más bien porque igual leen esto en algún momento de sus monótonas vidas. Lo hemos hablado mil veces María, sabes que nos necesitan porque somos el alma de la fiesta y les rompemos los cánones de su absurda perfección, y eso es una verdad como un templo. No lo sé muy bien, normalmente me suelen dar pena aunque he de confesar que también en alguna ocasión les he tenido envidia porque los pijos rancios van a esquiar y comen en buenos restaurantes... Bien, sabes que les quiero, pero más por sus defectos que por sus exiguas virtudes, porque lo que ellos consideran excelencias para mí son defectos, y viceversa. Ya, ya sé que no me entienden, Meri...
- ¿Mi familia? Habiendo sufrido otro tipo de familias políticas que mataban corderos gordos en vivo y en directo para hacer calderetas en las comuniones, eran concejales de festejos de algún pueblo y decían mama y papa, cuando nosotros siempre hemos sido de decir papá y mami; tu familia es un bálsamo a ese tipo de mediocridades, los quiero pero principalmente en su versión más cool y moderna. Ver a tu padre el 31 de diciembre es un espectáculo sin precedentes. Parece que quiere emborracharme, nunca le parecen suficientes mis tragos, y no soy abstemio precisamente...Yo también encontré mi lugar en el mundo, en eso me parezco bastante a Simeone
- ¿Porqué pasas tan a menudo de lo banal a la muerte o la inversa?
Sabes que soy un hipocondríaco de la muerte, desde pequeñín... Habría que descongelar el pollo para comer mañana, chiquitina...
- ¿Facebook? Anda que tú, pasar de la muerte al facebook, manda huevos. Facebook está bien, es un buen lugar para que nos chupemos todos un poco las pollas y para hacer el ridículo con los happies. A veces me gusta , a veces me aburre soberanamente, tengo muy buenos amigos en el Facebook con los que no he hablado en mi vida, pero nos queremos, de corazón...
- ¿Porqué eres tan veleta en la política? Prefiero no contestar a ese tipo de monsergas, además me he levantado muy tocado con la muerte de Chávez
- ¿Has conocido el amor? Coño, pareces el Loco de la Colina, se te pone la mirada vidriosa y te pones de una trascendencia que acojona; me sorprende que me lo preguntes tú, princesa con la que llevo casado ocho años y viviendo toda una década. Pues mira, lo conocí con ocho años, se llamaba Topi y me dejó a las tres horas y media de conocerme, quizá porque la utilicé de poste para jugar al fútbol, o fui muy tocón, pero sí es verdad que fuimos novios y ella llevaba un peto muy bonito y tenía el pelo como una Amelie de nueve años, y un lunar súper erótico en la comisura de los labios. Luego estuve sin amor durante unos seis años y a los catorce en una playa de Cádiz conocí a África, mi maestra. Vino una chica por la noche a una bebecoa y me preguntó que si quería rollo, y yo no entendí absolutamente nada, o en fin, lo malinterpreté y empecé a hablar en plan rollo, es decir qué tal colega, qué guay eres, la vida es una pasada y ese tipo de soplapolleces. Cuando me quise dar cuenta tenía su lengua en la campanilla de mi garganta, babeé mucho,  y fue la primera y última vez en mi vida en la que me sentí acosado y tardé media hora en empezar a pasármelo bien. África tenía muchas tablas y era un poco fresca, como decían las señoras entonces; de modo trascendental la conocí poco. A continuación empecé a coleccionar neuróticas y conocí el amor a la manera amarga, y luego apareciste tú, la más buena y bonita de todas, y conocí la estabilidad emocional, joder no pongas la copa encima del i-pad.
P.D. Además de vender ropa y escribir también hago manualidades como la de la foto de arriba. No sabía qué  poner como foto y me encontré esto en internet. Pues ya.

jueves, 7 de marzo de 2013

Un Adorable Hijo de Puta (18).-


Tenía nombre de viejo, y de ron, y apellido de banco;  se llamaba Matusalén Santander y era uno de los hijos de puta más adorables que he conocido en mi vida, aunque durante un tiempo fuera mucho más lo primero que lo segundo; un buen hijo de puta. Era mi vecino de planta en Hortaleza, 72, y tenía una gravedad de voz que resonaba en toda la finca como aullido áspero de caverna, como si él no viniera de la calle sino de un subterráneo, de la cripta de los tipos duros del planeta . Llevaba chaquetas americanas de detectives neoyorquinos de los setenta, pantalones vaqueros ajustados, camisas de leñador y botas de narcotraficante. Bien, un detective o un chuloputas, siempre hablando para adentro y resonando hacia afuera las oraciones que había aprendido en sus treinta y tantos años de egos, tristezas y ciertos triunfos que acaban derivando en desasosiego como toda victoria que se precie. También hacía jooging por las tardes en el Retiro y fumaba marihuana por las noches en el balcón escuchando Sugar Man de Rodríguez. Un tipo así tiene todas las papeletas de ser un cretino, aunque yo siempre he tenido querencia por los imbéciles, sobretodo si son unos adorables hijos de puta. Me gustan bastante; aunque la verdad, Matusalén me despreciaba a veces, por mis fracasos y por toda mi colección de ambiciones truncadas, y yo le subestimaba a él por ser un tirano de la vida moderna y sus anhelos competitivos, obviamente porque llegó un momento en el que llegamos a ser amigos; la misma estirpe generacional de los setenta, inquietudes similares y cretino conoce a cretino. Creo que fue por la tragedia y también por interés; dos buenos hijos de puta en mitad de las simpáticas viejas avaras, el clan de los gays del gym, Sebas el Cojo, Belén, el pequeño Sidi, y que no falten los putos locos de Hortaleza. Eso de la afinidad, las conexiones, está muy bien, entiéndame ustedes. 
Matusalén no trabajaba ni de detective ni de chuloputas, aunque lo pareciera. Era tan guay que se lo había montado de directivo de una empresa de vanguardia relacionada con actividades culturales, nada de financieras ni aseguradoras, para eso vestía como Serpico, para montar exposiciones de fotografía de la vida de los gitanos y el trigésimo homenaje a Camarón.  Y un buen día amaneció Madrid con un día pulido de azules claros y una luz fascinante que arrebataba las tristezas tras las últimas lluvias de marzo; y como la primavera empezaba a enseñar las tetas, nos sentimos livianos de dolor y decidimos irnos a emborrachar juntos.
Los preámbulos de un día así son siempre prometedores y son la efímera victoria de un día que poco a poco nos irá trasladando al fracaso. Tomamos unas cervezas al sol de una esquina de la Cava Baja. En un momento dado una chica guapa que posiblemente sea actriz en paro y dependienta de tienda le mira con una media sonrisa, ciertamente alegre, comprometida con esta mañana laspislázuli, aventurada a conocer a Matusalén, que abre las manos al cielo al modo profeta y  siente la salvaguardia del dolor. Creo que me sentí orgulloso de él, incluso le juzgué como buena carnaza para ligar con las chicas bonitas de La Latina; hablar, flirtear con la chicas en un segundo plano, sin búsquedas alarmistas ni banales acosos y derribos de la noche de Madrid. Cómo señores, coño, le dije en un momento dado, una exposición sin premeditación, manteniendo un estatus, que no somos borrachos salivosos. 
El problema no fue que cuando los azules se fueron apagando hacia la noche nos hubiéramos convertido en borrachos babeantes, sino que nos habíamos transfigurado a borrachos tristes. Al ir a pagar el cuarto Glenfiddich con hielo se le cayó una foto de la cartera. Era un niño precioso, un príncipe de cinco años con los cabellos rubios y los ojos del cielo de la mañana. De entrada supe que era mucho mejor que él, y mucho más inteligente y mucho más feliz.  Y también entendí sus egos y sus razones de hijodeputa; Carlitos se había muerto en una mala hora de una mala mañana en un puto hospital y había sido el hijo de Matusalén Santander. Le había dado tiempo a besar la piel caliente de 40 grados de fiebre y sentir aferradas las manos más suaves y hermosas del mundo, y también a trasladar la cajita blanca como si fuera un bebé de madera. Entonces le callé con un abrazo y un trago de tres dedos de whisky y tuve la certeza de que querría a ese adorable hijo de puta todos los días de mi vida. Parecíamos dos idiotas lúgubres en mitad de la barra del Viajero guillotinando la felicidad del sábado por la noche. Y cuando una gran tragedia arruina el resto de las fatalidades es hora de irse a beber a casa. 




miércoles, 20 de febrero de 2013

Belén y yo (17).-


No me molesta en exceso que Belén tome la copa de vino alzando el dedo meñique con su uña psychedelic azul petróleo de la muerte (que a la par me provoca estímulos voluptuosos), pero sí es verdad que siento cierta dolencia cuando se pone nerviosa y agita continuamente las piernas cruzadas como si tuviera un muelle de los chinos en el talón del pie izquierdo, y cuando mueve el cuello al estilo pájaro en la ribera; aunque ella no sabe que yo soy un amante de la progresión, lo gradual y de esa afectación reposada de quienes nos creemos con unas cuantas millas en la maleta. Ya sé que a veces te miro como el Loco de la Colina y me pongo a indagar entre tu belleza de polígono malagueño, como si quisiera averiguar tus entrañas y también reconozco que tú eres más avezada con los mauritanos, los dealers de Chueca y la gente del after ( la droga y el pluralismo narcótico, la pose de la cocaína y toda esa vanguardia hedonista que tienen muchos drogadictos de fin de semana, el cani-cool, las rayas, las pirulas, el vacío y el puto lunes. Y un Hyundai Coupe). Pero eso ya te lo conté. 
No quiero ser el Loco ni Al Pacino trascendental. A Belén le aburren estas paranoias de la pausa y la reflexión. Ella es feliz con Andy y Lucas, y con Pitingo, unos cubatas de ron con cocacola y voluble y ligera frente a cualquier veinteañero medio musculado, medio drogadicto y medio guapo de cara. Además está su referencia vital, que todo es absoluto y ella no quiere una vida condescendiente o relativa; solo es que ella quiere exprimir las horas libres del pequeño Sidi. Viernes noche, a muerte y tal. No tengo claro que quiera acabar con ella en cualquier garito de Moratalaz escuchando cualquier artefacto musical de la chavalería de la misma Moratalaz. Chunda Chunda y A mi me vuelve loco ,esa forma que tienes tu de mirarme, esa forma que tienes tu de tocarme, esa forma que tienes tu de sentirme, que me mata, quema. No, no quisiera, pero tampoco me viene diáfana la idea de llevar a Belén al Bristol a tomar una copa bien servida y bien cobrada por un auténtico profesional de la coctelería. Mientras, en el Automático somos todos tan guays que vamos a nuestra puta bola y somos mitad bohemios, mitad instigadores del buen rollo; esa dimensión peace and love porritokonkariño, ejtekierounhuevotronko, y los abrazos de gorra que frecuentan Lavapiés. 
Caminamos calle arriba dirección Tirso de Molina. Belén de vez en cuando se me agarra al brazo y me resulta muy reconfortante e inspiradora la escena. En un momento dado me dejo llevar por ese arrebato de cariño sureño y le tomo su cintura, incluso aprieto a mi cani-cool hacía mí y le susurro alguna estupidez al oído, porque no puedo ser el Loco de la Colina todo las horas del día. Justo en el momento que pienso que toda la calle está llena de africanos, y si apareciera por aquí el mauritano Sidi Abdullai igual nos mataba en directo con un cuchillo de ceremonia tribal. No solo lo concibo por espacio de unos treinta segundos sino que lo proyecto visualmente. Otra forma de salir en el telediario de Josep Ribagorda y Pedro Piqueras, quizá la más normal de salir en ese puto telediario, con una manta térmica para cadáveres. Todavía no estoy imputado por corrupción.
Desestimo la vida lúgubre de las neuronas, y en unos diez minutos estoy con Belén en un bar flamenco style de la calle Echegaray. Ay que gustito pa mis orejas enterraito entre tus piernas, y tu me dices ay y yo todavia no te escuchao a tu pregunta ay no te oigo en bien, porque ando sumergido en tu miel ay que bien. Ella me mira simpática y maliciosa. Pido dos gin-tonic de Tanqueray. La vida es cálida cuando la gente todavía no se ha probado en la cama, y las palabras caen cercanas con saliva y aliento. Fuera llueve mucho.  Aunque Humbert lo había avisado: Me pregunto si fue entonces, en el resplandor de aquel verano remoto, cuando empezó a hundirse mi vida.



viernes, 1 de febrero de 2013

Metro de Madrid Vuela (16).-


Voy en el Metro, dirección Lavapiés. Cuando el tren se detiene en un túnel los minutos son la incertidumbre y la ansiedad por llegar al destino. Mientras, una marabunta, tan universal y mundana como la propia Madrid se concentra en unos veintisiete metros cuadrados con la derivada condensación de alientos y sudores, desde Quito a Copenhague, desde Alonso Martínez a Lavapies.
Yo tengo la extraña costumbre de apoyarme en una de las puertas, porque si tomo asiento me doy pena a mí mismo y me da fatiga y tristeza la vida de la gente que tengo delante. Coño, que me deprimo. Me siento a salvo de pié, pero en este momento no puedo mirar a la gente por encima del hombro y juzgar sin dolor sus vidas porque tengo en la cara la melena afro de una negra de la República Dominicana más bien pureta y más bien estropajosa. Y es una sensación de cosquilla desagradable tener acaparado el rostro por unos rizos finos, como de área genital. Créanme, es realmente irritante a no ser que sean ustedes muy fetichistas de este tipo de cosas.  Entonces recuerdo aquella vez en otro vagón cuando una pobre señora con una severa discapacidad mental se puso a gritarme porque la estaba empujando arrojado por mi vecino precedente de tren, y pasé mucha, mucha vergüenza, callado y triste como un cordero degollado. Puto Metro. 
A mi izquierda tengo unos guays del barrio de Salamanca. Ella habla de los cócteles del Ten Con Ten y del servicio del Richelieu. No es rica ancestral, eso lo veo yo en cero coma. Es guapa, ordinaria, tiene mechas en las puntas, una nariz fabricada al estilo Angelina Jolie, una boca perfecta, es decir pequeña y ligeramente carnosa y unos ojos acuosos de alcohólica bien posicionada. En líneas generales está bastante buena. Pienso que a Belén tal vez le gustaría ser como ella. Como una Lomana de treinta y cinco. Él es el doble de Montoro, y con ello queda dicho todo. Desde luego, me queda claro que no folla desde la belleza y el charme. 
Nos movemos cinco centímetros arriba, cinco abajo, y atenúa la tortura el hecho de ser viernes y la circunstancia de que si este cacharro se mueve, igual encuentro el paraíso entre las cervezas y las camareras del Automático, en la calle Argumosa. En estos diez minutos hemos vivido todos un poco de holocausto y nos ha quedado claro que valemos poco como sudor y como aliento, y como recua de animales; y al minuto dos, han salido a escena los ingenieros; les quiero decir, esos tipos que se pasan especulando toda la puta vida, igual de una avería que de un tomate. Uno habla del carburador, otro que el tren se ha de detener en una vía, no en un túnel, que es una vergüenza, otro de la falta de revisiones porque no hay financiación de la Comunidad. Tocátelas a gusto. También todo vagón que se precie tiene un hooligan y hay una especia de chapero rumano golpeando la puerta violentamente con los nudillos. Montoro lo tiene claro, y no le falta razón: ese tío es tonto, porque si la puerta se abre qué coño vas a hacer en mitad de un túnel de vía doble, igual te mueres en poco tiempo, mejor aquí.
A continuación aparecen los reclamantes, que Metro Madrid les debe pagar las horas que han perdido. Qué pereza, los especuladores y los querellantes. Y pasan los minutos, y recuerdo aquella tragedia de Madrid Arena, basta un fallo o un puto loco perdiendo el control, queriendo romper las ventanas, pisando a la gente, para que tengamos un episodio severo; cuando nos convertimos en una raza codiciosa que quiere vivir a pesar del odio a los otros. Qué poco mola el mundo, la vida, en un tren parado en mitad de un túnel.
De repente me cruzo la vista con una chica de unos veinte años. Y postergamos la mirada más allá de lo convencional. Yo no soy Humbert pero sus ojos son un oasis y en un ambiente desagradable ayudan. Son magnéticos y verdes y no pienso retirarle la mirada hasta que ella dilate a otro lado. Veo su temor. Creo que la perseverancia ha durado unos treinta segundos y eso es bastante. Me siento a salvo, y creo que los dos tenemos derecho al refugio entre los ingenieros y los especuladores El tren arranca. En unos minutos estaré mirando a las camareras del Automático, y eso es un páramo en el abismo de la ciudad, me parece.