sábado, 5 de noviembre de 2011

Talento y Crisis.-


No tengo mucho que decir. No estoy nada onírico. En primer lugar porque mis dóciles musas se me desvanecen en estos finales y primeros de mes, que es cuando a mí me vienen las hostias bien dadas, y la vida tiene más cara de perra que de vida. No obstante, yo siempre recibo ligera la inspiración, o la musa, o el numen, o como quieran llamarlo. A mí esas vainas no se me sedimentan en la piel y me depositan unos vocablos alienados con unas palabras. No. Me tengo que sacar hasta los tuétanos. Cavilar, hablar solo, salir al balcón, dejarlo, tomarlo, salir, entrar. Pues eso. Me voy a la calle a fumar un cigarro. Me asalta una pregunta: ¿Es verdad que en tiempos de crisis aflora el talento? A mí eso de la perspicacia o la clarividencia artística, me cuesta un huevo y parte del otro, y aún así, cuántos tiros quedan fuera de linea de flotación. No tengo muy claro que es eso del talento. Me gusta lo de Balzac, su correlación entre voluntad y talento, y esos corazones rotos o curtidos en épocas de recesión, pero mi postura es que en tiempos duros se vende bien el talento, consecuencia de la existencia de pocos postores, desenlace a su vez de la baja demanda, y efecto final de los barros que trajeron consigo los lodos. Es decir que no compra ni dios y no apuesta ni Perry. Hay que delatarse con cierta arrogancia, modelarse un patrón de puto amo, de imprescindible para el proyecto. Venderse. Los resultados pueden ser catastróficos. O no. Lo otro ya lo saben, la burbuja inmobiliaria dando de mamar a la corrupción y la especulación, pero de eso ya hemos hablado bastante.
No Pain No Glory. Lo entendimos tarde.
Una vez en Salamanca, me dijo una poeta de la tristeza, que hacía unos versos donde se mascaba una tragedia con olor a pescadilla podrida (vale, es una reverberación del que suscribe, que por muchos motivos encadena putrefacción con dolor) que ella necesitaba estar reconfortada para hablar de la catástrofe, aunque siempre hayamos pensado lo contrario, que era necesario estar de puta pena para hablar de un cuervo fatídico, un suicida y unos sufridos espectros infantiles. O de cualquier paranoia de estas monomaniáticas de la desgracia propia o forastera. Pero coño, tenía cierta razón,  un espíritu (para aquél que gaste de eso)  inquieto y desvelado por los hard times, podría tener inseguridades, temblores, y resultados chungos. Y luego está el debate, y ustedes dirán que en esas controversias del alma se pueden lograr buenos efectos, que Poe, estaba todo el día hecho unos zorros y narcotizado, y fue maestro universal,  que Suave es la Noche, nació de la tragedia personal de Fitzgerald y de su fracaso con Zelda, y que De Profundis fue una epístola narrada en una cárcel, tras la condena de Wilde por indecencia y sodomía. 
De acuerdo, no nos aclaramos. ¿Talento y bienestar general?. ¿Talento y estar jodido?
Y si existiera espesura, ya les aviso, que a mí la crisis me provoca este follaje léxico.

martes, 1 de noviembre de 2011

El Audi de Torrebruno.-




No sé si el tipo era más simpático que payaso, o más amable que bufón. Pero eso fue al principio. Hablaba como Torrebruno, esa desagradable mezcla entre italiano y portoriqueño, y la molesta sensación de hablar con la boca llena de mucosidades y era un teleoperador de Ni Puta Idea. Me había tocado un Audi A4 FSI con motor de inyección directa de gasolina. Le pregunté que donde lo podía recoger y me dijo: espere, espere, caballero, no se demore, hay unos trámites previos a la entrega de su fantástico coche. Nada menos, había que morirse. Mientras, me lo imaginaba igual a aquel enano, Rocco Walter Torrebruno, al que nunca le pillé el chiste. Lo veía con un pantalón a la altura de los pezones, con la raya muy marcada a la derecha y con esa cara de humilde saltimbanqui que gastan los cómicos de los años setenta (Joe Rigolí, Torrebruno, Bigote Arrocet, etc).  Llegó la diligencia. Ya sabe usted, señor, Dios quiera que no le pase nada, pero la muerte le puede pillar con los pantalones bajados (se permitía estas licencias) , hay que pensar en ello, usted tendrá una mujer, una familia, imagine que le pasa algo, seguro que tiene algún ejemplo cercano y vio como habría sido necesario un buen seguro de vida, de garantías. Yo no tenía intención de morirme en los próximos cuarenta años (madera, madera) y el tipo me quería hacer un seguro de vida por valor de unos trescientos euros anuales. Después me darían el coche, o a lo mejor el coche me lo entregaban después de muerto, si mi fulminante expiración fuera consecuencia de un accidente de tráfico o de una enfermedad. Si había un suicidio, o una catástrofe estilo terremoto, no había coche, ni dinero. Interioricé un váyase a tomar por culo, pero no lo escenifiqué. ¿Usted a qué se dedica? Le dije que era torero, y que se pusiera en contacto con mi apoderado, Manolo Buenavista. Entonces debió pensar que le tomaba el pelo, y noté que se aclaraba la voz con un vaso de agua de los ríos de Puerto Rico. Mire, piénselo bien, las personas designadas por usted recibirán un A4 y 600.000 euros. Le pregunté que cuantos audis a cuatro había y cuantos cientos de miles de euros. Depende de la prima, caballero. El payaso se iba apagando. También el amable. Me lo dijo muy flemático, casi insultantemente tranquilo, con tono de última oportunidad. A continuación, le comenté que lo pensaría, que no lo veía claro. Usted verá lo que hace. La frase sonó funesta, amenazante, y me pareció que me estaba llamando gilipollas con cierto razonamiento. En fin, estuve pensando un rato en su táctica, en aquella descendencia de la farsa simpática a los rigores finales, pero me siguió recordando a Torrebruno y a algunos cómicos de los años setenta, que se quitaban la mascara fuera del escenario.
Esa noche tuve un audi A4 y una dehesa con ganadería brava. Conducía despacio viendo mis toros. También soñé con Antoñete. Y con Torrebruno.


jueves, 27 de octubre de 2011

Un Palo por el Culo y un Pub Irlandés.-



La idea viene de Gadafi. Pienso de vez en cuando en la muerte, principalmente porque estoy en el bombo y porque me la retransmiten por internet y los periódicos, siendo la muerte  una cosa muy sensacionalista. Y porque llevo algunos muertos a mis espaldas. Tampoco me procuro muchas reflexiones porque puestos a pensar, será ella quien piense mí y me dedique sus últimas palabras, en ese tránsito de urgencias diarias que tiene la muerte, y puestos a pedir, que no me agarre con un palo en el culo  (Gadafi) o me desprenda del casco (Simoncelli), o me desaparezca (ya saben), aunque dispuestos a una segunda pretensión, prefiero volar y desnudar mi cráneo que palmarla con previos de sodomización y ultraje, o con el imprevisto de que no me encuentren en varios años a la redonda. Vale, ni una cosa, ni otra. Pero entiendan que la peli snuff de la sangre negra, la mucosidad, los gusanos, el pus, el morbo, la mierda y el palo en el culo, que han hecho con Gadafi ni la quiero para mí , ni la deseo para cualquiera de los hijosdelagranputa que tenemos por vecinos en el Universo. En fin, voy por mal camino, yo que había venido aquí a descojonarme de la muerte, antes de que ría ella por última vez. Les cuento.
La otra noche estaba en un pub irlandés viendo la segunda parte de un partido de Champions League, y me pareció que estaba pisando la cartera de algún despistado, cuando realmente estaba pisando la mano de un  hombre colosal que había quedado desorientado de por vida. Era el despiste eterno. Sí, se me murió en los pies un toro blond de doscientos kilos, y nadie supo porqué. Todo el mundo se encogió de hombros, y puso pies en polvorosa, que es lo que sucede cuando se te muere un desconocido en un bar. Que todo el mundo se acojona,  tiene prisa, y se va sin pagar. De repente, ni eres cliente, ni eres habitual, ni puedes partirle la crisma al camarero o exigirle una hoja de reclamaciones porque te hayan echado un jugo de hongos venenosos en la última pinta de Guiness de toda una vida, que es una desgracia muy grande, aunque peor hubiera sido un palo en el culo. Luego llegaron en este orden: dos ambulancias (no hubiera hecho falta ninguna), un coche zeta de la poli (a preguntar si estaba normal antes del deceso: sí, si lo normal es vivir) y una furgoneta del tanatorio (que era lo único imprescindible). Cuando se lo llevaron, pensé  que sería de aquel cuerpo colosal, y graso a todas luces, que también es otra manera de pensar en la muerte. Si no lo reclamaban, acabaría expuesto en una mesa de fiambres y harían prácticas con él en la facultad de medicina, y si lo incineraban, aquel cuerpo ardería bien, con mínima presencia de comburente. Grasa y manteca no le faltaba, y para más inri, el hombre muerto en el pub irlandés tenía una cabellera rubia pletóricamente leonina. En fin, también pensé en el equilibrio de necesidades entre muerte y vida, en la necesidad de una para el transcurrir de otra. Y tal. Supongo que me entienden, por mucho que morirse sea una putada, hay que morirse de vez en cuando para la renovación planetaria. Todo está muy estudiado. En el fondo es un acto frecuente, y sobrevalorado. Otra cosa es morirse de mala manera, con un palo por el culo, mucha sangre y cuarenta rebeldes muy cabreados. Morirse de golpe en un pub irlandés no es un final feliz de puticlub clandestino chino, pero está mucho mejor. Me parece.

P.D. ¿No era en dimensión borgiana la vida la muerte que viene? Pues eso. Otra cosa son las formas de la muerte. De eso quería hablar.





lunes, 24 de octubre de 2011

Intrigas de mi Novela.-


Primero me dijeron que los capítulos tenían sustancia y eran buenos, pero el final era un ejercicio de pereza del autor que rompía el sentido analógico de la novela. Te has cargado una novela muy fresca y muy aceptable. Sigue, cuenta más y proyecta el desenlace. Ah. Pero me daban poco más de una semana. Ellos sabrían. Hice lo que puede, me dejé los ojos a la luz del flexo, me di a la cirugía con injertos, disecciones, inserciones,  bebí cervezas y café, le leí noventa páginas a mi pobre Mary, me lo pasé bien y me mandaron al carajo. No, no fue el lector profesional. Era el pariente del gran señor del grupo Power, que era adicto a los best seller y no sabía donde coño iba mi novela. Lo entendí. Poco después publicó Uruguayo, la biografía de Diego Forlán, 365 días para sobrevivir sin llamar a mamá y Miranda Manía , un coñazo de una tal Miranda Cosgrove, una adolescente de productos basura. La onda comercial, sería. Después apareció otro tipo, Mojama, de la editorial Hoy Trinco que me hizo un adulador informe. Tienes destellos de Umbral, un novelón. Con esos matices tan ásperos y abruptos, y tan delatadores, esa cara de momia cabreada que me gastaba el colega. De decirte eres bueno, con cara de echarte la bronca. Después había que currárselo, es decir, pagar los ejemplares, organizar la presentación de la novela. Tú dame la plata, que yo te la publico. Bye Mojama. Más tarde apareció la editorial Quiero Plata. El colega se llamaba Carmelo. Era flaco, pálido, y tenía una expresión amarillenta y famélica, que venía a parecer un seminarista corrosivo de sesenta años. Parecía mi padre, o mi cura, o las dos cosas. También parecía que vivía del aire. Sé que era austero y que comía poco. Le gustaba quedar en el Mallorca de Bravo Murillo, y decir que no tenía ganas de tomar nada. Creo que era rácano, pero yo le hubiera invitado a cualquier chorradita del Mallorca, una pulga y un café, cualquier cosa. De la novela habló poco. Muy poco.  Creo que no tenía ni puta idea. Nos ha gustado, la queremos publicar. Hablaba mucho de dinero. De bastante dinero. El proyecto era grande, con una tirada inicial de más de 5.000 ejemplares. Me preguntaba mucho por mi vida profesional, tratando de intuir mis posibles. Mi pasta. Y yo no tenía alrededor de 15.000 euros sueltos para publicar la novela. Después me llamó diez veces, y empecé a sospechar que no fuera editor, sino marica, o un editor marica, en cualquier caso. Más tarde me llegaron del sector noticias de que era un pirata, y que no debí perder ningún segundo yendo al Mallorca. Un día le dije que no, y noté unos movimientos espasmódicos y una voz sobrecogida al otra lado por teléfono. Dijo que desaprovechaba una gran oportunidad. Menuda coyuntura, bien sabíamos los dos que aquella propuesta no era ningún amanecer. Fue la última vez. Después fui un día a Tirso de Molina, a la editorial Los Abuelos. Me abrió la puerta una de las hijas góticas de Zapatero. Tampoco tenía idea alguna de la novela, pero la quería publicar. Mientras ella atendía el teléfono, curioseé por su despacho los libros que habían publicado. Eran novelas de señores mayores, tipo Memorias de mi vida en Carrascalejo, Una vida dedicado a la Caridad, La Almunia y yo, Historias del Campanario de Azuaga. Si no salí corriendo, fue por dos motivos, el primero porque me faltaron huevos, y el segundo por verle un poco las vueltas y las ínfimas posibilidades a aquella ninfa barroca y excesiva que tenía unos bonitos ojos rodeados de secreciones negras. Hará tres o cuatro semanas, la jefa de edición y diseño de la edtiorial Power, una poeta honesta y linda, lanzó un proyecto de novelas subversivas, canallas, o descarnadas, o beat, o chispeantes, o lo que fuera, y me dijo que haría todo lo posible para que mi novela viera luz. Porque tenía esos matices. Era perfecta para las nuevas intenciones de una editorial reinventándose. Lo dijo ella, pero el pariente del señor del grupo Power dijo que no, porque no, y punto pelota, que es como se habla en las editoriales de cierta relevancia. Después, he seguido manteniendo el contacto con la enlace del grupo, que tiene cierta apuesta personal por quien suscribe, y ahí estamos, cada uno a lo nuestro, una novela surcando el vacío y la aspiración de no publicar en el desierto. La novela se ha titulado Sucesos Aleatorios, Las Vacaciones de la Muerte y Tres Hombres para Tres Ciudades. No puedo evitarlo, me gustan los títulos malos y espero encontrar uno aún peor. Creo que dice la verdad de su protagonista y mi propia mentira, no he buscado otra cosa. Pues eso.
P.D.- Obviamente han existido otras peripecias, pero corresponden a la fracción olvidadiza de mi memoria.
P.D.- Mientras les he narrado este post, he recibido las siguiente misiva, pero les aseguro y me temo que hablan de humo. 
P.D.- Si quieren ser mi agente literario, envíenme un privado. Pero no me citen en el Mallorca.


Estimado Sr. Javier,

Muchas gracias por el envío de su manuscrito. Tras haber realizado la consiguiente revisión, concluimos que podemos publicar su obra.

Con este fin, le adjunto el contrato de edición que rogamos nos devuelva firmado, preferiblemente escaneado de nuevo y por correo electrónico. Generalmente, requerimos una media de entre 1 y 4 meses hasta la publicación de su libro.

Tal y como figura en el contrato, hemos confeccionadocompletamente gratuita. En cualquier caso, recibirá su honorario a partir del primer libro vendido y además tendrá usted la posibilidad de beneficiarse de diferentes prestaciones editoriales que ponemos a su disposición para la difusión de su libro.  (véase documentación adjunta).

He reservado un puesto libre para usted en la editorial, así pues le pido que nos devuelva el contrato de edición en un período máximo de tres semanas debidamente firmado; en caso contrario, ruego me informe de su decisión, para poder liberar su puesto.

Si desea consultarme cualquier tema relacionado, no dude en ponerse en contacto conmigo vía e-mail.

¡Sería un placer trabajar con usted y ver publicada su obra!


Saludos cordiales desde la editorial

Anette Sauerbier

sábado, 22 de octubre de 2011

Los Bohemios de Madrid.-

 
Nos han colocado al lado de casa un bloque con unas matrices de hormigón y con un acabado de ladrillo visto, o como carajo se diga, que es un mercado. San Antón, en Augusto Figueroa. Tiene escaleras eléctricas y en la planta baja, un Opencor. Moderno. No es un mercado al uso, digamos de abastos. No hay señoras con carritos, gruñendo por unas acelgas y un manojo de puerros, ni loteras, ni gitanas husmeando, ni viejos absortos entre una copa de coñac y un mondadientes, ni pobres buscando restos. Hay guiris y modernos, y guiris modernos, y guiris disfrazados de Cristiano Ronaldo o de Indiana Jones en plan dominguero, y españoles disfrazados de guiris modernos o matando la estética de la foto con la camiseta de Iniesta, y comida exótica al modo take away de sushi o croquetas de chipirones, o búscate un metro cuadrado de barra que somos cinco y tengo un estrés del quince haciendo cola en la mortadela siciliana. Por la noche se comen ostras y se bebe champán. Globalización diversificada. Arriba hay criba selectiva porque tienen una terraza de ático con porteros pijos y seguratas más cuadrados que esos mierdecillas de guardias que afluyen de los subterráneos de Madrid y no tienen ni media hostia, pero las reparten a pares.  Abajo están los negros de La Farola, los guettos de Rumanía, y en fin, los núcleos duros de Chueca. Por ejemplo, los Leatherman (http://es.wikipedia.org/wiki/Leatherman). Una cuadrilla de borrachos y de mendigos, que se dan a la San Miguel de medio litro y al brick de tintorro, y tienen los pantalones meados y el rostro de barro. Cuando salió del mercado un guiri disfrazado de moderno pobre, eso que llaman grunge fashion, botas de montañero, vaqueros rotos y camiseta roída y desmedida, un mendigo facha de los Leatherman le habló alto y claro: vete a tomar por culo a tu puto país. Alguna gente se ofendió, pero yo creo que no lo entendieron muy bien. Los leahterman representan la auténtica bohemia del siglo XXI, y en los mercados delic de los modernos donde no les dejan entrar, y quiebran de manera notable sus aspiraciones, siendo ellos en mayor medida bichos del habitat del mercado de abastos y del mercado de calle, donde se ha estilado en cierta manera, la compasión con el homeless. Claro, nos gusta la bohemia en el arte, en los teatros, cuando no huele mal, y no se mea en nuestras calles, y no nos pide dinero para renovar la borrachera, pero la bohemia es eso, un mendigo borracho cagándose en los muertos de un guiri mestizo. Lo demás es pose.
Aparte de estos bohemios que no hacen ni el huevo, está Jack London, que es el bohemio trotamundos que piratea ostras, caza focas en Japón, busca oro en Alaska y mendiga en Londres. Pero eso es mucho pedir a la bohemia de hoy día.  Y ya no hay, ahora se recorre el mundo con un proyecto, una subvención o un fondo europeo. O con patrimonio. Y luego está Bardem, en Vicky, Cristina, Barcelona, un bohemio que conduce un deportivo descapotable y tiene una casa de piedra en la montaña.  No, ese no es un bohemio. En fin. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Novela Buena de Gente Indigna.-



Acabo de leer Fabulosas Narraciones por Historias, de Antonio Orejudo. Vale, la portada es muy naif y parece una ingenuidad de niños bien de colegio suizo haciendo el imbécil cuando deberían estar tomando copas y conspirando. Cayó en mis manos por recomendación de la tía buena (cuyo nombre no recuerdo)  de la librería Antonio Machado,  que tiene buen rollo y buena puntería . Regalo de cumple.  Le tenía ganas a Orejudo. De leerlo, claro.  Buena. El leit motif: la audacia y el humor. Valiente por el tema de desmitificar a los grandes como un suicida español que viene a contarnos que la literatura la inventó Cervantes y el resto son variantes de lo que se inventó el manco. Y casi nada vale un real.
No como un golpe de efecto de daño por omisión, de exaltar a nuestro mayor estandarte literario de todos los tiempos y silenciar al resto, con sus derivaciones perniciosas. De ser así, la novela hubiera resultado obviamente un coñazo. Insufriblemente cervantina y lameculos.
Sí como un un ataque frontal a aquellas agrupaciones intelectuales del Madrid de los años veinte, sin negligencia, con toda la voluntad y la carne en el asador. Le da toda la gracia del mundo.
Literatura de entrañas e higadillos. Pero de la buena. Me ha hecho recapacitar sobre el gran debate: los escritores que se exponen al Miura no venden  tanto como los escritores que torean con el pico de la muleta y no dicen nada. Esa novela dice que el ser humano se degrada, que los españoles tienen muy mala hostia, y que Madrid siempre ha sido una ciudad humeante, y que tuvo una época con parranda de categoría; dice que todos los escritores son unos gilipollas y que Juan Ramón Jiménez era un insufrible comesopas, y Ortega y Gasset aparte de ser un sabiondo, se cepillaba a toda hembra de la alta burguesía y que Azorín era medio nazi como educador y maltrataba a su sobrino Martini, y que Lorca era culón y paticorto, y un pedante, y un coñazo con el piano y el alma de Andalucía,  y Unamuno, arrogante y ególatra. Si son personajes imaginarios, con nombres reales, lo juzgan ustedes, en caso de leerla. Al mismo tiempo es una novela gástrica (parece un cocido con mucha guindilla picante), pornográfica (Santos es un maníaco sexual fascinado por las maduras), irreverente (descaro con las vacas sagradas de la literatura de principios de siglo XX) y de gente bastante cerda y con pocos escrúpulos (o ninguno) que toma cócteles en el bar del Palace, pero es mucho más que una novela golfa. Vale, también hay novelas muy malditas y muy destroyer antisistema, sois todos unos hijos de puta, que no valen un carajo, pero esta sí. Porque sabe sacarle los colores al principio de siglo, y lo hace bien. Narrativa intensa, que no densa, diálogos vivos, que no insulsos, personajes imprevisibles, que no imposibles y todos esos añadidos de las novelas que agitan la marejada de sus sagaces letras. De ésas de querer pasar página, porque nunca se está demasiado bien en la precedente.  Creo que no tiene un solo personaje digno. O en cualquier caso, tiene personajes que van evolucionando hasta la plena putrefacción interior.  Eso no quita que sea un novelón. Para mí, vitalicia. He dicho.










miércoles, 19 de octubre de 2011

Jiang y los Maricas Tardíos.-



Jiang está bueno y es barato. Tampoco es excelente. Está en la calle Hortaleza, exponiendo al público la oferta. Jiang no es un chapero chino, porque entre otras cosas, yo creo que no existen los chaperos chinos. Los chaperos son rumanos, latinoamericanos y marroquíes, creo yo (sobra decir que no me he tirado a ninguno); pero tengo la capacidad esencial para distinguir a un puto de calle y para aventurar la procedencia sin problemas. Jiang es un restaurante chino, con una china muy simpática que se llama Luisa, que siempre se va a casar pero no se casa nunca. Lleva tres años casándose y diciendo que la cosa está jodida. Bueno, no dice jodida, dice: crisis mal para negocio, cliente sin dinero. Es lo mismo. Pero nos complace escuchar un poco ciertos desahogos de la rutina, los negocios y los hombres chinos. A continuación llega su madre, le dice cuatro cosas más o menos agrias, más o menos chinas, y Luisa abandona a tomar otra comanda. La otra noche le tomaba la nota a dos señores de esos a la manera Marbella Vice, con gomina, bigote y el pantalón alto, reventando el abdomen. Eran maricones. De mal gusto, pero maricones. No es que quiera yo utilizar el término despectivo, y quiera buscarles a ustedes que me tachen de ruin peyorativo, o se pongan estupendos y me llamen homófobo en mitad de la diversidad. No, el tema es que se llamaban entre si como maricón. Hablaban alto, como buenos dignatarios de una opción sexual que les exaltaba la pluma. O tal vez, hablaban alto como acreedora gente ordinaria. No lo sé muy bien, juzguen ustedes. Tú maricón, escucha maricón, no me jodas maricón. Alto. Uno tenía cara de vieja, de esas viejas de pueblo con pelo y verrugas en la mejilla y con bigote de cerdas salpicadas, y con encías encarnadas y unas cuantas ausencias de dientes. Un puto desastre. El otro era una bola de billar y no tenía cara de nada.  No sé, entiéndame, de desaborido. De Marichalar. Por ahí va. Aunque quizá tenía ojeras de hipnotizador. Creo que ninguno tenía cara de maricón. Hablaron de relaciones afectivas. De las suyas, con sus novios bisoños y bellos que eran una especie de Doriansgreys de Moratalaz. Les habían hecho regalos tipo PS3 y Gucci, pero los chavales no les complacían como ellos decían merecer. A continuación el calvo habló de que no tenían nada que ver estos chavales  con su ex-novio el catequista, que también era maricón, o gay, o algo de homosexuales. Luego se pusieron profundos y hablaron de cuando descubrieron que les gustaban los maromos. El caravieja había estado casado, y dijo que su parienta le montó un chocho de colores (literal) cuando le dijo que se separaba por su insólita homosexualidad. A continuación salieron a la palestra unos cuadros de efebos en pelotas que pintaba el insípido y una casita en Benidorm que tenía el otro. Querían montar una orgía. Luisa nos miraba cómplice y les fue a tomar nota de los postres. Se rieron de una manera muy gutural, ásperamente ordinarios y el calvo preguntó si tenían plátanos. Creo que incluso se derramó alguna mucosidad. El otro, que ya es sabido, parecía un vieja con barba de muchacho de dieciséis se partió la caja torácica pidiendo una lechada. Eran muy porno-puretas, ellos. No, solo flan y helado, dijo Luisa. María se empezó a incomodar. Pedí la cuenta, pagué (o pagó María, no me acuerdo) y me achuché bien a mi chica durante unos metros. Me pareció que todos los señores con los que me cruzaba eran maricones. Luego tuve el prejuicio de que aquellos pijos bizarros de Moratalaz les acabarían jodiendo, y bien, a aquellos maricones tardíos. Y ellos eran conscientes. Después encendí la tele y me pareció que Cameron Díaz estaba más buena que nunca, con su cara de dónut y sus brillos azul bebé. Y me puse a escribir.